CUATRO NIÑAS, UNA GUERRA Y UNA POSGUERRA (02.05.2022)

Posted on mayo 2, 2022

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INTRODUCCIÓN

Ignacio Trillo

Aparco brevemente, con la promesa de una pausa tan solo de una semana, el relato biográfico que, como primera parte, hace quince días empecé a publicar sobre la vida de la maestra nacional veleña María Manuela Gómez de la Cruz que ejerció la docencia en Jimena de la Frontera, enmarcada en un tiempo convulso del siglo XX, a la espera de recibir documentación solicitada a archivos históricos y a estudiosos de la geografía local de su periplo profesional.

Para suplir la previsión, saco a la luz esta profunda y terrible semblanza que no quería que se perdiera, pero que tenia congelada por no disponer del tiempo suficiente que requería su elaboración, ante el cúmulo de materias atrasadas que se me agolpan, y, -por qué también no decirlo-, por no encontrar el momento psicológico adecuado para sumergirme en redactar la crudeza de sus contenidos.

De este relato tuve conocimiento hace ya más de un quinquenio, -¡cómo corre el reloj!-. Ocurrió la noche del siete de marzo del 2017 cuando contacté por Messenger con la jimenata, Juana Notario Castro, que tenía agregada en mi portal de Facebook y de la que no sabía nada desde que siendo ella una niña de seis años marché de Jimena para hacer el bachiller superior en Madrid. La falta de Instituto en la localidad obligó a tener que abandonar mi tierra natal. Ese casual contacto con Juana estuvo relacionado con averiguar, a través de una simpática foto que le hice llegar donde aparece con sus hermanas, si vivió en la misma calle que se reflejaba en la imagen.

Cinco de las seis hijas del matrimonio entre el jimenato Lorenzo Notario Bermejo y Josefa Castro Rodríguez, la protagonista de esta terrible historia, nacida en Peñarroya en 1932 que teniendo cuatro años a consecuencia de la guerra quedó desamparada por las calles cordobesas viviendo de la basura hasta que fue adoptada por una mujer jimenata y no empezó ahí la felicidad que nunca hallaría. Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

Con la velocidad que permitía que lo tecleado fuera apareciendo en pantalla, a veces de forma atropellada en que las preguntas y respuestas se pisaban, fuimos poniendo al día el transcurrir de medio siglo de nuestras vidas en que no habíamos vuelto a coincidir. Juana nació en Jimena enero de 1960 y era por tanto próxima a la generación de mi hermano, Francisco Javier. Vive en Calpe (Alicante) porque se casó con José, jimenato que previamente había emigrado a esa tierra alicantina. Me contó que su padre, por el que le pregunté y tenía en gran estima, murió en Algeciras el año 2012, al igual que mi madre en fecha y ciudad.

Lorenzo Notario Bermejo, ya jubilado viviendo en Algeciras. Foto: Juana Nazario Castro.

En su caso, ya jubilado, con su esposa Josefa se fue allí a vivir. Faltando ya su mujer, tres años antes de morir se cayó por unas escaleras. Tuvo traumatismo craneal, se partió los dos brazos y perdió la memoria. Y ello le llevó en su deterioro a un irremediable final.

Antes de finalizar nuestra larga conversación con intercambio de muchas fotos y comentarios de personajes y hechos sucedidos en la localidad a lo largo de los lustros discurridos, me preguntó si conocía la vida de su madre Josefa, «Pepa La Bermeja», a lo que le respondí que nada especial. A continuación, al responderme: «merece un libro,… lo de mi madre fue horrible,… el franquismo se la llevó,… ¡¡Acabó con ella!!», hizo que me interesara de inmediato por su devenir. Y conforme me lo fue desmenuzando, pensé que no podía quedar en el olvido, que sería tanto como ser cómplice de la pretensión del Dictador de borrar sus fechorías por la no transmisión oral de estos hechos entre generaciones por miedo a su represión.

Y ha pasado ese tiempo, donde por el mismo medio internauta nos hemos vuelto a saludar, siempre manifestándole que no me había olvidado de lo de su madre, pero que esperaba algún día disponer de ese hueco que nunca llegaba. Y he aquí que se cruza en el camino el bueno de Manolo Mata, hombre inquieto, ya jubilado y que le apasiona la escritura y ama como nadie la historia del pueblo jimenato que lo adoptó desde su llegada como trabajador de Correos, quien generosamente y con su fluida y meritoria escritura de autodidacta que con tan buen estilo derrocha, nos trae aquí, sin ficción alguna, ese deseo de mi parte ya hecho realidad. Fue hablar con él, exponerle los antecedentes que conocía del caso, proponérselo y, hablando con la familia de la víctima que no ha puesto pega alguna para que se hiciera público, al fin ve la luz, que es de lo que se trataba, destapando las claves del luctuoso hecho estremecedor que aconteció con la vecina «Pepa La Bermeja» que le llevó a su fin, que conmocionó a la localidad por la manera que se produjo, pero sin alcanzar la causa que la originó y que ahora aquí se desvela.

Por deseo expreso de la familia aparece íntegramente el relato, no troceado por capítulos, aunque para algunos lectores les pueda parecer excesivamente extenso. No obstante, merece la pena su lectura, y, si es de un tirón para no perder el hilo, mejor.

CUATRO NIÑAS, UNA GUERRA Y UNA POSGUERRA

Manuel Mata Pacheco

«En recuerdo de aquellas niñas y niños de los que, como Alejandra, nunca más se supo».

Esta es la historia de cuatro hermanas a quienes la guerra y la posguerra marcaron de forma cruenta y para siempre en el periodo más sensible de nuestra existencia: la infancia.

CAPÍTULO I.-

El día 25 de febrero de 1929, en Peñarroya (Córdoba) contraen matrimonio Marcelino Manuel Castro Fernández, contando con 22 años y María Dolores Rodríguez Prieto con 19, embarazada de cinco meses y dos semanas.

La plazoleta de las minas de Horcajo (Ciudad Real)

María  Dolores había nacido en 1910 dedicándose hasta el momento de la boda a trabajar de lavandera; Marcelino, nacido  en 1907, era minero del carbón. De niños, ambos residían, con sus respectivas familias, en El Horcajo, una pedanía del municipio de Almodóvar del Campo correspondiente a la provincia de Ciudad Real.

Antigua estación de tren de Puertollano. Foto: Andrés Usero Moreno.

En 1911, la Sociedad Minero-Metalúrgica Peñarroya paralizó la explotación de El Horcajo, para, seguidamente, construir una vía ferroviaria de vía estrecha que recorría los doscientos noventa y cuatro kilómetros entre Fuente del Arco (Badajoz) y Puertollano (Ciudad Real), con paradas entre otros pueblos en El Horcajo y Peñarroya. El cierre de la mina y un futuro incierto hicieron que las dos familias, cada una por su lado, se mudaran a Peñarroya, siendo allí donde años más tarde los jóvenes iniciarían su noviazgo.

El tren llegó al Horcajo, aquí su estación, a raíz de que Peñarroya se interesara por sus minas y participara en la "Nueva Sociedad de las Minas del Horcajo" allá por 1902. Foto: Andrés Usero Moreno.

CAPÍTULO II.-

El 10 de diciembre de 1898, tras firmar el Tratado de París (1898), España perdió la soberanía sobre Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. Autor: "Saber es práctico«.

Hagamos un alto en esta historia para recordar cómo era aquella España a principios del siglo XX. En 1898, con la derrota frente a Estados Unidos, se pierden las últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Esta adversidad, previsible por otra parte, provoca una crisis de identidad y un caos  político, económico y social que lleva a continuas convulsiones con cambios de gobierno.

17 de mayo 1902. El rey Alfonso XIII, con la mano puesta sobre el libro de los Evangelios, pronunciando la fórmula del juramento al cumplir la mayoría de edad que ponía fin a la regencia de su madre María Cristina. Foto: Diario El Mundo 18.06.2014.

En 1.902, al cumplir dieciséis años, es entronizado como rey Alfonso XIII «El Africano» poniendo fin a la regencia de su madre María Cristina. El nuevo monarca, con el apoyo del estamento militar, se lanza a un nuevo intento expansionista con la toma de Marruecos que resulta ser una catástrofe sin paliativos. No reporta ningún beneficio concreto pero sí un goteo de jóvenes soldados muertos, la mayoría hijos de la miseria, obligados a ir a la guerra por un injusto sistema de reclutamiento basado en la figura del “soldado de cuota” por el que, a cambio de unas miles de pesetas, se podía quedar exento de prestar el servicio militar. Lógicamente, sólo podían pagarlo las familias ricas y acomodadas.

El presidente del Gobierno, Miguel Primo de Rivera con el rey Alfonso XIII.

Tras el Desastre de Annual en la colonia del norte de África en 1921, dos años después, el general Primo de Rivera, con la aprobación del rey, asume el poder a través de un golpe de Estado que tapa la corrupción de los militares africanistas españoles, la asunción de responsabilidades por la cuantiosa pérdidas de vidas humanas y deja en suspenso la Constitución canovista que databa de 1876 gobernando manu militari hasta 1930. Un nuevo fracaso que arrastra de forma determinante a la institución monárquica. Así, tras las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931 con la victoria de los partidos republicanos, el liberal Niceto Alcalá Zamora es nombrado presidente de la II República.

14 de abril de 1931. La Puerta del Sol de Madrid a primera hora de la mañana comenzaba a abarrotarse para proclamar la Segunda República. Fuente Google.

En la tarde noche de ese mismo día, Alfonso XIII abandona España por Cartagena rumbo inicialmente a Marsella para no volver nunca más. «He perdido el cariño de los españoles» se justificó el incrédulo como aislado monarca.

Aquella misma tarde del 14 de abril el Rey Alfonso XIII en coche viajando desde Madrid al puerto de Cartagena salía de España con destino al exilio. Fuente: Google.

Paralelamente a este periodo de crisis política que se arrastraba desde ese final del siglo XIX se produce otro de hondo calado social que lleva al éxodo a miles de jornaleros, asalariados y gente que vive en la más absoluta pobreza. Destinos preferentes, en los internacionales: Argentina, Francia, Tánger, Larache, Orán (Argelia)… En los nacionales, las grandes urbes como Barcelona, Madrid o Bilbao, buscando un presente mejor para ellos y un futuro esperanzador para su descendencia. No era para menos: Pueblos y aldeas sin electricidad, tasas de analfabetismo del 95%, enfermedades infecciosas que elevaban la mortandad infantil al 50%, hambrunas en los años de mala cosecha, jornadas laborales de doce horas, niños de siete u ocho años trabajando de porqueros, vendimiando, o en estrechos túneles de minas para aprovechar su cuerpo menudo. Y chicas de salud vigorosa que para huir de la miseria y del hambre se dejaban preñar para ser contratadas como amas de leche en casas de ricos y potentados de la capital. Ese era el panorama nacional.

CAPITULO III.-

El año en que estalla desde la Bolsa neoyorkina el crack financiero mundial, siendo el 13 de junio de 1.929, llega a este mundo Antonia, la primogénita del antedicho matrimonio constituido por Manuel Castro Fernández y María Dolores Rodríguez Prieto. El 2 de febrero de 1931 nace la segunda descendiente, Manuela, de la que nunca se tuvo constancia a través de partida de nacimiento porque es posible que naciera en Francia, ya que de pequeña la llamaban cariñosamente “franchuta”. Según recordaba la mayor, Antonia, contando ella con dos años, la familia viajó en tren a una lejana ciudad donde había muchas personas de raza negra que le regalaban caramelos. Y será verdad, pues la compañía que explotaba las minas de Peñarroya era francesa y quizás en alguna ocasión Marcelino, acompañado de su esposa e hija, tuviera que viajar hasta el país vecino por motivos laborales. Y que Manuela naciera allí.  El 5 de julio de 1932 nace la tercera, Josefa, la principal protagonista de este trabajo de investigación. La familia vivía entonces en la calle Extramuros s/n de Peñarroya y es allí, en la propia casa, donde el 24 de octubre de 1.935 nace Alejandra, la cuarta y última hija de la saga.

Dice Antonia, la primogénita: «Mis recuerdos me llevan a caminar junto a mi madre desde la casa hasta la mina para llevar en un cesto la comida para mi padre a quien casi no reconocía con su cara tiznada de carbón; ir a lavar ropa con mi madre, jugar con mis hermanas, hacer rabiar a Manuela llamándola «franchuta», jugar en la calle, cuidar de las pequeñas y llevar en brazos a  Alejandrita a todas partes. Y un viaje -ya referido- en tren muy lejos donde unos hombres me lanzaban caramelos que yo recogía en la falda».

Fernando Carrión Caballero nace en 1884, carpintero, de Izquierda Republicana, alcalde Peñarroya y Eduardo Blanco Fernández, nace en 1897, minero, diputado del PSOE, al acabar la guerra es detenido por los franquistas y sería condenado a la pena de muerte, conmutada por años de cárcel murió en Madrid habiendo cumplido cien años.

Tras el alzamiento militar del 18 de julio, Peñarroya fue uno de los pueblos de la provincia que no se unió al golpe manteniéndose leal al Gobierno republicano. La autoridad moral del alcalde Fernando Carrión Caballero de Izquierda Republicana y las explicaciones del diputado socialista Eduardo Blanco Fernández hicieron posible que el puesto local de la Guardia Civil se mantuviera en la legalidad constitucional. Ante la caída de la ciudad de Córdoba en manos facciosas, Peñarroya se convirtió en la capital de la zona republicana cordobesa, y el alcalde Carrión en gobernador civil provisional. No está de más recordar la figura de este alcalde que respetó la vida de personas de derechas a las que recluyó en el edificio municipal con orden expresa de evitar cualquier tipo de violencia con ellos. No obstante, y sin su conocimiento ni autorización, en venganza porque en la capital cordobesa habían sido ejecutados por los golpistas varios miembros de las Juventudes Socialistas Unificadas, diecisiete de los antirrepublicanos encerrados fueron llevados a un paredón y fusilados por un destacamento de milicianos procedentes de Jaén, lo que sin duda acrecentó las represalias posteriores del bando franquista tras la ocupación de la localidad con decenas de ejecuciones sin juicio previo.

En este sentido, en octubre de 1936 se precipita la ofensiva de las tropas sobre el Valle del Guadiato con la formación de dos frentes para asaltar Peñarroya: Al noroeste tropas llegadas desde Badajoz y al sureste una columna procedente de Córdoba. Finalmente, y con la ayuda de un pelotón enviado desde Posadas, el 13 de ese mes, cae el pueblo y con él, como fichas de dominó, todas las aldeas y poblaciones de alrededor.

La noche anterior se organiza la evacuación de los vecinos en camiones, ferrocarril, carros y otros muchos a pie. Todo inmerso en una mezcla de terror y precipitación, de caos y agobio, que hizo que cada cual tirara para donde el instinto le aconsejaba sin ningún control para mantener unidos a miembros de una misma familia.

Ni el matrimonio, Marcelino y María Dolores, tiene tiempo de huir pues inmediatamente los dos fueron detenidos. Mientras, sus cuatro hijas pequeñas, entre seis y un año, solas e indefensas, buscaban en el desconcierto agobiante de una realidad nunca imaginada quien las protegiese. Miedo y desamparo, ráfagas de metralleta y olor a pólvora, lo inundaban todo.

En un principio, el padre queda preso mientras María Dolores es puesta en libertad. Antonia, la mayor de seis años entonces, recordaba ir con su madre al ayuntamiento, donde estaba situada la cárcel, para ver a su padre a través de unos barrotes y llevarle algo de comida. Días después, y según parece en presencia de su hija Josefa, la tercera descendiente que contaba con cuatro años, su padre Marcelino y su tío, hermano del progenitor, son fusilados y arrojados a una cuneta en la carretera de Fuenteovejuna. María Dolores, la madre, vuelve a ser detenida pero días después consigue escapar y huye del pueblo sin que sepamos adónde, llevando consigo a la descendiente más pequeña, Alejandra, que tenía algo más de un añito, pero no al resto de sus hijas. Suponemos que la fuga fue tan precipitada y tan peligrosa que no tuvo tiempo de buscarlas. Y desde entonces la familia quedó rota y desaparecida para ambas partes.

Más de tres décadas después, las tres hermanas, cada una por su cuenta, habían seguido intentando localizar a la madre y a la hermana menor pero todas las tentativas resultaron baldías. La única pista fiable se remonta a 1.969 cuando alguien, que pudiera ser la propia Alejandra, solicita su partida de nacimiento en el Registro Civil de Peñarroya para la renovación del DNI. Esta información les llega tarde a sus otras hermanas y sin más pruebas e indicios no logran dar con ella. En esos años, tanto Josefa como Antonia, recurren a programas de radio, prensa escrita y programas de televisión en un intento, una vez más, de encontrar a su madre y a sus hermanas. También, una vez que las tres hermanas han vuelto a reunirse a principios de los años 70, contratan a un investigador privado de Córdoba informándoles que, según sus indagaciones, en 1.962, en un circo ambulante localizado en Ayamonte, provincia de Huelva, viaja una mujer con el mismo nombre y apellidos que su madre acompañada por su hija alrededor de unos treinta años de edad, desconociendo si formaba parte del elenco artístico o se dedicaba a tareas domésticas o de organización. Podía ser o no, pero ese dato les llega diez años tarde sin que hubiese forma ya de localizar ni al circo ni a sus propietarios.

CAPÍTULO IV.-

Volviendo al año 1.936, Antonia, Manuela y Josefa, las tres hermanas pequeñas, quedaron desamparadas en Peñarroya, forzando los límites de la supervivencia humana, solas, vagando  por las calles, durmiendo en su vivienda familiar semiderruida y comiendo lo que encontraban en la basura o el trozo de pan que algún soldado condescendiente les ofrecía. Con vida pero sin alma. Cierto día, cerca de donde se encontraban, un avión dejó caer una bomba estallando muy cerca de Antonia, la mayor de seis años. Afortunadamente, instantes antes, un soldado la tumbó al suelo, colocándose encima de ella para protegerla de la metralla, acción que sin duda le salvó la vida pero que le dejó los tímpanos afectados con pérdida de audición. Aquellos silbidos cargados de muerte, el seco sonido de los disparos y las angustiosas explosiones de artefactos, le acompañaron el resto de su vida.

Cuando el destacamento de soldados rebeldes recibe la orden de volver a Córdoba, y ante las nefastas expectativas sobre el futuro de aquellos niños y niñas que deambulaban por las calles de Peñarroya abandonados a su suerte, decidieron cargar con ellos y llevarlos a la capital. Entre ellos figuraban las tres hermanas. Permanecen varios días vagando sin rumbo también por las calles de la capital cordobesa, sin que tengamos constancia de dónde dormían o qué comían, aunque Antonia, ya con siete años, sorda, ayudaba en las faenas de alguna casa a cambio de comida y un lugar donde dormir. También sabemos que Antonia estuvo durante un tiempo cobijada en el soberado de un local usado como burdel pues una mujer de las que allí trabajaba había sido amiga de su madre; la reconoció y la acogió en el único lugar posible, sin permitirle nunca que bajara a la planta donde se atendía a los clientes.

A principios de 1.937 Antonia ingresa en la Casa de Socorro y Hospicio de Córdoba (colegio provincial de la Merced), situado en la calle Torrijos y que hoy es el Palacio de Congresos. Allí vuelve a coincidir con su hermana Manuela, pero no con Josefa que según nuestra información, quedó en la más absoluta soledad, con apenas cuatro años, malviviendo en las calles cercanas al cuartel militar de San Rafael, una unidad de artillería que en los años noventa fue trasladada a Cerro Muriano. Josefa sobrevive de la caridad de algún vecino o la generosidad de los soldados que compartían con ella, y otros niños, su rancho o un mendrugo de pan.

Muchas veces acudieron tanto Antonia como Manuela a los responsables del internado para manifestarles que faltaba su hermana y que la buscasen. Poco o nada se hizo.

El orfanato, llamado, popularmente la Casa-cuna, estaba regida por religiosas y acogía monjas jubiladas, ancianas, huérfanos y niños abandonados. En la puerta de entrada había un torno similar a los de los conventos y allí depositaban anónimamente recién nacidos fruto de relaciones extramatrimoniales, embarazos no deseados y bebés cuyas madres no podían mantener. A título orientativo diremos que la plantilla de amas de leche era de unas treinta mujeres. Existía una sección especial, con mejores condiciones en la que, mediante el pago de una cuota mensual, los padres podían mantener a sus hijos a resguardo de los peligros de la guerra. En total más de 500 internos.

Según le contó alguna compañera de más edad a Antonia, en dos ocasiones se presentó en la dirección del hospicio un matrimonio, militar él, bien vestida ella, preguntando por las tres hermanas, pero la superiora no atendió su petición de verlas y hablar con ellas.

En la rutina diaria el trato era desigual según la procedencia de las internas. En el caso de niñas huérfanas o hijas de rojos les tocaba la peor comida, ropa usada, no les enseñaban a coser o bordar, apenas aprendieron a leer y escribir, y los castigos por incumplir la más mínima norma eran diarios y contundentes como dejarlas sin cena. Si tenemos que resumir la vida en aquella institución en tres palabras: disciplina, frío, hambre.

Cuando Antonia cumplió 19 años escapó del hospicio, dándole la vuelta a su blusón para no ser reconocida como interna, y comenzó a trabajar como criada en algunas casas. Sin una profesión definida era el trabajo más digno para muchas huérfanas de guerra y una forma de tener algo parecido a una familia. Un recuerdo especial, por el buen trato recibido, fue el tiempo que convivió con el matrimonio formado por Juan Alba Colmero y Aurelia Moreno Quero que tenían una hija pequeña, Ana, y con la que la relación y el afecto mutuo se mantuvieron hasta el final de sus días.

Unos años después, y cuando Manuela contaba ya con más de 20 años, su hermana Antonia se presentó en el hospicio para reclamarla. Las monjas aceptaron la petición como no podía ser de otra manera y ambas se buscaron la vida acudiendo a casas donde ejercían labores domésticas en condiciones que todos podemos imaginar: muchas horas, mucho trabajo, y poca paga.  Sobrevivir, esa era la cuestión.

CAPÍTULO V.-

Más tarde Manuela se casa con Manuel Delgado Arroyo, albañil, a veces por cuenta propia, a veces por cuenta ajena, con el que tuvo cuatro hijos aunque el primogénito murió a los once meses. Los tres restantes fueron José Manuel, María Araceli y Manuel Marcelino. En la convivencia surgieron conflictos y desavenencias por lo que Manuela decidió separarse volviendo a su actividad laboral hasta que con 60 años su hija, entendiendo que ya había trabajado bastante, la acogió en su casa hasta su muerte en enero de 2021 a punto de cumplir los 90 años. Toda su vida residió en Córdoba en la barriada de Las Moreras, salvo cuando visitaba a sus hermanas.

El 10 de mayo de 1.956 Antonia contrae matrimonio con José María Gil Curado y marchan a Barcelona, donde él había hecho la mili en el cuartel de Caballería de Hospitalet. Allí aprendió a escribir y pudo enviar a su novia, por primera vez, una carta escrita de su puño y letra.  El matrimonio se acomodó como pudo durante el primer año en una pensión del Barrio del Rabal donde todo, salvo su pequeña habitación, era compartido con otros inquilinos. En 1.961 arrendó una parcela en Santa Coloma de Gramanet y entre los dos construyeron una casa de no más de 12 metros cuadrados compuesta por dormitorio y comedor-cocina. Allí vivió el matrimonio y sus cuatro hijas hasta 1.965 en que lograron adquirir, a plazos, un piso de protección oficial en Ciudad Meridiana. Antonia siguió trabajando en casas como sirvienta y cuidando niños o ancianos, recordando especialmente la casa de un médico donde podía leer enciclopedias médicas y llevarse a casa las revistas ya desechadas de la sala de espera para leer artículos sobre el origen de las enfermedades, operaciones de cirugía o tratamientos médicos. Ser maestra o médica fue el sueño de su vida.

CAPÍTULO VI.-

¿Cómo llega Josefa a Jimena? Para desarrollar este punto es necesario contar antes la vida de dos personajes que fueron determinantes en ese viaje sin retorno: Liborio Cuenca Gómez y María Serrano Ortiz “La Bomba”.

Liborio nació en Frailes (Jaén) el 6 de febrero de 1.906. Padecía de miopía y por ello era conocido como “El ciego de la Candidilla”, que era su madre.

DNI de Liborio Cuenca Gómez, nacido el 6 de febrero de 1906 en Frailes (Jaén) hijo de Elías y Cándida, renovado en 1976 en Liria (Valencia) donde marchó para unirse a la familia jimenata que lo acogió, Pérez Reyes, que emigró a este lugar. Foto: Pere Reyes.

En su pueblo perteneció al Partido Comunista llegando a ser Secretario General del Comité Local. Durante los tres años que duró la Guerra Civil, estuvo integrado en distintos frentes del bando republicano y al finalizar la contienda fue detenido y encarcelado. La sentencia del Tribunal Militar que le juzgó, de fecha 22 de junio de 1.939 en Jaén, como era usual introducir en los cargos en la más absoluta indefensión, les era asignado de oficio para su defensa un militar también de los sublevados que asentía de cuanto manifestara la acusación, dice textualmente:

«Hechos probados: Malos antecedentes, afiliado al Partido Comunista, ostentando el cargo de secretario general. Al iniciarse la guerra, autor principal de la quema y destrucción de las imágenes de la Iglesia, arrastrándolas por las calles vestido de cura hasta llegar a quemarlas. Armó las imágenes de los santos diciendo con guasa que eran fascistas. Intervino en guardias, detenciones, robos y saqueos de varios domicilios particulares y del cuartel de la Guardia Civil. Fue nombrado concejal del ayuntamiento y continuamente emitía la opinión de que había que fusilar a los presos que tenían en el pueblo.

«Fallo: Reclusión perpetua.

Liborio recorrió distintas cárceles como Santiago de Compostela o Madrid, para terminar siendo indultado pero obligado a no volver nunca a su pueblo natal de Frailes (Jaén), siendo deportado a Ceuta.

María Serrano Ortiz vivía en calle Alta en un cuarto trastero de una sola habitación donde tiempo atrás había convivido con un miembro de la familia Bautista apodado “El Buzo” porque había ejercido esa profesión. De esa relación nació un niño que murió al poco de nacer. María se buscaba la vida viajando a Ceuta donde adquiría productos que se carecía en la península, o eran muy caros: paraguas, medias, tabaco, café, chocolatinas, etc. A la vuelta y ya en Algeciras, cogía el tren y marchaba hasta Córdoba donde el beneficio por la venta era mayor. También, y según cuentan coetáneos de María, cuando no viajaba a Ceuta realizaba labores de limpiadora en casas (como la del médico don Juan Marina Bocanegra) y otras menos ejemplares pero de las que no tenemos certeza y, por tanto, dejaremos en el cajón de las Incógnitas. Juzgar hoy comportamientos de hace 80 años, y bajo condiciones paupérrimas, sin conocer las causas o la cruda realidad que los motivaron, nos parece injusto y reprobable.

Fue en Ceuta donde se conocieron Liborio y María, lo que motivó que él se trasladara a Jimena en los primeros años cuarenta. Liborio era un hombre bastante instruido como autodidacta, educado, con una vida austera (entre otras cosas porque no tenía más opción), no frecuentaba los bares, y hablaba más bien poco con los vecinos, quizás receloso para pasar lo más desapercibido posible por cuanto había padecido y temiendo que la represión le siguiera los talones.

Pedro Reyes Oliver que fuera niño huérfano al haber sido fusilados sus padres el 13 de febrero de 1937 cuando retornaron a Jimena tras la caída de Málaga sin juicio alguno y con la madre embarazada de ocho meses. Analfabeto y en cambio letrista de canciones chirigoteras como su difunto padre. Estableció una muy buena relación con Liborio Cuenca desde que éste llegó a Jimena de la mano de María procedente de Ceuta. Foto: Pedro Reyes Pérez.

Ejerció diversos oficios: vendedor de cupones, ayudante del matadero para, finalmente, con un borrico propiedad de Pedro Reyes Oliver “El Serrano” (aquel de las coplillas de carnaval) vender fruta por las calles que adquiría en las huertas de San Pablo. En el mercado abrió un puesto de verduras contiguo al de Frasquito Segovia Ferrer del que se hizo amigo y con quien compartía «por lo bajini» inquietudes políticas e intercambiaban entre ambos cuántos libros y revistas cayeran en sus manos como lectores empedernidos que eran. Nadie en el pueblo conocía sus antecedentes políticos ni su paso por la cárcel, salvo, Frasquito y el poeta Diego Bautista Prieto, y luego el sastre Miguel Cárdenas Urbano y el retornado del exilio republicano francés, Andrés Gutiérrez Gómez «Peana».

Frasquito Segovia Ferrer, el íntimo amigo en Jimena de Liborio Cuenca que le echaba una mano en el matadero que se hallaba a mitad de camino entre Jimena pueblo y la Estación de tren. Al lado del matadero se hallaban los silos de trigo donde trabajaba el que fuera marido de Josefa, Lorenzo Notario Bermejo. Foto: Retratos de Jimena. Ediciones Oba.

Liborio y María vivieron amancebados hasta la muerte de ella. Entonces vendió sus pocas pertenencias, y dado el  buen trato  que había recibido de los “serranos”, marchó en su búsqueda hasta Liria donde habían emigrado. En aquella casa fue fraternalmente acogido a pesar de las estrecheces económicas que se vivía en cualquier hogar de gente trabajadora. Liborio solicitó una pensión no contributiva que compaginó con el trabajo de guarda en una gravera y cuando se sintió sin fuerzas y necesitado de ayuda entró, sin consultar con nadie, en un asilo regido por monjas donde murió en 1984.  Aquellas religiosas sin saber a quién dar cuenta del fallecimiento lo enterraron en una fosa común, de la que poco después fue exhumado por su familia de acogida siendo sepultado al lado de Manuel Muñoz Ramos, suegro de Pedro Reyes.

CAPÍTULO VII.-

¿Cómo es Jimena cuando llega Josefa? Para no irnos muy atrás, diremos que en 1933, siendo alcalde Pedro Llinás de Villar, del Partido Radical, se crea el Casino Radical Socialista, una especie de club de opinión, un foro de debate. Entre sus miembros podemos citar a Guillermo Ortega Durán, médico, que aunque afiliado a Unión Republicana asistía a las reuniones, Antonio Marina Gutiérrez, José Ávila Herrera, Bartolomé Barea Zapata, todos ellos miembros de la masonería local «Fénix 66» y algunos jóvenes más como José Rodríguez Gómez, Arturo Fernández Ruiz, José Soriano, o José Pitalúa Troyano, el auxiliar de farmacia que fue fusilado el 3 de febrero de 1937 contando con 27 años, en la Estación de San Roque junto a su padre, Diego Pitalúa Infantes, a punto de cumplir los 58, un hermano, Francisco, de 24, y la empleada del hogar de la farmacia, Inés Parra Rondón.

También existía el bar Casino Republicano, en lo que después de la guerra fue el banco Hispano-Americano, enfrente de la barbería del maestro Sarrias, donde simpatizantes de partidos de derechas mantenían tertulias y compartían las novedades sobre la actualidad local y nacional.

Años 30. Jimena de la Frontera.

Con el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 queda disuelta la Comisión Gestora que presidía el Ayuntamiento, creándose un Comité formado por dirigentes políticos y sindicales del republicanismo local, presidido por Cristóbal Vera Sarabia “Telar”, jornalero, dirigente del partido Izquierda Republicana de Manuel Azaña, y miembro de la CNT. Lo componían casi veinte personas entre los cuales estaban Antonio Marina Gutiérrez, gestor de la fábrica de la luz y el molino que estaba a la entrada del pueblo, y Juan Cuenca Navarro, que regentaba un bar situado en el Paseo.

De todas maneras quien ejercía una mayor influencia en el pueblo, especialmente entre trabajadores y jornaleros, era el SUT, Sindicato Único de Trabajadores, que agrupaba diferentes oficios, entre ellos el de arrieros.

Este sindicato de clase, afín a la CNT con fuertes influencias de la FAI, era la única fuerza obrera que mantenía unos fundamentos, una  organización, una disciplina, y una capacidad de  lucha en defensa de los asalariados, especialmente del campo, que le hacía mantener  continuos enfrentamientos con el alcalde, la Guardia Civil y la Unión Patronal de Ganaderos y Labradores cuya presidencia estuvo de alternancia entre José Gómez Díaz y Diego Meléndez Ramos, que representaba a los grandes propietarios de tierras.

El SUT tenía su sede en la que hoy es la casa de la familia Cárdenas “el Sastre” en calle Sevilla. Fundaron el Ateneo Cultural Libertario, cuyo presidente era Antonio Durán Jiménez, impartían clases de alfabetización, disponían de biblioteca, organizaban conferencias y se recibía el periódico de la CNT «Solidaridad Obrera» y una gacetilla editada en Cádiz, “Rebelión”.

Sus máximos dirigentes eran José Meléndez Andana, Eladio León Mariscal, Sebastián León Rubiales y José Segovia Ferrer, este último un auténtico líder campesino cuyo compromiso con el anarcosindicalismo le llevó a ser reconocido y respetado en toda Andalucía. Murió en 1.940, en la cárcel de Cuellar (Segovia), a los 42 años, al no ser atendido de su grave enfermedad contraída entre barrotes.

El grueso de las tropas franquistas no llega a Jimena hasta finales de septiembre de 1.936, en concreto el lunes día 28, y con la toma del poder local, la cárcel, situada en los bajos del ayuntamiento, se llena de gente acusada de ser de izquierdas o republicana cuando la mayoría de la militancia había huido junto a la mitad de la población, y al resultar insuficiente tuvo que habilitarse el cuartel que había sido de los Carabineros, Cuerpo que se mantuvo leal al Gobierno y huyó a Málaga portando sus armas, en calle San Sebastián número 18, que prontamente lo convirtieron los rebeldes además en Juzgado.

El edificio de calle San Sebastián número 18 de Jimena, que fue Cuartel del Cuerpo de Carabineros, que tras la ocupación por los insurrectos, aparte de cárcel fue convertido en Juzgado.

Un par de meses más tarde, a mediados de noviembre, la Bandera “Zamacola” de la Falange, con el apoyo de soldados del Cuerpo de Regulares, en su mayoría magrebíes, se presenta en Jimena camino de La Sauceda, una aldea de 40 chozas, cuyos habitantes malviven del monte y del contrabando con Gibraltar, que sufrió una represión brutal.

Lo que quedó en pie del bombardeo aéreo masivo a que fue sometido por los rebeldes el poblado de La Sauceda, último foco resistente de la zona, entonces con una población de mil quinientas personas ya que acogía a numerosos refugiados de los pueblos colindantes, Jimena, Cortes y Ubrique principalmente, que habían sido ya ocupados por los facciosos. Los que se salvaron pasaron tras ser detenidos al cortijo de El Marrufo que se convirtió en un campo de exterminio, de tortura y de fusilamientos. Fuente: Casa de la Memoria de Jimena de la Frontera.

Pero antes en Jimena, y a modo de macabra advertencia, quisieron dejar huella de su paso, eligiendo al libre albedrio a cuatro personas de entre las recluidas en la cárcel: Catalina Delgado Gavilán, Manuel León Pérez, Francisco Vera Gallego y Antonio Vallecillo Jiménez, que trasladadas hasta la zona conocida como Cruz Blanca fueron fusiladas y rematadas, quedando sus cuerpos abandonados y semienterrados hasta febrero de 1.980 en que el Partido Socialista Obrero Español, de conformidad con los descendientes y autorización judicial, exhumó y dio digna sepultura en el cementerio del castillo.

El 6 de octubre de 1.936, ya con el poder local en manos de los insurgentes, la autoridad militar nombra una Comisión Gestora para gobernar el pueblo. Al frente de la misma, y ejerciendo como alcalde, se designa a Diego Meléndez Ramos, apodado “Morringa”, un gran propietario de tierras que ya en noviembre de 1935 durante el Bienio Negro, había sido presidente de otra Comisión Gestora creada por el gobierno republicano de derechas (la coalición del partido Radical con la CEDA de Gil Robles). “Morringa” estuvo cerca de dos años en la Alcaldía tras su ocupación siendo sustituido el 14 de Junio de 1938, por Bernardo Periñán Guerrero, maestro nacional y primer jefe local de Falange.

La comandancia militar de los rebeldes que procedentes de Algeciras, tras un nuevo desembarco de mercenarios marroquíes, ocuparon Jimena el 28 de septiembre de 1936 a base de bombazos fue establecida en el inmueble de calle Sevilla número 68 frente al ayuntamiento, incautándosele para ello la casa, que se hallaba recién construida, al matrimonio constituido por el médico Guillermo Ortega Durán y la maestra Concepción Terrones Villanueva. Entre sus primeros actos figuró el nombramiento de una Comisión Gestora municipal que fue presidida por Diego Meléndez Ramos, "Morringa"..Fuente: Juan Manuel Algarbani Rodríguez.

Ese año de 1.936 el censo de habitantes del municipio, realizado el 18 de Junio, contabiliza 9.561 habitantes. En ese padrón y en el de 1.946 figura quien después sería marido de Josefa, Lorenzo Notario Bermejo, nacido el 9 de febrero de 1.923 que vivía con sus padres en calle La Vaca número 17, pero Josefa no aparece en ninguno de los dos registros que se llevaron en los años posteriores a la ocupación de la localidad. Un dato revelador del anonimato en que vivió sus primeros años en Jimena.

CAPÍTULO VIII.-

La pregunta clave es ¿Cómo llega Josefa a Jimena? Ante la falta de información real y contrastable, debemos entrar en el terreno de las suposiciones. Recordemos: una niña, en compañía de nadie, abandonada en las calles de Córdoba, primer año de guerra civil, poco más de cuatro años de edad, ignorante de cualquier información que pudiera dar con el paradero de su familia. Una más entre muchas. Y recordemos que la jimenata María Serrano, una vez restablecida las comunicaciones de Algeciras con Córdoba al hallarse la totalidad del territorio por donde transcurre el ferrocarril en manos de los rebeldes, viajaba periódicamente hasta la ciudad de la Mezquita para vender sus productos, muchos de ellos ocultos procedentes del contrabando de Gibraltar.  En esas circunstancias, la hipótesis de un encuentro fortuito cobra valor, ya que no podemos afirmar que la decisión de adoptarla fue respaldada por familiares, imposibles por inexistentes, autoridad civil o eclesiástica, centrados en el triunfo de la guerra que habían declarado y en la consiguiente represión, por lo que teniendo en cuenta el escenario bélico y de persecución que se vivía en toda España contra todo lo que se le atribuyera de «rojo», se plantean todas las dudas de que fuese autorizada. Si añadimos que María Serrano no formaba parte de una familia estructurada de acuerdo a los cánones de la época, que vivía sola o cohabitando con un hombre, y que su forma de vida no era la más apropiada para el acogimiento de una menor, llegamos a la conclusión de que la niña se dejaría llevar -que en su situación de desamparo cualquier alternativa que se le presentara le parecería buena- para que ambas tomaran el tren con destino a Jimena y presentarse en el pueblo María con Josefa de la mano. Una novedad que para el resto de vecinos pasaría desapercibida, más preocupados por sobrevivir al caos, al hambre y al terror que infundían los rebeldes, que por indagar en el origen de aquella niña. Lo cierto es que su llegada ocurre a finales de 1.936 o principios de 1.937 con apenas cuatro años de vida.

Desde entonces y hasta los 17 años de edad en que contrae matrimonio, la vida de Josefa -una vida que no era la suya-  es dura y difícil. María no le ofrece el cariño que una niña de esa edad, y con esas vivencias, necesita, sino más bien la trata como alguien de quien servirse. Josefa no va a la escuela, hace faenas de casa como  recados, limpiar, fregar o lavar la ropa, y sufre castigos y golpes cada vez que algo no se hace al gusto de su madrastra. Incluso la manda a robar en los huertos cercanos alguna verdura o fruta que la niña cumplía con un doble pánico: ser pillada por los dueños o volver con las manos vacías. Los únicos días de cierto sosiego y afecto eran aquellos en que su tutora marchaba a Ceuta o Córdoba y entonces queda a cargo de Isabel, madre de María, que hacía las veces de abuela. Aquellos sí eran días de una cierta felicidad, o al menos  de sosiego y comprensión. Significativo es que de seis hijas que tras casarse tuvo Josefa, a la segunda le pusiera de nombre Isabel, pero a ninguna el de María.

Josefa no aprendió nunca a escribir aunque sí leía, sin que sepamos cómo fue tal aprendizaje ya que como decimos anteriormente no fue nunca a la escuela, suponemos que aprendió por si misma o bien Liborio, a ratos, le leía algún libro que le sirvieron para entender lo básico del lenguaje escrito.

Con 17 años conoce a Lorenzo Notario y posiblemente, además de amor, hubo un componente de “vía de escape” a su desdichada situación. Contraen matrimonio en enero de 1.949, la primera hija nace en 1.951 y el primer hogar familiar es una casa de El Chorro de la Calle. Más tarde se mudan a Fuente Cruz y ya en 1.973 fijan su domicilio definitivo en un piso del Calvario.

CAPÍTULO IX.-

«¿Quién sabe dónde?» fue un programa de Televisión Española, presentado por el periodista Paco Lobatón, por cierto familiar de don José Sánchez de Medina y Ayala, el farmacéutico que tenía la jimenata botica situada enfrente del Ayuntamiento, cuya finalidad era localizar personas desaparecidas. El éxito de audiencia y los reencuentros que propició le convirtieron en uno de los más reconocidos en la historia de la televisión manteniéndose en antena desde 1.992 hasta 1.998.  La prensa escrita, como revistas y diarios, también detectaron el interés de los españoles por el asunto y  organizaron grupos de periodistas especializados en la búsqueda de desaparecidos, la mayor parte como consecuencia de la Guerra Civil.

20 de abril 1972 el diario "El Noticiero Universal" editado a nivel nacional desde Barcelona que recoge este histórico encuentro de tres hermanas tras tres décadas sin verse y sin saberse de ellas, si vivían o si se hallaban muertas de esa guerra maldita o de la posguerra de hambruna, causada por quienes en sus criminales ansias de poder y de destrucción, jamás se les ocurriría pensar en estas niñas, las que más papeletas llevaban para perder su futuro. Fuente: Juana Notario Castro.

“El Noticiero Universal” fue un diario español de carácter vespertino editado en Barcelona entre 1.888 y 1.985 que en su edición del 20 de abril de 1972 da cuenta, en un artículo firmado por Enrique Rubio, periodista especializado en sucesos, predecesor de Paco Lobatón con su programa televisivo, «Investigación en marcha», del reencuentro, después de 35 años, de las tres hermanas (Antonia, Manuela y Josefa) gracias a sus búsquedas y a la colaboración de la Policía Nacional a través de su servicio de Documento Nacional de Identidad.

Como decimos las tres hermanas no cejaron nunca en su intento de volverse a encontrar, siendo Josefa la que tuvo la iniciativa determinante: Una mañana se presentó en el ayuntamiento de Jimena, le atiende el funcionario Antonio Muñoz Luengo, “Telera”, a quien cuenta su interés por contactar con sus hermanas, poniéndole al corriente del dato más fiable que tiene: que su hermana Manuela vive en Córdoba. Sólo eso. Muñoz redacta un escrito dirigido al ayuntamiento de aquella ciudad solicitando las indagaciones oportunas. Allí, tras comprobar en el padrón que efectivamente vive una mujer con esos datos, envían un policía municipal al domicilio con la reseña del motivo y un teléfono para llamar que no es otro que el de María Gómez, vecina de Josefa. Tras la llamada y el contacto telefónico, quedan en verse en la estación de Renfe de Córdoba. “Ponte debajo del reloj” le dijo Josefa a su hermana ante el temor, lógico y natural, de no reconocerse. Así fue aunque no hizo falta. Desde la ventanilla del tren, y dado el parecido entre ambas hermanas, Lorenzo le dijo a su esposa: “aquella es tu hermana”.

Antigua estación de tren de Renfe de la capital cordobesa debajo de cuyo reloj tuvo lugar el encuentro de las dos hermanas, Josefa y Manuela, tras treinta y cinco años sin verse.

Desde que abandonaron el hospicio, Manuela y Antonia habían mantenido contacto entre ambas bien por carta o por teléfono. Por tanto resultó muy fácil que Josefa (Pepa como la llamaban) el mismo día, o al siguiente, telefoneara a su hermana mayor. Antonia lo cuenta en una entrevista a un periódico de Barcelona: «Un buen día me llaman por teléfono desde Andalucía. Creí que Manuela deseaba hablar conmigo y me llevé la sorpresa más grande de mi vida cuando la que llamaba dice: Soy Josefa, tú hermana. Casi me desmayo de la impresión». Desde entonces, las tres, mantuvieron contacto con visitas personales y llamadas de teléfono que les hicieron recuperar, en parte, el tiempo perdido.

Primer encuentro de las tres hermanas, Josefa, Antonia y Manuela, en Barcelona tras 35 años sin saber unas de las otras. Foto: Juana Notario Castro.

CAPÍTULO X.-

Sabedor de la traumática historia que arrastra su esposa, Lorenzo pone especial cariño, paciencia y cuidados en la convivencia marital: van al cine, viajan de vez en cuando a Algeciras y con su trabajo en el SENPA (Servicio Nacional de Productos Agrarios) aporta una estabilidad económica que les permite, sin grandes derroches, salir adelante ellos y las seis hijas del matrimonio. No había feria de agosto donde no se viera al matrimonio acompañado de sus hijas disfrutando de las actuaciones y de los «cacharritos». Pareciera olvidada la vida atrás en Josefa por más traumática que resultó.

Feria de Jimena año 1.959 con Josefa embarazada de su hija Juana. Foto: Juana Notario Castro.
Feria de Jimena año 1.959 con las seis hijas ya nacidas. Foto: Juana Notario Castro.
La descendiente Marcela nombrada dama de honor de la feria de agosto de 1971. Fuente: Andrés Beffa García.

Pero Josefa, en lo más profundo del subconsciente, vive atormentada por una obsesión con varias derivadas: ¿Por qué una niña de cuatro años se queda sin padre? ¿Qué fue de su madre y su hermana menor? ¿Cuál es la razón para quedarse sola y desamparada, viniendo a caer en un pueblo que no es el suyo y con una familia que no era la suya? ¿Por qué?…  Preguntas  sin respuestas que la arrastran a un trastorno depresivo persistente que se ve agravado con los años. Aunque la familia se amplía con la llegada de nietos y nietas, hay días que Josefa no encuentra motivos ni razones para levantarse de la cama; toma a diario ansiolíticos y otros antidepresivos que le receta el doctor Trillo para mantener una mínima estabilidad emocional, y empieza a rondar en su cabeza la idea de, según palabras de su hija Juana,  «irse a donde quiere estar, al más allá».

Un tiempo después, y tras agudizarse su melancolía, Josefa quiere vivir en otro lugar que no sea Jimena y  Lorenzo compra un piso en Algeciras adonde se trasladan en 1.990. Sin embargo, a él le gusta venir de vez en cuando a su pueblo, dar una vuelta por el silo, ver amigos, jugar una partida de dominó y respirar el aire limpio que viene del castillo.

Lorenzo, el padre de familia, jimenato de pura cepa desde su nacimiento era una persona muy popular y estimada en Jimena, asiduo a los bares y conversador, era normal que yéndose a vivir a Algeciras echara de menos su ambiente. Aquí de joven en el bar Becina. Aparecen en la foto: Manolo Vecina Ortiz, Juan López, Manolo Reyes Reyes "El Escarabajo", Jacobo Rovira, Manolo Jiménez "Manolito El Gitano", Lorenzo Notario "Bermejo", "Andrequito", Vicente Reyes "El Güitri", Diego Moreno y Miguel Morón (niño) Foto. Fuente: Tío Jimeno.

Un día llama Lorenzo a su mujer y le dice que se va a quedar a dormir en casa de una de las hijas en Jimena y que al día siguiente volverá a Algeciras.

Aquel día, 9 de abril de 1.991, Josefa, contando 58 años de edad, toma la decisión de marcharse de la vida en busca del reencuentro que nunca se produjo en este mundo pero que tal vez aspirara alcanzarlo en la Eternidad. Quién sabe. Fue su descanso final y el acabose de este infortunado relato histórico.

Testimonios y aportaciones.

Beffa García, Andrés. Cañamaque, Manuel. Gil Castro, Susana. Notario Castro, Juana. Reyes Pérez, Pedro.

Bibliografía consultada.

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ENTREVISTA REALIZADAS A NONAGENARIOS JIMENATOS

ENTREVISTA DE MÓNICA ONCALA GIL A JUAN GIL PLATA (11.05.2021):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/05/10/entrevista-de-monica-oncala-gil-a-juan-gil-plata/

FRANCISCA, POETA EN LA INTIMIDAD QUE QUISO SER PERIODISTA. ENTREVISTA REALIZADA POR IGNACIO TRILLO (26.04.2021):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/04/26/francisca-poeta-en-la-intimidad-que-quiso-ser-periodista/

Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (1ª parte) (23.11.2021):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/11/23/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento/

Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (2ª parte) (01.03.2022):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2022/03/01/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento-conversaciones-en-tiempo-de-pandemia-2a-parte-01-03-2022/

Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (3ª parte) (10.03.2022):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2022/03/10/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento-conversaciones-en-tiempo-de-pandemia-3a-parte-10-03-2021/

Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (4ª parte) (21.03.2022): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2022/03/21/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento-conversaciones-en-tiempo-de-pandemia-4a-parte-21-03-2022/

Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (y 6ª parte) ((04.04.2022): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2022/04/04/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento-conversaciones-en-tiempo-de-pandemia-y-6a-parte/

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