7ª parte. MEMORIAS de Juan López Morales (07.07.2021)

Posted on julio 7, 2021

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Juan López Morales en el exilio francés tras la Segunda Guerra Mundial

INTRODUCCIÓN

Ignacio Trillo.

Tras la práctica derrota militar de la II República con la caída de Cataluña en manos de los militares sublevados, Juan López Morales a principios de febrero de 1939 atravesó la frontera pirenaica de España con Francia a la búsqueda de refugio. Al igual lo hizo la totalidad de su numerosa familia aunque en fechas distintas y sin comunicación entre ellos. Comenzaba así otra vida en su exilio también llena de penurias y de nuevas miserias. las autoridades del país galo en absoluto recibieron a los republicanos españoles como héroes luchadores por la libertad y la democracia en España, en momentos además en que se hallaba el fascismo en pleno ascenso en Europa incluyendo al país galo, sino que fue todo lo contrario. Con incomprensible hostilidad serían conducidos por la gendarmería y sus tropas colonialistas africanas a campos de concentración alambrados en sus perímetros donde quedaron encerrados, muchos de ellos instalados sobre las arenas de las playas a orillas del mar y careciendo de las mínimas condiciones de habitualidad y sanitarias. La alimentación apenas les llegaba. Para colmo, si era mucho lo sufrido hasta entonces, a los siete meses de la llegada como refugiados estalló la Segunda Guerra Mundial. De eso trata este capítulo en su segunda parte.

En el primera de ese bloque temático, una vez producida el inicio de esa guerra mundial, las autoridades francesas conminaron a los republicanos españoles refugiados, con edades comprendidas entre dieciocho y menos de cincuenta y cinco años, si consideraban que suponía una carga para la renta nacional, a prestar obligatoriamente servicios al país a cambio de mantener su derecho de asilo. De lo contrario, serían repatriados a España. Por tanto, si querían quedarse en Francia, por miedo a volver a Dictadura establecida y sufrir la represión de Franco, tenían que alistarte en su ejército en la unidad de la Legión Extranjera o prestar otros servicios de características civiles. Juan López Morales y su hermano José optaron por trabajar en las "Compagnies de Travailleurs Ètrangers (CTE)". De indeseables, los refugiados españoles pasaron a ser mano de obra útil y barata al servicio de una nueva guerra, esta vez mundial.

Con la entrada de los nazis en Francia y la ocupación de la mayor parte de su territorio, el país quedó dividido en dos partes, una íntegramente bajo dominación germana y la otra, llamada falsamente Zona Libre, bajo gestión del Régimen de Vichy que presidía el general Petain, colaboracionista y títere del III Reich alemán. En los Acuerdos entre Hitler y Petain, los republicanos españoles que no huyeron para integrarse clandestinamente en la resistencia antifascista o alistarse en el ejército británico para combatir a los nazi fueron detenidos de forma sorpresiva por la gendarmería francesa y entregados a la policía alemana para que les sirviera como mano de obra semiesclava a utilizar en sus construcciones militares. Estas redadas estaban sucediendo al fin del capítulo anterior con destino en ferrocarril a los campos de trabajo instalados por los alemanes en Francia.

Reiterar que lo que viene seguidamente es la continuidad de la autobiografía del republicano español de Jimena de la Frontera (Cádiz), Juan López Morales, escrita desde su exilio en Francia donde fallecería, que desde 1936 vivió una bélica odisea que parecía no terminar nunca. Asimismo, que han sido su hijo Helios López y su nieto Romaric los que han dado luz verde para que esa semblanza sea publicada aquí y conocida por tanto para lectores e historiadores al objeto de que sirva de testimonio y no caiga en el olvido.

En lo que a mí me corresponde, junto a la supervisión del texto complemento la narrativa con la incorporación de un material gráfico que en parte procede de la propia familia y donde a pie de página los comento con la pretensión de contextualizar los momentos que se relatan.

2ª Parte. Juan López Morales y la Segunda Guerra Mundial

Juan López Morales

Los republicanos españoles jimenatos, Juan y José López Morales formando parte de una Compañía de trabajadores Extranjeros (CTE) con familiares de campesinos franceses y otros refugiados españoles antes de ser detenidos por la gendarmería francesa del Gobierno de Vicgy colaboracionista de los nazi y entregados a la policía alemana que ocupaba gran parte del país galo. Foto: Juan Ángel Gómez López.

Los refugiados republicanos españoles que nos hallábamos fuera de los campos de concentración franceses en los lugares donde trabajábamos para este país, fundamentalmente en la agricultura y en las granjas, habíamos sido detenidos por la gendarmería del régimen de Vichy que vergonzosamente nos entregaron a los alemanes ocupantes de gran parte del territorio del país galo. Al día siguiente de hacernos subir a un ferrocarril de mercancías especializado en el transporte de caballos y de ganados, hacinados en sus vagones como si fuéramos animales, sin asientos ni aseos, comenzamos un viaje lleno de incertidumbres con ignorado paradero como destino. Observamos que el tren se paraba en Hennebon, departamento de Morbihan, donde se hallaba el famoso campo de trabajo obligado nazi llamado Laguer Franco.

Ya habían llevado a ancianos españoles refugiados de la guerra de España y a algún que otro judío para trabajar en la base submarina de Lorient, situada a 30 kilómetros de esa parada del tren. También para la construcción del llamado Muro del Atlántico frente a las costas inglesas para que las tropas hitlerianas se protegieran ante un posible ataque británico.

Refugiados republicanos españoles de un campo nazi de trabajo obligado, afanados en las labores de construcción del "Muro del Atlántico". Se trataba de levantar diques, búnkeres, trincheras, canalizaciones, túneles y hasta hospitales y cementerios subterráneos que conformaban un poderoso cinturón de fortificaciones defensivas que los alemanes con esa mano de obra levantaron en el noroeste de Francia y que extendieron también hasta las islas anglonormandas del Canal de la Mancha, como Nueva Jersey, Guernsey, Alderney y Sark, ocupadas militarmente por el Tercer Reich durante mayo y junio de 1940 en esta Segunda Guerra Mundial que transcurría. Los republicanos españoles estaban cedidos a los alemanes por el Gobierno de Vichy cuya gendarmería los había detenidos para su empleo como mano de obra esclava. Las duras condiciones de trabajo provocaban “enfermedades cutáneas, en la cara, en la nariz, o infecciones pulmonares”, causadas por el cemento que se utilizaba. Sin medicinas adecuadas, tratamientos ni antibióticos, el número de bajas se iba incrementado cada día en los diferentes tajos. Estos campos de trabajo estuvieron en plena actividad hasta el año 1945 en que fueron liberadas por las fuerzas aliadas, anglo-francesas. Foto: diario El Español.

Este campo de Hennebón, estaba bajo el mando de un capitán o comandante alemán que había sido taxista en Barcelona durante, o incluso antes, de la guerra de España, casado con una andaluza de Granada, y que seguramente formaba parte en su día de los muchos espías introducidos por los nazis en España.

Cuando llegamos al Laguer Franco, este repugnante y siniestro personaje nos hizo formar en medio del campo de trabajo obligado donde ondeaban las banderas de Alemania y España junto a inmensas retratos de Hitler y de Franco, para a continuación decirnos a grito pelado que en Barcelona  los anarquistas de la F.A.I. le habían requisados los taxis de que disponía y que desde entonces buscaba en todas las expediciones de españoles que llegaban detenidos al campo si algunos eran de la F.A.I., precisamente para pedirles cuentas. En este sentido vociferaba: “¡Si entre vosotros hay algunos de la C.N.T.-F.A.I. y tiene cojones, que dé un paso al frente!”, a lo que le  respondíamos con un miau, que al no saber quién había sido el maullador le ponía todavía más rabioso y con más mala uva.

Tenía el mismo tipo físico que Durruti y su mayor distracción era derramar el plato de nuestra comida, o mejor dicho, la lata de agua sucia que nos daban como alimento. Lo hacía a patadas o bien con la pistola disparando a las latas que servían de platos. Otras veces, conduciendo el coche que las transportaba, marchaba a toda velocidad y pasaba delante nuestra derramando la comida y a veces en dirección hacia nuestros cuerpos para que nos apartáramos de inmediato cuando lo viéramos venir. Jamás vi una persona tan sádica que hubiera mamado tan mala leche, preguntándonos en algunas ocasiones cómo una madre podía parir semejante monstruo.

Como entre nosotros había músicos, la dirección del campo de concentración organizó una orquestilla con unos cinco o seis internos,  nada más que destinado a divertir a los oficiales nazi y a sus mujeres. En ocasiones, organizaban alguna que otra fiesta donde teníamos que asistir, aunque fuera sin ganas, pero era obligado.

Una noche, que se encontraban todos los jefes alemanes con sus mujeres, les pidieron a los músicos tocar una rumba para que algunos de nosotros bailáramos como aperitivo mientras salía al escenario con posterioridad algún artista de los que se traían. Como entre nosotros había un negro cubano llamado François, y la música que se tocaba en ese momento era la pieza “ay, mamá Ines”, (https://youtu.be/nV7EUrFF3g8)  le hicimos bailar.

El cubano de color se prestó voluntariamente, pero, pasado un tiempo, cuando el comandante vio que seguía sin parar, se puso de pie y empezó a gritar como un energúmeno: “¡Españoles, no os da vergüenza entre tantos que estáis aquí, hacer bailar a un negro toda la noche!” Levantándose, cogió a un pobre viejo catalán que tenía delante y que no podía tirar ni con sus pantalones, haciéndolo subir al escenario. Le dio dos patadas al negro para que bajara del escenario improvisado e hizo tocar a la orquestina la misma rumba. Prosiguió con sus coces, ahora dirigidos al culo del anciano catalán, haciéndole bailar, que ni sabía ni podía, a la fuerza, hasta que todos los internos que estábamos presentes nos pusimos a patear la madera del suelo, dando voces y silbidos, y la fiesta terminó en medio de un jaleo descomunal y con las huidas precipitadas de las esposas de los alemanes asustadas y donde hubo aquella noche algún que otro  detenido entre los republicanos españoles.

Republicanos españoles en formación en campo de concentración en Francia. Foto: Centro de Información Documentación de Archivos (CIDA) Ministerio de Cultura y Deporte.

Volviendo al día de nuestra llegada, el sádico capitán referido nos hizo estar de pie en medio del campo de concentración de trabajo forzado desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde con el poco equipaje que llevábamos, no en una maleta de cartón como figura en el libro de Linda de Suza sino, en sacos el que tuvo tiempo de meter algo de lo que disponía al ser detenido por la gendarmería francesa.

Linda de Suza, sirvienta portuguesa, un símbolo para millones de desarraigados. En "La Valise en carton", recuerda su infancia cuando fue al comedor social para alimentar a su familia, su llegada clandestina a Francia con la maleta y su niño bajo el brazo, y sobre su pasión por la canción y el público…

A las cinco de la tarde nos dijo que teníamos que estar todos alojados antes de la seis, que era cuando llegaban los que estaban trabajando ya en la base submarina. El que no estuviera alojado, él lo encerraría en el refugio, que era un búnker de hormigón donde recluían a los castigados. Como no había sitio libre, sacamos la ropa y pertenencias de los que ya estaban instalados y trabajando, así que cuando  poco después llegaron éstos en autocares, se formó una pelotera entre los albergados y los nuevos que habíamos llegado, que al bestiaje capitán le hacía reír y disfrutar.

Como mi hermano José y yo pusimos en la ficha que nos hicieron rellenar que éramos ebanistas sin serlos, a nuestra llegada a Lorient nos llevaron a trabajar a una empresa de carpintería alemana llamada Brand, a la base submarina donde se hacía en ese momento un deposito para distribuir el agua a las hormigoneras.

José y Juan López Morales junto otro compañero español carpintero en el campo de trabajo alemán de "Laguer Franco". Foto: Juan Ángel Gómez López.

Este depósito se componía de un gran bidón de unos 5000 litros montado en cuatro pinos en cuadro y una cubierta de planchas en lo alto, a unos 10 metros de altura. Yo, que no había trabajado nunca a tanta altura, me negué a subir porque me producía vértigo y me mareaba. Mi hermano José escaló por mí una primera vez, para que yo no lo hiciera y quedara abajo a ras de suelo amarrando las tablas. Pero el jefe alemán, o mejor dicho, un sargento polaco, por cierto cojo de una pierna, que entendió perfectamente que yo tenía pavor para subir; me dijo: “aho! Espaniche, arbait, aho!”, que quiere decir: “Español, a trabajar arriba de la torre”. Como me hacía el tonto de que no comprendía, al no subir me cogió a la fuerza y me hizo trepar por una gran escalera que al mismo tiempo la cimbreaba tanto como podía. Yo veía desde esa altura a la base submarina dando vueltas a la vez que el mar y los barcos que se movían por debajo de mi punto de mira. Una vez que pude llegar arriba me despatarré, agarrado a la madera, pero el hijo de su madre, mas sacudía la escalera. Como llevaba el martillo en la cintura, antes de de que me cayera a la superficie, lo agarré y se lo tiré dándole un martillazo que impactó en su pie, así que lo dejé, de momento, cojo de las dos piernas. Al día siguiente me dejó tranquilo, pero como veía que no éramos carpinteros ni habíamos clavados jamás una puntilla, nos echó a José y a mí de ese oficio y nos pusieron con las vagonetas a transportar el hormigón para los búnkeres que se estaban construyendo.

Unos días después, un muchacho, y sin embargo veterano piloto del ejército republicano español, que hacía de jefe del equipo de electricista en la base, nos acogió en su equipo como electricistas, a pesar de que nosotros tampoco conocíamos nada de este oficio. Lo nuestro en la Estación de Jimena antes de que sucediera el golpe de Estado transformado en guerra, como ya dije, había sido el corcho.

Año 1936. Una de las instalaciones del patio de corcho de la compañía multinacional "Amstrong" en la Estación de Jimena de la Frontera cuyo gerente era juan López Palma, padre de Juan López Morales. Está tomada la imagen momentos antes del estallido del golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Juan López Morales, el primero por la izquierda y su hermano José, el tercero. Foto: Familia Gómez López.

Nos dijo que nos restregáramos las manos y la cara de grasa al llegar por la mañana en los autobuses desde el campo. Luego, nos enseño una garita en el piso superior y nos aleccionó: “Vosotros os montáis arriba de la garita, que es donde están los motores y cogéis un martillo y una llave, un destornillador en el bolsillo del mono y dais golpes de martillo y a destornillar cuando veáis acercarse un jefe alemán”. Todo iba bien, pero un día, este piloto, jefe del equipo, partió hacia Burdeos por un fallecimiento habido en su familia, con un tiempo de permiso. Y qué casualidad, que el día después, apareció un jefe alemán y nos mandó montar una línea eléctrica desde la base submarina hasta un transformador, sito en la playa, y nos dio tres días de plazo para tener la luz.

Base submarina de los alemanes en la Francia ocupada. Foto: Diario El Mundo.

Una vez instalados los postes hasta la base, pusimos el tendido eléctrico, pero como no sabíamos si estaban bien montados, no nos atrevíamos a hacer la conexión que debía llevar la corriente hasta la playa. El jefe alemán que vio que los tres días de plazos pasaron y que la luz no llegaba, se dio cuenta del asunto y nos amenazó con fusilarnos por sabotaje si en el plazo de un día más, no tenían electricidad. Nos preparábamos ya para abandonar el trabajo y marchar a otra empresa en la base. Casualmente, antes de las 7 de la tarde, llegó Dorado, así se llamaba el piloto de aviación y jefe del equipo, y esta vez todo terminó, con el miedo metido en el cuerpo, pero de forma satisfactoria.

No obstante, algunos días más tarde, nos enviaron para hacer unos trabajos al campo de aviación militar de Lorient. Poco después, un pequeño avión de reconocimiento alemán, de los que hacían la vigilancia todas las mañanas por las playas del Atlántico, frente a Inglaterra, salió del hangar donde estábamos trabajando y después de abastecerse en carburante el piloto puso el aparato preparado al lado de la pista de vuelo y fue al puesto de control, seguramente para firmar la hoja de misión. El aviador republicano español, Dorado, que seguramente vigilaba una ocasión para darse a la fuga, tomó las riendas del aeroplano y aprovechando la proximidad de las islas británicas despegó para sumarse, según dijeron más tarde unos amigos, a las tropas de De Gaulle.

Cuando el piloto alemán se dio cuenta de la desaparición del avión, no sabíamos donde fue, pero una media-hora después, vino en un coche la policía alemana del campo para averiguar quién había podido robar el aparato y qué rumbo había tomado. No podían imaginarse que entre nosotros, los electricistas, hubiera un piloto. Tuvimos miedo de que se dieran cuenta de quién se fue con el avión, porque naturalmente nos molestarían creyendo que seriamos culpables o cómplices de la huida y, en segundo lugar, porque sin Dorado, o sea el piloto republicano, estábamos perdidos en el equipo de electricistas, ya que aparte de él, poca cosa, o nada, conocíamos de electricidad.

Así pues al día siguiente, al llegar los autobuses procedentes del campo de concentración Laguer Franco a la base submarina, en vez de presentarnos a la empresa de electricidad, nos fuimos a buscar otra empresa de la rama de la construcción hasta preparar la ocasión de escaparnos del campo de Lorient y de Hennebon.

Un grupo de republicanos españoles trabajan en la construcción del búnker de una base de submarino alemán. Foto: Diario El Mundo.

En esta empresa de construcción, hacíamos fortines en la playa, para formar el famoso muro del Atlántico. Una tarde, un jefe alemán nos envió, a mí y a otro muchacho francés de París que pertenecía al servicio obligatorio, con una nota escrita para ir a buscar al “almacén” algo que nosotros mismo desconocíamos de qué clase de mercancía se trataba. Fuimos los dos al lugar en que se encontraba, a unos dos kilómetros de distancia. Efectivamente, nos dio, el almacenista alemán, un saco pesado de unos veinte kilos, que contenía barras metálicas que yo creía que serían de zinc o de aluminio para meterlas en el hormigón para reforzar los fortines que hacíamos.

Yo no conocía al francés que venía conmigo, nada más que del trabajo, y desconocía su nombre. En el camino de vuelta, vi los autobuses que llegaban a buscarnos por la tarde y que nos conducían al campo de Hennenbon, a treinta kilómetros de distancia. Como el campo de los franceses solo se encontraba a un kilometro y entraban a pie, le dije al otro muchacho que continuara él solo para entregar el material, que yo me iría a coger una plaza en los autobuses, ya que era bastante difícil luego encontrar asiento. Me respondió que mi proposición era justa y estaba de acuerdo. Así pues, me fui al autobús y el francés continuó su camino con el material, que ni sabía exactamente de qué se trataba, tampoco el valor que tendría. Lo cierto es que él, como hacía más tiempo que yo que trabajaba en la empresa, supuse que aprovechó la ocasión, encontrándose solo en el camino, para, en vez de entregarlo al jefe, venderle el material a algún campesino y salir huyendo.

A la mañana siguiente, como no tenía nada que temer y, más aun, desconocía todo, me presenté, a la llegada de los autobuses, al lugar del trabajo y vi que el jefe alemán se me acercó. A continuación, me cogió por el cuello, diciéndome: “ù material comanhere”, en alemán, metiéndome en su oficina a patadas y puñetazos, preguntándome qué había hecho con la mercancía. Como yo no hablaba el alemán ni lo comprendía, tampoco me interesaba, me esforcé en explicarle que yo fui a coger plaza al autobús y que el francés continuó solo, ya que él tenía el campo de concentración al lado. Me llevo por todo el tajo a patadas limpias en busca del francés que no encontrábamos. Por fin me dijo de ir con él al campo donde estaban los franceses y desde mi llegada a las ocho de la mañana al tajo hasta las once que era cuando llegamos al campo de los franceses, no paró ni un momento de darme patadas en el trasero, con sus botas que hacían más mal que bien.

Yo les decía a las chicas, que habían en este campo francés encargadas de la cocina, y de más cosas que hacerles a los germanos, que tradujeran a la lengua alemana a aquel energúmeno: que yo dejé al otro chico francés con el material y me fui a coger plaza en los autobuses… Pero yo no sabía lo que aquellas “vendidas”, porque no tenían otro calificativo, decían, riendo al alemán; lo cierto es que mientras más me esforzaba para que le tradujeran de que yo ni conocía al otro que fue conmigo ni sabía qué había podido hacer con el material ni que yo no estaba al corriente de su huida, no logré la traducción de ellas. Era ya la una de la tarde a fuerza de patadas y de malos tratos, por lo que al pasar por un montón de ladrillos, desesperado, me dije: “antes que seguir sufriendo, más vale defenderse”. Cogí un pedazo de bloque bien grueso, se lo tiré al vientre, y del impacto cayó desplomado al suelo.

Juan y José López Morales en el campo de trabajo alemán junto a otros republicanos españoles. Foto: Juan Ángel Gómez López.

Aproveché de la ocasión para salir corriendo y me fui del tajo para camuflarme entre los obreros hasta la llegada de los transportes. A mi regreso al campo, empecé, con mi hermano José y otro amigo, a preparar la evasión, ya que tarde o temprano terminarían por localizarme y pagar bien caro mi ladrillazo…

Llegamos a un acuerdo con unos amigos que pertenecían al equipo de futbol del campo y que por la noche acompañaban a los alemanes para la guardia del campo, al mismo tiempo eran intérpretes en lugar de otro trabajo. Habían hecho un boquete en las alambradas y durante el día lo camuflaban. Me dijeron la hora para salir sin ser vistos por los alemanes. Así se llevó a cabo nuestra evasión del campo de trabajo Laguer Franco de Hennebon.

Una vez fuera del campo, encontramos una patrulla alemana cercana al ferrocarril, no lejos del lugar que partimos. Estaban acompañados de cuatro perros y patrullaban alrededor del campo. Por suerte, nos metimos por medio de las matas y nos dejamos caer por una trinchera que daba a un pequeño rio, donde permanecimos escondidos un tiempo hasta que desaparecieron.

Juan López Palmero, con sus hijos, Joaquín, Pepa, Ana, María, Lola, y su esposa Palma Morales de Haro. Toman la decisión de regresar a España ante el temor de que los nazis detengan a las niñas y las manden para Alemania. Imagen tomada al inicio de su huida de Francia en Peronne donde estuvieron refugiados verano de 1939 antes de la invasión de los nazis del norte de Francia, cuando salieron huyendo caminando hacia París en tanto la carretera era bombardeada. Foto: Juan Ángel Gómez López.

Mis padres, mis hermanas y Joaquín, ya habían tomado la decisión de regresar a España desde el campo de concentración de Riversaltes donde los trasladaron después del campo de Bram. Fue en este ultimo campo donde los habíamos dejados después de encontrarlos de manera calamitosa, tal y como señalé en el anterior bloque narrativo.

En la carta que recibimos en Hennebon, mi padre me informaba de su decisión. No veía otra solución que regresar a España para no seguir pasando más infortunios. Además, temía que los nazi se llevaran a mis hermanas para trabajar en Alemania, como ya habían empezado a hacerlos con otras jóvenes españolas del campo de concentración.

Cementerio del campo de concentración francés de Bram donde presuntamente se halla enterrada Aurora Fernández Barredo, madre de Libertad, fallecida de tifus, al igual que tantos refugiados republicanos españoles. Foto: Centro de Información Documentación de Archivos (CIDA) Ministerio de Cultura y Deporte. Foto: Centro de Información Documentación de Archivos (CIDA) Ministerio de Cultura y Deporte.

En el campo de Bram había muerto del tifus una mujer viuda de origen asturiano, de nombre Aurora, que ya se hallaba en Peronne con ellos como refugiada. Ella había perdido a su marido, Ángel García, muerto en los últimos combates, en Cataluña. Tenía una hija pequeñita llamada Libertad, que dejó a mis padres antes de fallecer en el hospital de Bram. Les pidió en su lecho de muerte que no abandonaran jamás a su pequeña. La chica llamaba a mi padre, papá, y a mi madre, mamá.

Tanto la madre como la niña estaban consideradas como perteneciendo a la familia López. Al hacer mi padre los trámites para su regreso a España, las autoridades francesas del campo de Rivesaltes se opusieron. No era de la misma familia. Ella se llamaba Libertad García y no López Morales. Entonces, mi padre buscó desesperadamente a una familia francesa de confianza que se hiciera cargo de la pequeña. Un médico de Rivesaltes se ofreció para acogerla. Mi padre le contó a este señor lo que ocurrió con la niña para que al menos conociera la historia de la madre cuando se hiciera mayor. Le dijo a mi padre que como ellos no tenían hijos se quedarían con la pequeña hasta tanto mi padre a su regreso a España se informara bien de sí existía en Asturias familia de los padres, y que si no la adoptaría a continuación.

Aurora Fernández Barredo, enfermera y cenetista, mujer española de Asturias nacida en 1914 en el pueblo de Armandi de Villaviciosa que había perdido a su marido Ángel García en la guerra en las últimas batallas que se habían librado para impedir la caída de Cataluña en manos de los franquistas. Huyó a Francia con su hija Libertad que había nacido el 30 de abril de 1938 en su huida a Barcelona dónde fue acogida en el refugio Lluis Companys. A Peronne, situada al norte de Francia, llegó en tren tras pasar por varios campos de concentración, en su misma condición de refugiada. Aquí conoció a la saga de los López Morales y se integró en ella como nuevos miembros de la misma familia. Cuando fueron trasladadas al campo de concentración de Bram que estaba al sur ante el peligro de la invasión alemana, murió de tifus con veintiséis años. La pequeña Libertad quedó huérfana con dos años en manos de la familia López Morales pero la gendarmería francesa al tener apellido García no la dejó que marchara a España a pesar de que la habían bautizado y puesto el nombre de María Pilar, en ves del de Libertad, para que no tuviera problemas al entrar a España. Fue adoptado por el matrimonio del médico francés que estaba en el campo de concentración de Rivesaltes. De lo que sucedió cuando fue mayor,será abordado como relato aparte a continuación de esta autobiografía de Juan López Morales ya que he accedido a nueva documentación y testimonios sobre estas otras vidas que ofrecen enorme interés de lo que fue aquel tiempo. Foto: Juan Ángel Gómez López.

Después, esta familia del médico francés me envió varias fotos de la pequeña Libertad que aún conservo. A la llegada a España de mi familia, mi padre escribió al pueblo asturiano originario de sus familiares. El alcalde respondió que no existía rastro de la parentela de la niña, por lo que creo que finalmente sería adoptada por ese doctor. Claro que esto sucedió durante el franquismo y pocos, o nadie, se interesarían en la búsqueda de los familiares de esta criatura que seguramente hoy será una mujer sin saber sus orígenes, como tantas otras.

Así que mis padres y hermanas, con mi hermano Joaquín se marcharon a España donde no encontraron en la Estación de Jimena nada de lo que dejaron. Una familia los ayudó durante un tiempo para poder sobrevivir, con miles de penas, y encima alejados de nosotros. Antonio, mi hermano discapacitado, quedó en el hospital de Perpiñán. Miguel estaba con su mujer y sus seis hijos en el departamento del Ariege. José y yo, en el departamento del Puy-de-Dome antes de nuestra detención por la gendarmería francesa, como lo dije antes, para enviarnos por ferrocarril, de la manera que expliqué, al campo de concentración de Hennebon en manos de los alemanes al objeto de realizar trabajos forzados de infraestructuras de defensa relacionados con la estrategia militar nazi hasta que nos dimos a la fuga.

Volviendo a nuestra fuga del campo del Laguer Franco, la hicimos sin ningún documento de identidad, sin carta de alimentación y de tabaco, ya que los alemanes nos las quitaron para que de este modo no pudiéramos escapar. Pero yo pude comprar una carta falsa para cada uno de los tres que éramos los huidos. Estas cartas las compramos en Ploemeur (Departamento de Morbihan) a una chica que trabajaba en el ayuntamiento de esta ciudad, pero no tenían validez real alguna y solo servían como disimulo para poder escapar de los alemanes.

Del campo de Hennebon, fui andando junto a mi hermano José y el compañero español, de nombre Frasco, de Fernán-Núñez (Córdoba), que nos acompañaba en la fuga. Llegamos al cercano pueblo de Lorient y desde allí a Nantes donde cogimos un tren en dirección a Burdeos, sin que supiéramos exactamente donde quedarnos.

En el tren donde viajábamos, iban muchos soldados y oficiales alemanes. Nosotros disimulando, nos hacíamos los dormidos para evitar hablar con nadie ya que el francés lo hablábamos bastante mal y el alemán, menos aun.

En la estación de Tours, o Poitiers, subieron dos gendarmes que conducían a un preso. Para complicar más el asunto, se trataba de un español  y  entraron al mismo compartimento en que estábamos. Ello hacia nuestra situación más delicada. Momentos después, o sea entre Tours y Burdeos, montaron dos monjas.

Una de ella empezó a hablar en español con el preso y con los gendarmes, diciéndoles que ella era española. Uno de los policías le dijo que nosotros también éramos españoles. No sé cómo lo sabía, porque no habíamos hablado nada, ni con él ni con el preso que a veces nos miraba de reojo pero sin hablarnos, seguramente nos reconoció por el color de la cara y del cabello. El preso  contaba a las monjas que se había evadido de un campo del trabajo forzado de La Rochelle y que lo detuvieron antes de llegar a Paris donde tenía a un hermano. La otra monja, francesa, se dirigió a mí y me preguntó, mitad en francés y mitad en español, de dónde veníamos y adónde íbamos. Yo hacía como que no comprendía. Entonces, la que manejaba el castellano empezó a preguntar, esta vez en nuestra lengua cervantina, dónde íbamos. No tuve más remedio que responderle: “a Burdeos”. Luego preguntó de dónde veníamos. Me esforzaba para contestar lo más breve posible por miedo a los gendarmes que, aunque no intervenían en nada, escuchaban. Pero ellos, quizás porque iban con otro servicio, no les interesaba nuestra sospechosa presencia. Mi hermano José hacia como que miraba el paisaje por la ventanilla y Frasco roncaba ficticiamente, disimulando estar dormido, mientras que yo tenía que responder a todas las cuestiones inoportunas que me hacían aquellas dos monjas curiosas que se metían en camisa de once varas a pesar de su simpatía.

Por fin, el tren llego a Burdeos y nos apeamos sin saber qué dirección tomaríamos. Dejamos a Frasco vigilando dos pequeñas mochilas que traíamos, lo poco que habíamos sacado del campo de trabajo y José marchó a ver si podía encontrar algo para comer. Salí un poco de la estación a ver qué tren coger para acercarnos hacia la frontera.

El día 7 de septiembre de 1943, a las tres de la tarde, llegamos a la estación de Morcenx (departamento de Landes) que es una estación de trasbordo. Aquí bajamos del tren sin saber que dirección coger. Para España, no era posible, quedaba Toulouse o Marsella. El andén estaba repleto de militares y de soldados nazi pero donde muchos eran oficiales. También vestidos de alemanes había españoles de la División Azul que viajaban de España a Rusia. Por casualidad, encontramos a un español republicano, refugiado como nosotros, en la cantina de la estación. Hablando, nos preguntó donde íbamos y de dónde veníamos. Después de haber entablado cierta amistad, nos dijo que él vivía en Mont-de-Marsan (Landes), a unos 40 Km de Morcenx. En esta pequeña capital, los alemanes construían un campo de aviación y aunque era zona ocupada, estaríamos más tranquilos, trabajando para los alemanes que en la zona libre de Vichy. El asunto de la documentación y de la carta de alimentación no sería un problema, nos dijo este hombre, porque conocía al comisario de policía de Mont-de-Marsan. Los papeles que portábamos los habíamos comprados en un pueblecito cerca de Nantes, al escaparnos del campo de Ploumeur.

En la misma noche, llegamos a Mont-de-Marsan y, efectivamente, aquí nos arreglaron la documentación y nos contrataron en una empresa llamada Marion, que hacia una línea de ferrocarril en el campo de aviación.

Conseguimos cambiar la documentación falsa por una verdadera, y entramos en posesión de una carta de abastecimiento y de tabaco. Además, encontramos alojamiento en casas particulares requisadas por los alemanes. La solidaridad entre los españoles refugiados, que eran numerosos en esta fecha en Mont-de-Marsan, hacia que pudiéramos vivir ayudándonos unos a otros, mientras llegábamos a cobrar las primeras pagas.

Un día del mes de noviembre 1943, un jefe de la empresa Marion nos calificó de rojos españoles (rott spanien) al hacerle una reclamación y nos amenazó con entregarnos al régimen franquista. Cogí mi pala y le di un golpetazo en la espalda. Sin esperar la reacción de este individuo, mi hermano José, el muchacho cordobés de Fernán-Núñez y yo, tomamos el camino de la oficina de la empresa y le contamos lo sucedido al director, pidiendo que nos arreglara la cuenta si este individuo continuaba en el tajo. Naturalmente, el patrón no nos dio la razón. Nos pagó al otro día y dos días después nos contrató una empresa alemana llamada Estewing.

En esta empresa trabajábamos arrancando céspedes en los campos y poniéndolos en la pista del campo de aviación. Un día observamos unos treinta o cuarenta aviones sin que sonaran las sirenas de alarma y después de dar la vuelta al campo, empezaron a arrojar bombas, destruyendo toda la pista y los aviones que se encontraban en los hangares. Nos movilizaron para apagar el fuego provocado por los aviones Ingleses y aprovechamos para extenderlo con las palas por todas partes en vez de apagarlo.

Poco tiempo después, continuando en la misma empresa Estewing, nos pusieron a ocultar los aviones de bombardeos de cuatro motores alrededor del campo, por entre medio de los bosques de pinos con esteras pintadas color de tierra. Como hacía bastante frio, ya que era mes de noviembre, un día hicimos una fogata para calentarnos y una de las redes prendió fuego. Un avión que se encontraba en las proximidades ardió completamente.

Al día siguiente, llegó un grupo de gendarmes alemanes que llamábamos los collarines, y policías de la Gestapo, amenazándonos con fusilarnos por sabotaje sí no decíamos quién había metido fuego. Pero después de varios días de interrogatorios por separados no consiguieron sacar nada en claro.

La gendarmería alemana a la que Juan López Morales llama los "collarines" por el colgante que llevaban. Estaban dedicados a la identificación de personas en los lugares ocupados y en el mantenimiento del orden público. Foto del año 1941 de Knobloch Ludwig.

Pero después no nos dejaron tranquilos y, casi todos los días, hacían redadas entre los que no tenían carta de nacionalidad española del consulado para llevárselos a Alemania. Con otros cuatro compañeros decidimos de ir a Agen donde había un vicecónsul español que hacia la documentación, o mejor dicho, que las vendía por quinientos francos. En realidad, no tenían ningún valor pues nosotros, los refugiados españoles, estábamos considerados como apátridas ya que no reconocíamos al régimen de Franco.

José, hermano de Juan López, sería detenido por la gendarmería alemana y poco después logró escaparse.

Un día, la Feldgendarmerie, (gendarmes alemanes), detuvo a mi hermano José. Después, pudo escaparse, regresando a España donde fue hecho prisionero y encerrado en la cárcel del Puerto de Santa María. Recibí una carta de él, desde allí, informándome.

El penal del Puerto de Santa María (Cádiz), donde fue encarcelado José, el hermano de Juan López, apenas entró en España. Imagen que recoge el pario de la prisión hacinado de republicanos, mucho de ellos jimenatos, que todas las mañanas eran obligados al rezo del ángelus y a cantar el Cara al Sol, himno de la Falange Española, partido único del régimen de Franco. Fuente: Archivo Provincial de Cádiz de la Junta de Andalucía

En cuanto a mí, que me había escapado de esta redada, seguí trabajando en la misma empresa en el campo de aviación donde, juntos a otros compañeros, hacíamos planos de dónde escondíamos los aviones que entregábamos al compañero que encontramos en la cantina de la estación de Morcenx, que nos dijo de ir a Mont-de-Marsan. Más tarde, nos informó de cuál era la razón de encontrarse aquel día en esa estación de trasbordo: espiar los trenes donde viajaban los soldados de la División Azul hacia Rusia, y, donde iba el material de guerra, sabotearlos. Pertenecía a la resistencia francesa, el maquis, y es por eso que conocía al comisario de policía de Mont-de-Marsan.

Este hombre, que se hizo amigo, se llamaba Diego Melendo y era natural de Castro del Río (Córdoba) Después de la guerra se fue a Chile y vino a verme a Francia unas cuantas veces.

(CONTINUARÁ: “DE LA LIBERACIÓN DE FRANCIA A LA MUERTE DE FRANCO) https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/07/13/8a-parte-memorias-de-juan-lopez-morales-13-07-2021/)

AUTOBIOGRAFÍA DEL JIMENATO REPUBLICANO JUAN LÓPEZ MORALES

1ª Parte. Memorias de Juan López Morales desde el exilio (27.05.2021):   https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/05/27/memorias-de-juan-lopez-morales-desde-el-exilio-27-05-2021/

2ª Parte. Memorias de Juan López Morales desde el exilio (01.06.2021):   https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/06/01/2a-parte-memorias-de-juan-lopez-morales/

3ª Parte. Memorias de Juan López Morales desde el exilio (07.06.2021):   https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/06/07/3a-parte-memorias-de-juan-lopez-morales-07-06-2021/

4ª Parte. Memorias de Juan López Morales desde el exilio (15.06.2021):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/06/15/4a-parte-memorias-de-juan-lopez-morales-15-06-2021/

5ª Parte. Memorias de Juan López Morales desde el exilio (22.06.2021):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/06/22/5a-parte-memorias-de-juan-lopez-morales-22-06-2021/

6ª parte. Memoriosa de Juan López Morales desde el exilio (29.06.2021): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/06/29/6a-parte-memorias-de-juan-lopez-morales-29-06-2021/

LAS DOS ÚLTIMAS ENTRADAS PUBLICADAS ANTERIORES A ESTA AUTOBIOGRAFÍA

FRANCISCA, POETA EN LA INTIMIDAD QUE QUISO SER PERIODISTA (26.04.2021: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/04/26/francisca-poeta-en-la-intimidad-que-quiso-ser-periodista/

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ÁNGELES VÁZQUEZ LEÓN (5ª Parte) (20.10.2020): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2020/10/17/angeles-vazquez-leon-5a-parte-18-10-2020/

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ÁNGELES VÁZQUEZ LEÓN (2ª Parte) (19.08.2020): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2020/08/18/43318/

ÁNGELES VÁZQUEZ LEÓN (1ªParte) 06.08.2020: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2020/08/06/43170/ 

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