ENTREVISTA DE MÓNICA ONCALA GIL A JUAN GIL PLATA (11.05.2021)

Posted on mayo 10, 2021

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INTRODUCCIÓN

Ignacio Trillo

Continúa con este segundo capítulo la serie biográfica dedicada a nonagenarios jimenatos dispuestos a revelar lo que han sido sus vidas como legado para dejar a presentes y futuras generaciones sobre aquel tiempo que fue.

En esta ocasión se trata de Juan Gil Plata, nacido en la localidad el año 1928. Emigrado casi a mitad de la década de los cincuenta al cercano municipio de La Línea de la Concepción, donde continúa actualmente residiendo, nunca perdió el estrecho contacto con el lugar donde comenzó su infancia.

Juan Gil Plata actualmente a punto de cumplir sus noventa y tres años en visita reciente al claustro del Santuario de la Reina de los Ángeles. Foto familiar.

De familia muy humilde con cinco nuevas bocas, tres varones y dos hembras, que alimentar, supo desde su inmadurez cómo podía ir capeando el tiempo sombrío que le tocó vivir. Lo vamos a descubrir de la mano de su sobrina Mónica Oncala Gil en el ameno reportaje que nos ha preparado atendiendo amable y generosamente la petición que le cursé como perfecta conocedora de su saga familiar y tan próxima al entrevistado.

Así pues, esta profesora y periodista nos va a adentrar en la semblanza de una buena persona, sencilla y muy humana, de enorme locuacidad que con la vista puesta en el retrovisor se emociona al rememorar los numerosos pasajes nada fáciles que ha recorrido en su transitar por este mundo lleno de sorpresas, unas buenas y otras penosas, sobre todo por el recuerdo que alberga de quienes ya se le han ido, como su hijo y la que fue su compañera y esposa durante más de siete décadas, de la que sigue locamente enamorado, ahora en la distancia, como el primer día.

Año 1963. La de Juan Gil Plata y Ana Sevilla García, una historia de amor que perdura, ahora desde la distancia, tras setenta y dos años entre novios y casados. Foto: Archivo familiar.

Además nos va a deleitar con los detalles que expone sobre aquella forma de sobrevivir porque al igual que Francisca Sánchez Gil, la primera entrevistada de esta serie, (Ver: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/04/26/francisca-poeta-en-la-intimidad-que-quiso-ser-periodista/) goza de una memoria de elefante. No tiene lagunas en su trayectoria. Basta citarle un año de su existencia para que de inmediato coja el hilo sobre lo que hacía o el oficio que practicaba hasta completar una madejaya que de verbo anda también bastante bien servido.

De su testimonio, más allá de la cotidianeidad transcurrida que aquí nos traslada Mónica Oncala, sobresalen en esta biografía piezas de la memoria histórica que un investigador de esta rama disciplinaria está obligado a resaltarlas por la importancia de su contenido. He aquí algunas pinceladas.

Los llanos de la finca de “Barría” de Jimena de la Frontera que fuera empleado en la posguerra como aeródromo militar acondicionado previamente por batallones de trabajadores compuestos por presos republicanos. Foto: Ignacio Trillo.

El padre de Juan Gil, como jornalero agrícola, fue testigo directo del trajín que se vivió durante la inmediata posguerra en la finca agrícola-ganadera de Barría, un latifundio con un total de setecientas cuarenta y seis hectáreas de superficie. Confiscada temporalmente por el victorioso ejército franquista la parte de planicie a su dueño Gabriel Quesada Márquez,Canito“, corredor y empresario malagueño que la tenía arrendada al jimenato Antonio Ramos Perales, fue acondicionada para ser empleada como base aérea militar durante los años que duró la Segunda Guerra Mundial. El extenso llano de esa requisa está colindado, de un lado por la carretera comarcal Algeciras-Ronda que pasa por Jimena, y el otro lateral por el río Hozgarganta. Fue preparada para el aterrizaje de aviones por los presos republicanos que, como mano de obra gratis, redimían penas carcelarias por trabajos forzados. El Régimen de Franco, temeroso de un posible desembarco de las potencias democráticas aliadas, bien por la Bahía de Gibraltar o por la costa gaditana, blindó la defensa militar de esta Comarca. Y este aeródromo que se improvisó era clave a la hora de garantizar el suministro por el aire, tanto del armamento como de las fuerzas militares que se aerotransportaran en el caso de un ataque. Igualmente, para el acarreo de materiales al objeto de una veloz construcción de esa infraestructura defensiva litoral que se llevó a cabo, basada en búnkeres y en vías de comunicación terrestres nuevas. Así que Juan Gil relata cómo su padre le contaba las entradas y las salidas de aviones que observaba, así como las garitas que levantaron en su perímetro, con vigilancia las veinticuatro horas en evitación de sabotajes o atentados, al igual que la instalación del campamento con tiendas de campaña para las unidades del ejército del Aire que allí se establecieron.

Tras haber nacido en una casa junto al Paseo junto a la iglesia Santa María de la Coronada, cuando se inició la guerra de 1936 la familia de Juan Gil vivía en la calle San Francisco, casi al final del tramo de esta imagen en la acera a mano derecha entes de llegar a la ermita San Francisco. Pintura de Andrew Wade.

Asimismo, se acuerda a la perfección de los momentos que precedieron a la entrada de las tropas sublevadas para la toma de Jimena tras el inicial fallido golpe de Estado del 18 de julio contra la IIª República.

Rumoreada entre el vecindario la irrupción de un momento a otro de los temibles “moros” procedentes de Algeciras, se fue huyendo con sus padres y hermanos pero a las cercanías del pueblo para ocultarse. Se alojaron en el cortijo que poseía la familia de Alfonso Corrales Mostazo, de apodo “Baraña”, que eran los vecinos de la calle San Francisco donde vivían, casi enfrente de la tienda de Martín Castro Ramos, entonces en las manos del padre, Antonio, y del zapatero, Pepe Domínguez. También habitaba por allí el que hacía la gaseosa “Ramito”, Francisco Ramos Cobalea.

El tramo final de la calle San Francisco que desemboca en calle Consuelo. El hombre que figura es el zapatero, Pepe Domínguez. Foto Sprint.

Esa parcela de olivos y almendros, llamada “Cerro del Águila”, estaba situada a mitad de camino entre Jimena y la Estación, en la loma que está ubicada junto a lo que luego sería el campo de fútbol “El Cañaveral” del CD Jimena, donde en tiempo de posguerra jugaban al fútbol los presos republicanos los días de permiso, cada domingo de la semana, que fueron los que introdujeron este deporte de origen anglosajón en el pueblo. Pues bien, como no cabían todos en la casa de ese cortijo, recuerda Juan Gil que como hacía buen tiempo, él y su familia dormían por las noches bajo una higuera.

Año 1936. En primera línea, el cortijo “Cerro del Águila”, del vecino de la calle San Francisco, Alfonso Corrales Mostazo, más conocido por el apodo “Baraña”, donde se refugió la familia Gil y Plata ante los rumores de que venían “los moros” para tomar el pueblo a sangre, fuego y con violaciones de mujeres. tal y como había adelantado el general Queipo de Llano por radio Sevilla. Ese lugar era discreto para pasar desapercibido y privilegiado para observar perfectamente el tránsito de personas y vehículos que pretendieran la conquista de la localidad. Foto: Ignacio Trillo.

Pero como pasaban los días y no llegaban “los moros”, se cansaron de esperar y de vivir en esas condiciones. Volvieron a su casa de la calle San Francisco hasta que una mañana temprana vísperas de San Miguel oyeron como un repique de ruidosas llamadas constantes a la puerta. Eran ráfagas de metralletas que cimbreaban las paredes de las habitaciones y cuyo sonido procedía de la Estación. Se refugió con su familia en la casa colindante de los “Barañas” porque era más grande y ofrecía mayor seguridad que la de sus padres. Y a continuación empezaron los zambombazos que iban dirigidos principalmente hacia al Castillo y al Ayuntamiento porque pensaban que allí estarían atrincherados los que iban a resistir. A su padre por una chispa no lo mata un mortero que cayó en ese patio del vecino donde estaba el WC, poco después de haber ido a orinar. Además, una bomba fue a parar al tejado, que lo hundió, de la casa que la tenían muy cerca y que era de José González Montero, comercial y cobrador de la luz, que había huido del pueblo pero su familia, mujer y cinco hijos, estaba dentro en la planta baja y por eso se salvaron. Otra se cargó un chaparro en Caminete de Luna, cerca del Ayuntamiento … Y ya cuando entraron los marroquíes, como establecieron su cuartel en la iglesia San Francisco, los tenía al lado y observaba diariamente sus movimientos.

La iglesia de San Francisco en el barrio abajo de Jimena donde quedó establecido el cuartel de los Regulares rifeños que al mando de oficiales del ejército español sublevado en el Protectorado de España en Marruecos tomaron la localidad el 28 de septiembre de 1936. Foto de Ignacio Trillo.

En este sentido, cada mañana salían de la iglesia con sus fusiles y con las culatas iban rompiendo las puertas de las casas cuyas familias habían huidos del pueblo, que eran la mayoría, para llevarse lo que, de valor o lo que les gustara, hubiera dentro. Los que montaban a caballo destrozaban de la misma forma las ventanas para asegurarse de que no había nadie escondido dentro con armas. También recuerda que se llevaban las gallinas de donde las pillaran para alimentarse. Vivos los animalitos, con los pedazos de machetes que portaban, les hacían un corte por el pescuezo y las dejaban que se desangraran en el suelo ya que su religión les prohibía tomar ese aprovechamiento con el que, sin embargo, los del pueblo hacían la asadura.

Años 20. Juan Plata Moya, nacido en Jimena en el año 1898., zapatero, concejal del ayuntamiento de Jimena en el primer ayuntamiento republicano que se constituyó el 16 de abril de 1931, así como electo en los únicos comicios municipales que se celebraron, transcurridos el 31 de mayo de 1931. Pertenecía al Comité Republicano Federal de la Agrupación Local al Servicio de la República. Fue miembro del Comité de Abastos durante el periodo del Frente Popular. Detenido y juzgado sería condenado en 1937 a reclusión perpetua. En junio de 1943 se le conmuta por tres años de prisión menor. Estuvo en la cárcel del Puerto de Santa María. con fecha de entrada el 13/10/1938 y fecha de salida el 07/09/1940 para pasar a otra prisión, Tras su libertad provisional enseñaría a Juan Gil el perfeccionamiento de su quehacer en el oficio del calzado. Fuente: José Manuel Algarbani Rodríguez y Archivo de la cárcel del Puerto de Santa María. Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

De esa época, aunque le cogiera muy pequeño, se debe sentir orgulloso de que, perteneciendo a una familia tan humilde que desde pequeño trabajaba y apenas podía ir a la escuela, lo hacía a salto de mata, un primo hermano de su madre, Juan Plata Moya, junto a Ramón López en la calle Romo, le enseñara en la calle Fuente Nueva donde tenía el taller el oficio de zapatero. Fue un hombre autodidacta, desvivido por los demás, muy culto que leía cuanto cayera en sus manos. Llegó a ser concejal electo en el primer Ayuntamiento republicano y se ensañaron luego contra él durante la guerra. Murió joven y, aunque casado, sin descendencia.

Por último, de las secuelas de la guerra y del hambre que se pasaba en Jimena de la que no se salvaban ni los niños, antes de meterse a monaguillo y comer de lo que hubiera en la casa del cura, como en su morada no había nada que echarse al estómago, iba con unos treinta niños, entre ellos se acuerda de Diego Gómez Mariscal -fue sobrino del “maestro” particular que iba por los cortijos, Diego Bautista Prieto, que luego fue poeta- a los almuerzos que daban para los menores pobres en el comedor de Auxilio Social que pusieron en la casa que antes de la guerra fue el Ateneo de la CNT y más tarde la sastrería de Miguel Cárdenas y enfrente estaba la barbería de Salvador Rocha Rey.

Años 60. El sastre, Miguel Cárdenas Urbano y el barbero, Salvador Rocha Rey. Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

La que cocinaba en ese comedor era Mercedes Sanjuán Parra, madre de José Ortiz Sanjuán, que también era barbero al comienzo de la calle La Loba, y camarero o lo que fuera para tirar “palante” a su familia. Casualidades de la vida, el que puso el bar La Parada al comienzo de la calle Romo, Francisco Jiménez Herrera, era el marido de Encarnación Plata Ayala, hermana de la progenitora de Juan Gil, que para él fue su segunda madre. Tuvieron un hijo que aún vive, también llamado Antonio, que se casó con la nieta de la cocinera que le mataba su hambre, y que se llama Angelina Ortiz Vargas. Así que acabaron de parientes en esa endogamia colectiva que también caracteriza a Jimena.

Año 1965. La familia del bar “La Parada”, a la entrada del pueblo , A mano derecha, Francisco Jiménez Herrera (era hermano de Sebastián con el que trabajó Juan Gil de zapatero cuando acabó la mili) casado con la tía de Juan Gil, hermana de su madre, Encarnación Plata Ayala. A mano izquierda, el hijo del matrimonio, Antonio Jiménez Plata que se casó con Angelina Ortiz Vargas que era la nieta de Mercedes Sanjuan Parra, la cocinera del Auxilio Social de la que Juan sigue acordándose de lo cariñosa que era con él y por los buenos garbanzos que le ponía. Foto: Antonio Jiménez Plata.

Y paso a lo íntimo, y más jugoso, que con fino estilo literario nos ha elaborado Mónica Oncala, que es, insisto, la que mejor conoce a su tío, otro héroe anónimo superviviente de aquel tiempo que fue tan terrible como rastrero. De los comentarios a pies de fotos y de su montaje, me hago responsable.

EL REPORTAJE DE MÓNICA ONCALA SOBRE SU TÍO

Mónica Oncala Gil

Mónica Oncala Gil, periodista y profesora de Instituto, nacida en la Barriada de los Ángeles de Jimena de la Frontera.

1 de mayo de 2021

Actores secundarios que también encierran libros o películas

Hay libros que encierran vidas y vidas que son de libro.  El monaguillo que acompañaba al padre Abel a la misa que daba a los presos republicanos -entre los que se encontraba el poeta Leopoldo de Luis-, y que también fuese compañero de colegio de José Riquelme Sánchez, que fuera poeta, es mi tío Juan Gil Plata. Su perspectiva de la historia es otra, pero su papel secundario también es necesario para montar la película. Vidas paralelas que se entrecruzan en algún momento de sus biografías y cuyos recuerdos se dibujan desde la atalaya de los casi noventa y tres años de quien ha sido monaguillo, zapatero y conserje…De quien, como Riquelme, poeta jimenato, también estuvo a punto de ejercer como guardia civil. Ser un hombre de ley y de palabra hizo que su vida deambulase durante años entre maestros y alumnos que lo trataban de usted y lo llamaban Señor Juan.

El 2 de junio cumple 93 años, pero su memoria es capaz de recordar perfectamente los artículos de la cartilla del Guardia Civil que se estudió para las pruebas de acceso al cuerpo a las que se presentó en Cádiz en 1953. Recuerda también que le pusieron un problema de ovejas y alguna pregunta de geografía física de España. Me ha recitado perfectamente de carrerilla, como se estudiaba entonces, dónde nace, por dónde pasa y dónde desemboca el río Guadalquivir y ahora cree recordar que se lo preguntaron en esas pruebas.

“Nace en Cazorla, baña Córdoba y Sevilla y desemboca en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz…” Sí, tito, veo que te lo sabes perfectamente. Me dice que se lo pregunta a sus nietas, que han estado en el colegio y en el instituto y que no se lo saben. Se sorprende y no es para menos.

Conserva una memoria prodigiosa y dice, sonriendo, “no saber cómo conservarla habiendo comido tan poco pan”.

Hagamos memoria, pues.

Una infancia y adolescencia muy trabajadas y trabajosas

Hijo de Esteban Gil Giraldo y de Isabel Plata Ayala, nació el 2 de junio de 1928, bajo la dictadura de Primo de Rivera y ocho años antes de que saltara la Guerra Civil, en una casa que daba a El Paseo. A su padre lo recuerda muy trabajador y narra que donde más tiempo estuvo de bracero fue en la finca de Barría, donde estaba a jornal con Antonio Ramos Perales, sembrando trigo en invierno y segando en verano.

Años 60. Antonio Ramos Perales, arrendatario de la finca “Barría”, que acabó siendo en Jimena dueño del cine Capitol y el de verano. Fuente: Ediciones OBA

Cuenta que su progenitor iba a Jimena, de la que dista unos diez kilómetros, a pie cada quince días para cambiarse de ropa. Entonces se decía que “iba a vestirse”. Hacía el trayecto andando, explica, porque no había “coche de línea”. De su madre, que murió con cuarenta y ocho años cuando él estaba haciendo la mili en Barcelona en 1951, recuerda que no paraba de trabajar, sirviendo en las casas e incluso encalando la iglesia del barrio arriba del Llano de la Victoria. Fue entonces cuando cayó enferma. Al exceso de trabajo se le sumó la tristeza por la partida de su hijo para hacer el servicio militar tan lejos. Y todo se le hizo un nudo insoportable que se la llevó a mejor vida, porque la que tuvo aquí solo fue un continuo sufrimiento. Cuenta su hijo, mi tío, que todo lo que trabajaba su madre era para “medio comer” y que cuando vino de permiso de la mili después de su operación de bocio en el Hospital Militar de Barcelona, y de la que no informó a su familia para no preocuparla, su madre venía cargada con unas espuertas de carbón que se le cayeron al suelo cuando lo vio aparecer con la venda que ocultaba los diecinueve puntos que le habían cogido.

Abril año 1950. Juan Gil Plata en el postoperatorio del bocio con el collarín de escayola tal como lo vio la madre, que nada supo de la operación, y que al verlo, de la impresión que se llevó, se le cayeron las dos espuertas de carbón que transportaba. Foto: Archivo militar.

Preguntado por su infancia, cuenta que, desde que “saltó la guerra”, se hizo monaguillo porque le pagaban un duro al mes. Se trataba de “arrimar un duro a la casa”. Especifica que no era “monaguillo de un día”, sino que estaba todo el día y que también recibía propinas de las alcancías de los bautizos y casamientos. Estuvo cuatro años, desde los ocho hasta los doce, como monaguillo, la mayoría con el padre Juan Ángel Abel Guerrero, natural de Alpandeire.

Año 1940. Los monaguillos de Jimena que tenía el cura Abel de Alpandeire, de los que el permanente era Juan Gil Plata, segundo aquí por la izquierda. El de su izquierda era su hermano Antonio. Antes del cura Abel estuvo el sacerdote catalán, Pedro Cot. A él lo llamaba Joan y a su hermano menor, Tonet petit. Siempre creyó que era un mote, hasta que fue a Barcelona a hacer el servicio militar y supo que Joan era su nombre en catalán y que el de su hermano quería decir Antonio pequeño. Les acompañan, a su izquierda,  José Cuenca Merino, que de mayor fue sastre. Y el primero a la derecha de ellos es Mariano González León, el hijo de la telefonista de la central de El Paseo. Foto: Archivo familiar.

Recuerda los nombres de las hermanas del cura, Paca y María. Esta última, cuando encontraba polvo en los muebles o las sillas le decía: “Juanito, por aquí no ha pasado el trapo”. Y es que el niño Juanito, según relata, “era una criada”. Recuerda con total nitidez el “cajoncito de madera donde venían los polvorones, que tenía que llenar de tierra para el gato Picola”. Continúa detallando sus quehaceres de monaguillo y explica que terminaba la misa, tomaba café y limpiaba el polvo de las sillas de la casa particular del cura.

Año 1940. La iglesia Santa María la Coronada, que existió en el paseo y fue demolida las años 1946 y 1947 por el estado ruinoso que presentaba su cimentación debido a una gredera en el subsuelo. Solo quedó en pie el campanario que se conserva al día de hoy. Era la torre de los cien escalones que comenta el que fue monaguillo y que tenía que subir y bajar cada vez que tenía que tocar las campanas. En esta iglesia residían los sacerdotes con sus familias, en el caso de que le acompañaran,  y tenía que atender los ritos religiosos de la iglesia de La Victoria del barrio arriba y los del Convento de la Reina de los Ángeles en la Estación. Juan estuvo de monaguillo con tres curas. Aparte del sacerdote Abel de Alpandeire, tuvo a un cura catalán que venía huyendo de la guerra en Barcelona. Se trataba del cura Pedro Cot. Lo tenía cada dos por tres subiendo a la carrera la escaleras para tocar el campanario porque los franquistas habían tomado un pueblo. Entonces, todo eufórico decía “Joan, Joan, las campanas, que hemos tomado Teruel”, o la ciudad que fuera. Tenía en su habitación un mapa de España donde iba clavando con chinchetas los lugares por donde iban avanzando los sublevados. Cuando llegó el 14 de abril de 1931, con la proclamación de la IIª República, el comerciante de Jimena, José Pérez-Navarro Medina, que tenía la tienda en las cuatro esquinas del barrio arriba, se dirigió al cura y le dijo que tocara las campanas para que el pueblo se enterara de esa nueva efeméride, y se encontró como respuesta la negativa con el argumento “de que la Iglesia no se metía en política”. El tercer cura, segundo por orden cronológico, con el que estuvo de monaguillo se llamaba Don Esteban. Foto: Ignacio Trillo.

A las dos tenía que subir al campanario para hacer tocar las campanas. Eran dos, explica, y repiquetea su soniquete entonando a la perfección la onomatopeya del tintineo. Refiere también que las escaleras de caracol que accedían al campanario se componían de cien escalones que tenía que subir al menos tres veces al día.

Año 1940. El sacerdote Juan Ángel Abel Guerrero y el monaguillo Juan Gil Plata prestos para ir al campo de concentración de los prisioneros republicanos, sito en San Pablo de Buceite para dar la misa dominical. Foto: Archivo familiar.

Un domingo al mes iba con el cura a decir la misa de campaña en “La era de los llantos”, donde estaba ubicado el campo de concentración de San Pablo de Buceite en el que estaban los presos republicanos, entre los que se encontraba el poeta Leopoldo de Luis. Les enviaban dos soldados para escoltarlos y hasta allí se desplazaban subidos en un mulo. Después de la misa se comían la paella. De postre, carne de membrillo que ponían encima de la enorme tapadera de la paellera. Recuerda que el padre Abel le decía que cogiera algunos trozos para llevárselos a su casa. También me comenta cuando esos presos venían a Jimena los domingos a jugar al fútbol y se enfrentaban a otros presos que estaban en el pósito, junto al antiguo cuartel de la Guardia Civil.

Del preso republicano del campo de concentración de San Pablo de Buceite del que Juan Gil se acuerda perfectamente fue de Pedro Esparrach Roca. Era de Barcelona. Y jugaba todos los domingos al fútbol de portero en el encuentro que organizaban los prisioneros. No había quien le metiera un gol. Iba a ver los partidos acompañado de su amigo, Pepito Riquelme Sánchez, que después fue poeta y escritor. Esparrach se echó de novia a Jacinta Pérez-Navarro Boza y después de hacer la mili en el ejército de Franco se casaron y se fueron a vivir a Algeciras. Foto del año 1950 de Montserrat Esparrach Pérez-Navarro.

Acabado su servicio como monaguillo, con doce años, le tocó cambiar de tercio e irse a guardar vacas a un cortijo cerca de La Morisca, pero esa faena se le hizo tan cuesta arriba que enfermó de calenturas al vientre y se tuvo que volver a su casa. No olvida que el cura fue a verlo y que le dejó cinco duros debajo de la almohada. Añade que siempre lo han querido mucho dondequiera que ha estado. “¿Cómo no me iban a querer?”

7 de septiembre de 1948, día de la Novena a la Reina de los Ángeles. La Estación de Jimena. De izquierda a derecha: Juan Gil Plata, Andrés Carretero, Andrés Coronil (en el centro de la imagen, sin corbata), Antonio Heredia (el que asoma la cabeza por encima de Andrés Coronil), Juan Vázquez (el que le agarra la cabeza al mulo) y, por último, Antonio Reinaldo. Foto: Archivo familiar.

Fue entonces cuando se fue con Ramón, el padre de Inés López Godino, la de la posada en El Paseo, a la calle Romo, a aprender el oficio de zapatero. Se había venido del campo y aceptó la posibilidad que le habían ofrecido. Entonces ganaba un duro a la semana, pero había veces que no le pagaban y su padre tenía que ir a pedir el dinero.

Posada de Ramón en El Paseo. En su interior Inés López Godino, cosiendo. Foto; Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

Luego estuvo una temporada con Juan Plata Moya, primo hermano de su madre, que tenía una zapatería pequeña, y posteriormente con Francisco Fajardo Gómez, donde trabajaban diez o doce zapateros y cobraba nueve pesetas por cada par de zapatos nuevos que tenía que confeccionar a toda velocidad.

Tras aprender el oficio de zapatero, primero con Ramón López y luego con su tío Juan Plata, se puso a trabajar en la zapatería que tenía en la calle Santa Ana, Francisco Fajardo Gómez, el que figura de pie en la imagen, que también estuvo durante años de juez de Paz, tanto en la República como bajo el franquismo. Tras volver del servicio militar, Juan Gil llevaría a cabo este oficio en la zapatería de Francisco Jiménez Herrera, “Orellana”, en las cuatro esquinas del barrio arriba, que aquí aparece sentado en una silla. Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

Cuando se licenció, Fajardo había cerrado la zapatería y entonces se fue a trabajar con Sebastián Jiménez Herrera Orellana a “las Cuatro Esquinas” del Barrio Arriba, frente a la carnicería de “Pepín el de Jacinta”, José Pérez-Navarro Boza hijo de Jacinta Boza Pino.. Allí estaban, con él, sus hermanos Antonio y José. Recuerda que Sebastián no era el clásico “maestro con sus obreros” y que todos los 20 de febrero le cantaban bromeando: “Veinte de febrero, San Sebastián, caballero”. Y él les decía: “Ya queréis que os convide, ¿no?”. Y se los llevaba al Cao del río Hozgarganta, donde mataban un chivo y se lo comían.

No se queda corto contando penalidades, y, entre lágrimas, relata cómo, con diecisiete años, estando con los amigos en un bar de la calle Santa Ana, llegó José Jiménez Herrera y le dijo: “Juan, que te llama tu madre. Corre, que te está esperando”. El motivo de la urgencia era que se tenía que quitar la camiseta que llevaba puesta para que se la pusiese su padre, que había venido de Barría para vestirse..

También recuerda, esta vez con un poco más de sorna, cómo el cobertor con el que se tenía que tapar en la cama tenía un boquete y él le daba un pellizco para que no le entrase el frío, pero que, al quedarse dormido, el pellizco se escapaba y el frío entraba y lo despertaba. Aunque no podemos pensar en una cama de hoy en día. No. El colchón era de la paja que se obtenía en la siega del trigo, unas veces, y otras, de sayo, que era, según me explica, la hoja que envuelve la mazorca de maíz. Rememora cómo la paja y el sayo se clavaban y hacían mucho ruido al acostarse. ¿Y podíais descansar, tito? “No se descansaba, hija. Cómo se iba a descansar”.

Cada vez que había que comprar un cobertor de esos de tan pésima calidad que se rompían con suma facilidad, su madre lo pagaba a dita y en más de una ocasión se tenía que esconder cuando venía el ditero porque se moría de vergüenza al no tener dinero para pagarle.

Historias para no dormir, y menos sobre un colchón de paja.

El río Hozgargante sirvió tambié, para muchos jimenatos para el aseo personal ante la ausencia de agua corriente en el pueblo. En el tramo de “La Tosca” que aquí se contempla, el agua aparece más reposada y ofrece menos peligro, fue aprovechado poe el entonces seminarista, Martín Bueno Lozano, para enseñar a nadar al monaguillo Juan Gil Plata durante el verano de 1942. Foto: Sprint.

También recuerda cuando iba a la Peña Gorda a bañarse porque en la casa, compuesta por una habitación y una cocina, no había agua corriente y solo podía asearse en un barreño de tamaño algo mayor a un lebrillo.

Antes de dejar esta etapa, se acuerda de que, siendo monaguillo, la señorita Rufina Álvarez Liñán, en cuya casa trabajaron de niñera su madre y su tía Encarna, le decía: “Juanito, por las tardes vienes para que te dé un bollo de pan para merendar”. Pero dice que, como tenía tanta hambre, iba antes y, sobre las once de la mañana, tocaba el picaporte y Rufina salía y le daba un cavero de pan que había sobrado de la noche anterior. Como le daba vergüenza, dice que se lo escondía en la espalda y se lo comía en El Paseo.

Francisco Corbacho Sánchez, sempiterno secretario del Ayuntamiento de Jimena desde principios del siglo XX hasta 1936 en que fue cesado por el primer gobierno municipal franquista. Rufina Álvarez Liñán, su mujer, aquí teniendo en los brazos a la bebé Eladia Luengo. Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

Colegio salteado

La memoria difícilmente puede hilvanar los recuerdos de los estudios que, salpicados, tuvo en su infancia. Dice que fue al colegio “salteado”. El primer nombre que se le viene a la mente es el de don Fernando, de cuyo hijo era muy amigo. Esta amistad le sirvió como recomendación para entrar en el colegio a los seis años en un momento en el que se entraba a los siete.

Año 1931, Fernando Calvo de la Fuenteprimer maestro nacional que tuvo Juan Gil en 1934 contando con seis años. Lo colaron porque la edad mínima de escolarización estaba en siete. De origen onubense, fue el primer alcalde del gobierno municipal del Ayuntamiento republicano de Jimena nombrado el 16 de abril de 1931 y donde formó parte de su equipo como concejal, su tío, Juan Plata Mena. Foto: Descendientes de Fernando Calvo, y José Regueira Ramos.

Faltaban dos años para la Guerra Civil y ese horizonte no lo pierde de vista. Luego se acuerda de Martín Corbacho Álvarez, que “se sacó las oposiciones veinte años después de estar ejerciendo como maestro”.

Martín Corbacho Álvarez, hijo de Francisco y de Rufina, que también fue maestro de Juan Gil y su jefe de los flechas de Falange Española en el pueblo. En aquel tiempo para poder tener plaza en la escuela nacional tenían que estar obligatoriamente apuntados a esta rama infantil de ese único partido político que era legal.

Este enseñante quería a su madre, Isabel Gil, como si fuese la suya, ya que había sido su niñera, así que al niño Juan no le cobraba las clases particulares que daba en su casa. Recuerda que empezó muy joven a dar clases y que luego se fue como interino a la calle Santa Ana y que, una vez que aprobó las oposiciones, lo destinaron a Taraguilla y, finalmente, a Algeciras.

Año 1947. De pie a mano izquierda, Pepito Riquelme Sánchez gran amigo de Juanque llegaría a ser afamado poeta y escritoren una de sus venidas a Jimena desde el Seminario de Cádiz, portando ya sus gafas de miopía.  A su derecha, el sacerdote José Mena Bonilla, y el también amigo Cristóbal Arjona Navarro (su padre, el practicante del pueblo, Juan Arjona Gil, exiliado político en esa fecha en Túnez). Agachados, los hermanos Andrés y José Cuenca Merino, que fue monaguillo con Juan Gil y de mayor sastre, con una pelota en las manos. Foto: Retratos de Jimena. Tomo Iº. Ediciones OBA. Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

Con ocho años recibió clases de la mano de don Antonio, al lado de la tienda de Alfonso Corbacho, y allí coincidió con Pepito Riquelme, como llamaban los amigos y allegados a José Riquelme Sánchez, cuando este tenía cinco años. Recuerda cómo los niños le decían: “Pepito, tú no tienes padre”. Y él contestaba, “con la voz serena que siempre lo caracterizó”: “No, a mi padre lo mataron en El Tesorillo”. Finalmente, recuerda que le dio clases “un maestro que vivía en la calle Consuelo, que sabía las cuatro reglas y que iba de casa en casa enseñando”.

Dice que, a su edad, es capaz de leer sin gafas y que se detiene perfectamente en las comas y en los puntos. Eso sí, tiene faltas de ortografía, pero demasiado bien escribe para haber ido al colegio “salteado”. Si tienen faltas de ortografía para dar y regalar los alumnos de hoy en día, que llevan toda la vida en el colegio, cómo no va a tenerlas él.

No tiene claro qué le hubiese gustado estudiar, pero descarta lo de haber sido médico porque “se te muere alguien y para qué quieres más”. Sí que ve muy cómoda, en cambio, la profesión de farmacéutico. “Están la mar de bien con sus tarritos”. Su hija dice que le gusta todo, la lectura, la escritura, la música, las plantas…Refiere que le apasionan todos los instrumentos musicales y me comenta que cuando vivía al lado del linense Conservatorio Muñoz Molleda, antes de irse a vivir con ella, por las tardes se sentaba en el Paseíto Chacón para escuchar la música desde fuera. “Le encanta todo lo que esté relacionado con haber estudiado una carrera”, especifica su hija.

Don Bernardo Periñán Guerrero también fue un maestro nacional que dio clases a Juan Gil Plata en el año 1938, en la escuela pública de la calle Sevilla, cerca del Ayuntamiento que presidió como alcalde durante largos años (1938 a 1943 y 1947 a 1956) Foto: Portal de Facebook, “Amo Tesorillo”.

Al cabo de un ratito de haber acabado la conversación, mi tío me vuelve a llamar para decirme que se ha acordado de que también le dio clases en la calle Sevilla don Bernardo Periñán Guerrero, que fue alcalde de Jimena y secretario general de Falange Española de las JONS.

La mili en Barcelona chapurreando catalán

Año 1950. A la izquierda, Pascual Collado Montero, jimenato de la calle Romo y primo del que empezaba como taxista a realizar sus primeros viajes de la Estación a Jimena en el microbús, entonces llamada “La Barrunta”, made in Jimena, creada entre Sebastián Zarza y la carpintería Práxedes and Sarrias. Y a la derecha, Juan Gil Plata momentos antes de operarse de su bocio. Foto: Archivo Familiar.

La crudeza de los recuerdos de la infancia y de la incipiente juventud se tornan felicidad al trasladarse a la época de la mili. Dice que volvería una y mil veces a hacerla, aunque yo creo que no volvería a la mili sino al cuartel de Pedralbes que con tanto cariño recuerda. Como sabe que también tuve la suerte de pasar una etapa de mi vida en la Ciudad Condal, me recuerda que “se llama el Cuartel del Bruch”, presumiendo de que dice conocer más cosas de Barcelona que yo.

Año 1951. Cuartel del Bruch donde estuvo Juan Gil como soldado cumpliendo el servicio militar obligatorio hasta licenciarse en septiembre de ese año. Foto: Archivo municipal.

Explica que no hizo la instrucción porque los dos primeros meses los pasó en el Hospital Militar del Generalísimo de Barcelona, ubicado cerca del Tibidabo, donde lo operaron del problema de bocio que tenía y del que informó nada más llegar al cuartel. Comunicó que no se había operado porque su familia no disponía de recursos económicos. Con un papel que le hicieron en el cuartel se presentó en el hospital del que aún recuerda un letrero en el que ponía: “Atención, silencio y paso firme”. A continuación, relata cómo las monjas le preguntaron, la noche anterior a la operación, si quería confesarse antes y, “como uno se agarra a un hierro ardiendo”, fue a la capilla y se confesó. Recuerda también a la perfección el efecto de sentirse mareado con la anestesia y cómo una monja se reía porque hablaba gangoso como consecuencia del efecto anestésico. Tres horas y media duró la operación. Tres horas y media, que parece que transcurrieron ayer, y dos transfusiones de sangre mientras lo operaban. Incluso establece un símil entre los puntos que le cogieron, cuando todavía estaban frescos, y una ristra de chorizos.

Abril 1950. En el hospital militar de Barcelona tras la operación de bocio que le efectuó el doctor médico que era Comandante, don Pedro Aguiló Aguiló, con los diecinueve puntos de la herida desinfectada con yodo, a lo que el propio Juan Gil llamaba lo más parecido a una ristra de chorizo. Foto: Archivo familiar.

Lo mejor fue que el Tribunal Médico le dio dos meses de convalecencia para irse al pueblo. Por suerte para él, el permiso no empezó a contar hasta que no obtuvo el alta del hospital y no desde que lo operaron.

De regreso al cuartel, se presentó al brigada y lo destinaron a la zapatería, gracias a lo cual solo tenía una guardia al mes.

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Año 1951. Juan Gil, a la derecha, acompañado del soldado catalán del Regimiento, Juan Ballesta, en la zapatería del cuartel arreglando las botas altas del teniente, Manuel Martín Borregón. Foto familiar.

Dado que no había hecho la instrucción ni jurado bandera, le dijo al cabo furriel que no dominaba el fusil, pero como se había apuntado “a la flecha” en la guerra, y “no era demasiado torpe”, Martín Corbacho Álvarez, quien, además de maestro era “el jefe de la Falange de los niños”, le había enseñado a manejar la carabina y ese aprendizaje le sirvió para la mili.

Novena a la Reina de los Ángeles, Martín Corbacho Álvarez y Mariano González de León el que figuraba de pequeño de monaguillo con Juan Gil y su hermano pequeño, vestido ahora de falangista, portando ambos sobre sus hombros el trono de la efigie de la Virgen. En la instantánea, un momento de pausa para descansar, Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

Un día fue a hacer una guardia a la cárcel Modelo porque quería conocerla y le cambió el puesto a otro compañero. Como si estuviera en el sitio, recuerda que, para no quedarse dormidos, cantaban durante toda la noche: “alerta el uno, alerta el dos, alerta el tres…” y así sucesivamente; de manera que si el cuatro o el cinco o cualquier otro número no respondía significaba que se había quedado dormido. Dibuja el recuerdo preciso de una guardia con fusil y bomba en mano en la que explica que era imposible que un preso se escapase. Parece que ahora mismo estuviese viendo “a los presos con barbas, que daban miedo, asomados a las ventanas”.

La cárcel Modelo de Barcelona, que de modelo tenía bien poco, donde estuvo haciendo una guardia el soldado Juan Gil Plata.

Lo de una guardia al mes era privilegio de quienes tenían un destino, que eran los soldados con profesión. Además, por las tardes, le daban carta libre y la aprovechaba para ir a una zapatería particular de Esplugas donde echaba horas que le permitían ganarse unas pesetas y así podía cenar en la cantina del cuartel, fuera del rancho, ya que la cena era la peor comida del régimen militar. Tomaba unas olivas, como llaman en Catalunya a las aceitunas, y un poco de vino y regresaba para dormir. Ese dinerillo extra le permitió, además, hacerse un traje gris. “A ver qué soldado se hizo un traje en la mili”. Y, por supuesto, no tuvo que pedir “ni un real” las cuatro veces de permiso que fue a Jimena. Tres días con sus tres noches duraba el viaje de ida y, cómo no, el de vuelta. Total, que casi un mes de los dieciocho que duró la mili lo empleó en viajes.

Año 1951. El trapicheo de las compras y ventas de las guardias, sobre todo los fines de semana, de los que vivían bien lejos con los aborígenes catalanes, favoreció la economía corriente de Juan Gil. Aquí lo vemos, en el centro de la imagen, dispuesto a echar las horas que fuera por unos pocos “duros”. Archivo familiar.

También sacaba unos cuantos duros de las guardias que le hacía a los catalanes que se iban los domingos a su casa y las vendían a los andaluces que no tenían dónde ir. Las vendían, pero era una venta en la que el “vendedor” pagada al “comprador”. Dice que le daban diez duros, pero a mí me parece mucho dinero y rectifica creyendo recordar, sin seguridad, que serían cinco.

En sus momentos libres recuerda que iba a la Plaza de Catalunya, a las Ramblas y al Tibidabo, donde se subía en el avión, la tercera atracción más antigua del Parque. También iban al Camp de la Bota a hacer prácticas de tiro y después de finalizarlas, el cocinero hacía una paella y comían allí. Se acuerda hasta del número del autobús que cogía en la Plaza de España para ir a Las Ramblas. “Cogía el 57 y otras veces iba andando y pasaba por el Paralelo, donde están El Molino y el teatro Apolo”.

Llegó al cuartel un 26 de marzo de 1950 y se licenció en septiembre de 1951. El 10 de abril de este último año murió su madre. El sufrimiento por la ausencia de su hijo pudo con ella. 

La llamada de la Guardia Civil

Aprobó las pruebas de acceso al cuerpo de la Guardia Civil, pero tardaron dos años en llamarlo y ya tenía su vida planeada en La Línea, con lo cual optó por renunciar.

 “El maestro” Román Llamas Ferrero, zamorano, de republicana militancia (estuvo encarcelado nueve años en las prisiones del Monte Hacho de Ceuta y en la del Puerto de Santa María en Cádiz) llegó a Jimena confinado y se enamoró, se casó y se quedó a vivir. Hombre muy culto e inteligente, fue el que preparó durante tres meses a Juan Gil para superar las pruebas de ingreso en el cuerpo de la Guardia Civil, tal y como deseaba el jimenato. Foto: Eugenio Llamas Parra.

Lo del gusanillo de la milicia es algo que lleva tan dentro que todavía dice que es capaz de coger una escoba y hacer la instrucción con todos los movimientos, como en los desfiles, como en aquel desfile de la Victoria que hizo un 1 de abril, día de las Fuerzas Armadas, cuando estaba haciendo la mili en Barcelona.

Año 1950. Con el gorro de borla, recién incorporado al servicio militar. Juan Gil, que quería ser algo útil en la vida, un buscavidas desde su infancia para sobrevivir y salir del hambre. Lo probó con la iglesia como monaguillo, luego como trabajador del campo, proyecto de guardia civil y zapatero. Finalmente encontró su destino como conserje de Instituto que calmó sus aspiraciones. Los uniformes y los desfiles militares le encantaban. Sin portar en su mochila carga ideológica, la IIª República y la guerra le pillaron de niño, siempre tuvo claro, porque en sus genes estaba la honestidad, no olvidarse de los suyos, pertenecientes a los desfavorecidos de la sociedadasí que siempre fue consciente de cuánto le rodeaba y de cuánto había que abrazar o sortear en cada momento. La revisión médica para ir a la mili se la hizo en 1949 el médico del pueblo el doctor Trillo que un año antes había tomado posesión de la plaza y llegó procedente de la provincia de Lugo, de la localidad de Cospeito dónde ejerció igualmente la Medicina. Y el responsable de quintas del ayuntamiento era Cayetano Lobillo Martínez. Foto: Archivo familiar.

Comenta que Javier Perales y él le escribieron una carta a Pepito Riquelme, que por entonces estaba destinado en la Dirección General de la Guardia Civil en Madrid, para que les dijese en qué posición estaban situados y hacerse una idea de cuándo podrían llamarlos después de haber aprobado los exámenes. En la carta de respuesta se enteró de que tenía el número 650, así que, con toda seguridad, como así fue, iban a tardar en notificarle, previa publicación en el BOE, que ya podía ingresar en la Academia de la Guardia Civil de Úbeda.

Año 1951. José Riquelme Sánchez, el amigo menor de Juan Gil desde la infancia que, tras abandonar el Seminario, ingresó en la Dirección General de la Guardia Civil e informó a su amigo de la cola que había tras superar las pruebas de acceso para entrar en el Cuerpo. Ambos, de forma sorpresiva, se encontraron en La Rambla de Barcelona en 1950 coincidiendo con la mili y con el curso de Riquelme para su ingreso en la Guardia Civil. Continuaron ambos la amistad en La Línea hasta la muerte del poeta. Cada año le llevaba el programa de ferias que dirigía. Foto: Portal de Facebook, de La Línea de la Concepción.

Se había comprometido con su amigo Vázquez para poner una zapatería en La Línea y su palabra no la canjeó por la ilusión de su vida. En su negativa influyó también, seguramente, el respeto al Cuerpo y el vértigo a la profesión.

El amor de su vida

Callejón Calzada en el barrio arriba de Jimena de la Frontera que conecta calle Sevilla con calle Santa Ana. Foto: Facebook Portal Jimena Información.

El amor floreció en la misma calle en la que vivía. Él vivía en una punta de la calle Calzada y su flor, Ana Sevilla García, en la otra. Y cada día se asomaban y se miraban, hasta que empezó a fumarse el cigarrillo en su puerta. Una noche la esperó y se hicieron novios. “Ya lo pensaré”, le dijo ella. Y a los quince días le dijo que su madre la había autorizado para que su pretendiente entrase en su casa. Él tenía dieciocho años y ella dieciséis. Estuvieron siete años de novios y sesenta y cinco casados. Setenta y dos años juntos en total. La vida entera. Esa que se le va en llantos cada vez que la recuerda.

Año 1953. Los novios, Ana Sevilla García y Juan Gil Plata, siete años de pretendientes y sesenta y y cinco casados. Aquí Ana luce el collar de perlas de tres vueltas que le trajo su pareja como regalo de su paso por la mili en Barcelona. Foto: Archivo familiar.

Como era artesano zapatero, tuvo la suerte de poder verla cada día; “no como quienes trabajaban en el campo, que veían a sus novias cada quince días”.

Llevaban tres años de novios cuando se fue a la mili y me cuenta que mi madre, su hermana María, avisaba a su cuñada Anita cuando él venía de permiso de Barcelona. Rememora que su novia soltaba lo que tuviese en las manos y salía corriendo a su encuentro.

Se casaron en 1954 y tuvieron dos hijos, Esteban, nacido en 1955 y fallecido en diciembre de 2004, y Juani, nacida en 1958. Ambos nacieron en Jimena, en la casa de la abuela materna, aunque por entonces ya residían en La Línea.

Vivir sin ella no le está resultando sencillo. Han sido muchos años a su lado y su ausencia no es fácil de digerir.

Año 1947. Feria de mayo en Jimena. Velada en El Paseo de Jimena al aire libre en la feria de mayo. En esa fecha aún la mujer no entraba al interior de los bares. De izquierda a derecha: Fernando Riquelme “Botija”, su novia María, prima de Ana Sevilla, Ana Sevilla García y Juan Gil Plata. Archivo familiar.
Feria de mayo de 1953. En el parque de entrada al pueblo en lo que fue antigua plaza de toros. De pie, de izquierda a derecha: Pepe Moriche, María Quirós (la “Botija”), Pepa Álvarez y Manolo Muñoz. Sentados, de izquierda a derecha: Una prima de Ana Sevilla, Mariquita Fernández (La“Zapatera”), su novio, le sigue Juan Gil Plata, Ana Sevilla García y Paca López. Foto: Archivo familiar.

Idiosincrasia linense

El sargento de la mili le propuso quedarse a vivir en Barcelona; “de hecho se quedaron muchos y ya en 1950 habíacuatro o cinco familias afincadas en Barcelona”, pero él tenía novia y estaba deseando regresar a Jimena. “En la Plaza de Cataluña se juntaban todos los jimenatos”.

A la vuelta del servicio militar estuvo trabajando un tiempo en la zapatería de Sebastián Jiménez, pero su amigo Juan Vázquez le ayudó a montar una zapatería en La Línea de la Concepción en la que poder trabajar por cuenta propia. “Todos buscábamos prosperar. Unos se fueron a Barcelona, otros a Alemania y yo me fui a La Línea”.

Después de la zapatería llegó el colegio, donde ejerció de conserje hasta jubilarse con setenta años. Y entonces “¡viva la vida!”. De vivir en una habitación con cocina, pasó a hacerlo en una casa con tres dormitorios y un cuarto de baño, a tener una paga mensual, una extraordinaria y las mismas vacaciones que los maestros. En La Línea se hicieron unos cuantos colegios nuevos y cada director decidió qué persona iba a ocupar el puesto de conserje. Entonces no hacían falta oposiciones. Su mujer se enteró y fue a hablar con el padre Trigo para que le echara una mano con el puesto de trabajo del nuevo colegio del barrio de La Atunara, ya que estaban viviendo en una habitación con cocina y necesitaban algo mejor. El cura de la barriada fue a hablar con el director, Mario Ramos Reina, que era amigo suyo, y este no puso impedimento alguno “siempre que cumpliese con su trabajo”. No sabía bien en qué manos iba a dejar el puesto. Cumplidor no, más todavía. Miraría por el colegio como si fuese suyo.

Instituto de Enseñanza Secundaria Antonio Machado donde entraría de conserje hasta su jubilación a los setenta años.

Cuenta su hija que nunca les dejó coger ni un solo lápiz de los muchos que abundaban en el colegio y que se los tenían que comprar en la librería de enfrente. Cien por cien formal y legal.

No obstante, de entrada, solo le ofrecieron la vivienda, en la que no tendrían que pagar luz ni agua, sin sueldo; así que tendría que seguir trabajando en la zapatería unos cuantos años más. En esa etapa de su vida es en la que lo recuerdo subido a su bicicleta azul para desplazarse hasta su puesto de trabajo. Como le daba miedo conducir, se compró una bicicleta que le costó mil quinientas pesetas y que pagó “a poco a poco” desembolsando, para ello, diez duros semanales. Dice que en La Línea lo conocían como el de la bicicleta, pero la verdad es que este vehículo forma parte de la idiosincrasia del pueblo linense.

Al principio había tres clases de niños y tres de niñas, con tres maestros y tres maestras, respectivamente. El colegio Nuestra Señora del Carmen, como se llamaba originariamente, se ampliaría luego a dieciséis unidades que se trasladaron al actual edificio del IES Antonio Machado. Había entonces seis en el edificio antiguo, dieciséis en el nuevo, más cuatro de Párvulos en el patio.

Estaba tan a gusto como conserje que se jubiló con setenta años. Disfrutaba con su trabajo y, además, su puesto lo mantenía en forma porque hacía muchos kilómetros al cabo de la jornada, subiendo y bajando las escaleras de acceso a la segunda planta donde tenía que ir cada vez que requerían su presencia o tenía que repartir papeles informativos en las aulas, etc. Dice que la última directora que conoció, la granadina Carmen López García, lo quería y trataba como si fuese su padre. Ella fue quien lo orientó en todo momento tras el accidente que sufrió cuando el tren Talgo Barcelona-Málaga, en el que viajaba con su hermana María y su cuñado Diego de regreso a la comarca, descarriló en Azuqueca de Henares (Guadalajara) la madrugada del uno de abril de mil novecientos noventa y siete. Los tres habían ido a Barcelona aprovechando las vacaciones de Semana Santa y que yo estaba viviendo allí. Mi padre le había insistido para que fuese con ellos para poder ver a sus hermanos Antonio y José, ambos residentes en la Ciudad Condal, a los que hacía muchos años que no veía. Aunque la obstinación en el viaje resultó contrariada, los tres pudieron contarlo, afortunadamente, pese a haber sufrido algún que otro golpe.

Antes de jubilarse se compró un piso en la Avenida del Ejército, pero esperó siete u ocho meses para irse. Le daba pena dejar su casa de conserje en la que había vivido muchos años y muchos momentos inolvidables.

Mayo del año 1998. El amplio eco informativo en los medios linenses que tuvo el emotivo homenaje que le rindió la comunidad educativa del colegio público Antonio Machado en su jubilación con setenta años. A la izquierda, su hijo Esteban, después de él su mujer, Ana Sevilla, y a la derecha de la imagen, la directora del centro, Carmen López García, Fuente: Archivo familiar.

Cuando se jubiló la comunidad educativa del C.P. Antonio Machado le organizó un homenaje sorpresa y fueron todos a comer al restaurante La Marina, donde también lo acompañaron su mujer y sus hijos. Lo recuerda con mucho cariño, con el mismo de cuando explica que los alumnos crearon una asociación de antiguos alumnos del colegio Antonio Machado y cada vez que hacían una fiesta lo invitaban a él y a su mujer. Esos alumnos, que “ya tienen hasta nietos algunos”, se dirigen a él como “señor Juan” cuando lo ven por la calle.

¿Hacían muchas travesuras, tito? “Bueno, qué te voy a decir que no sepas. Los aviones de papel volaban y aterrizaban en el vestíbulo y yo tenía que recogerlos cada dos por tres. También he escuchado a un alumno cagarse en los muertos del jefe de estudios porque lo había expulsado quince días a su casa, pero los peores eran los padres. Recuerdo que un maestro castigó a un alumno y este vino con su padre, quien, sin pedir explicaciones, abofeteó al maestro en mi presencia. Conmigo nunca se metieron”.

La administración de loterías de calle Carboneros número 13 de la Línea de la Concepción donde desde hace treinta años sigue yendo todas las semanas Juan Gil para comprarle ahora a José María Peralta que aquí figura, antes al padre, un décimo del numero 20.245 para el sorteo de los jueves. Foto: Diario Sur.

Siempre se ha manejado por La Línea de la Concepción como un linense más, como el primero. La calle Carboneros y la administración de loterías “El Piojo de la Suerte” son testigos habituales de otra de sus debilidades: las Loterías y Apuestas del Estado. La suerte le ha sonreído en varias ocasiones porque también apostando es tremendamente disciplinado. Cuando llegó a La Línea se abonó al número 075. Con él estuvo jugando muchos años y “algún pellizco” se llevó. Luego hizo lo propio con el año de su nacimiento, 1928, hasta que hace unos años consiguió un premio de 35.000 euros a las cinco cifras en el Cupón Diario de la ONCE. Él sabía que su año le daría suerte alguna vez. Y así fue.

Adaptado a los tiempos de Youtube

Cuando lo llamé apenas entendía qué me decía. Estaba alicaído y disgustado por unos mareos recurrentes que atribuye a un problema de cervicales. Poco a poco se fue animando y espabilando hasta el punto de encontrarlo feliz navegando, como pez en el agua, entre sus queridos recuerdos, unos más tristes y otros más alegres. Pero todos responsables de su hoy.

La música de fondo del móvil del nonagenario Juan Gil Plata, la banda sonora de la célebre película musical que protagonizó Gene Kellyque además es un experto en Youtube.

Cuando marcas su número de teléfono móvil, aparece un tono muy moderno que actúa como antesala del precioso y atemporal “Singin’ in the rain” (https://www.youtube.com/watch?v=D1ZYhVpdXbQ), canción de 1930 -cuando él tenía dos añitos-que se hizo famosa en la película musical del mismo título de 1952 -cuando tenía veinticuatro. Ha sido capaz de desconectar el altavoz que tiene activado en su móvil para escuchar mejor a quien lo llama. Le aseguro que él escuchará mejor, pero que yo no hago lo propio y, con deferencia inmediata, me dice que cuelgue para quitarlo. Cuando lo vuelvo a llamar, ya no hay rastro del altavoz. Respiro, aliviada, porque intuyo que la conversación irá para largo y necesitaba escucharlo en óptimas condiciones. Me explica que no me ha podido llamar él porque no tiene mi número de teléfono grabado en el suyo.

Me habla de Youtube como cualquiera de mis alumnos y me cuenta que lo tiene en el móvil y que ha visto en este sitio web la historia de la Barceloneta y de Las Golondrinas del Puerto de Barcelona y que también ve en Youtube los ingresos de nuevos miembros de la Guardia Civil en la Academia de Úbeda. Su nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue no tiene fin. Y tampoco la melancolía de la milicia. El piso que se compró, y al que se trasladó cuando se jubiló de conserje, no podía estar ubicado en otro lugar que en la Avenida del Ejército de La Línea de la Concepción.

Noventa y tres años adaptados a su nuevo tiempo, el de abuelo y bisabuelo, el de padre de una hija y de un hijo que murió hace dieciséis años, el de hermano que se desahoga de su pena con su
con sus hermanas, Isabel y María, el de viudo que recuerda a diario al amor de su vida, de toda una vida. Jimenato de nacimiento, infancia y juventud, con un mucho de linense y un poco de barcelonés errante.

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FRANCISCA, POETA EN LA INTIMIDAD QUE QUISO SER PERIODISTA (26.04.2021) https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/04/26/francisca-poeta-en-la-intimidad-que-quiso-ser-periodista/

José Riquelme, poeta jimenato y campogibraltareño (31.03.2021): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/03/30/jose-riquelme-poeta-jimenato-y-campogibraltareno-31-03-2021/

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