Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (3ª parte) (10.03.2022)

Posted on marzo 10, 2022

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INTRODUCIÓN

Ignacio Trillo

Continuación a la conversación resumen presentada en formato de entrevista donde Gely Ariza Núñez (G.A) va preguntando a la madre (Ángeles Núñez Gómez: A.N.), nonagenaria y de una memoria envidiable, todo aquello de mayor interés para la reconstrucción de la historia familiar y de la local a través del recorrido que efectúa sobre el acontecer de la vida cotidiana durante su infancia y que les fue transmitiendo, acompañada de fotos, a hijos y nietos durante la etapa dura del confinamiento por el COVOD-19. Incluye su nacimiento en Jimena de la Frontera, ocurrido en mayo de 1932, los antecedentes familiares de la saga en sus dos ramas, paterna (jimenata) y materna (barreña), así como el transcurrir de sus primeros años de vida, atravesada por el horror de la guerra que le tocó padecer, en este caso permaneciendo en el pueblo, en tanto la mayoría de la población huyó ante su ocupación militar, hasta que con ocho años, segundo semestre de 1940, con motivo de la muerte de su padre (el comerciante Pepe Núñez Gallardo) y por desavenencias con la familia que con anterioridad tuvo a su viudez, acompañada de su madre (María Jesús Gómez García) y de su hermano pequeño, tuvo que marcharse de Jimena.

En este tercer capítulo, además hay una mención especial en el inicio del relato con que comienza Ángeles, a la otra guerra que, más allá de las trincheras y de los frentes bélicos, se inició en el municipio y allende sus límites, y que sirve al autor del blog, especialista en la historia de Jimena de la Frontera y especialmente de aquel convulso periodo histórico, para ir más lejos de su papel de supervisor del contenido de esta narrativa exponiendo, de su investigación propia y por primera vez, el caso al que se alude, la muerte de «Macaco», que significó un terremoto en el resignado y enlutado vecindario, tan habituado ya a tener que convivir con la muerte y el dolor de sus gentes.

G.A.: Nos hablaste que tras la guerra y como secuelas no acabaron otros hechos violentos que se dieron en Jimena.

A.N.: Eran tiempos de maquis, esas personas escondidas en la sierra que habían huido, esperando siempre represalias y de las que todo el mundo contaba historias. De pequeña, escuchaba las que nos contaban del «Macaco». En el bar de Vargas decían, por ejemplo, quién era el que había vendido una piara de cochinos o una parcela o el negocio que fuera, y claro está, se encontraba en ese momento con dinero contante y sonante. El muchacho que iba a llevar la leche se enteraba de todo.

Años 40. Una muestra de algunos jimenatos que huyeron del pueblo y se tiraron al monte por temor a la represión existente o por negarse a realizar el servicio militar y hasta para matar el hambre que pasaban. Otros desde la localidad actuaban de enlaces pasándole información. Gozaban de una red de confidentes en la localidad jimenata muy extensa. Esas informaciones que pasaban a los de la sierra eran muy bien remuneradas. Los cuadros políticos republicanos del pueblo, bien se hallaban en el exilio o habían muertos en combates o fusilados. Los golpes económicos que daban no todos ellos fueron populares así como las muertes ocasionadas por secuestros, aunque se les atribuyeron algunas de las que no fueron autores. Hay que ponerse en esa etapa tan oscurantista con el apagón informativo existente. El pueblo se vio atrapado por la represión de la Guardia Civil que recibiendo órdenes implacables de su Superioridad, tardó una década en eliminarlos y una parte por las venganzas de los del monte por considerarlos colaboracionistas o chivatos. De arriba a abajo y de izquierda a derecha algunos de los que tuvieron recorrido de conciencia política antes de tirarse al monte o de actuar como enlaces. Los dos primeros, Antonio Melgar Mena «El Melgar» y José Sierra Coronil «El Flores», muertos por disparos de la Guardia Civil cuando se encontraban en el término de Castellar de la Frontera. Antonio Ortiz García «Tres Duros», detenido cuando se hallaba en Algeciras el 6 de agosto de 1947 siendo condenado el 18-5-1948, en consejo de guerra celebrado también en esa localidad, a 25 años y un día de reclusión mayor. José Vilches Ruiz «El Vilches», detenido el 19 de diciembre de 1949 entre los términos de Jerez y Cortes, y fusilado en el cementerio de Sevilla, junto al hermano de Macaco, Francisco Pérez Godino «Macaco»,/ «Macaquito», /«Patita de oro», el 24 de junio de 1951. Francisco Ruiz Guerrero  «El Contreras», abatido por la Guardia Civil en la Almoraima en el lugar conocido como Finca Cotilla. Y Adela Ruiz Guerrero, condenada el 12 de diciembre de 1945 en consejo de guerra celebrado en Cádiz a ocho años de prisión mayor pasando a la cárcel de mujeres de Málaga.

Luego acudía al escondite del «Macaco» y se lo contaba. Se rumoreaba sobre este maqui que era muy querido en Jimena y que cuando bajaba al pueblo, de su escondite en la sierra, se apagaban las luces que hubiera para que pudiera pasar la noche con su mujer sin ser descubierto. Asaltaba para sobrevivir a tiro hecho gracias a la información de primera mano del lechero que no despertaba sospecha. Un día el mismo muchacho llegó diciendo en el bar que habían matado al «Macaco» porque dijo haberlo visto en su escondite. Sin embargo, cuando subieron lo encontraron malherido, no muerto como creyó el chico. Aún con vida dijo que el lechero delator por cuestiones de avaricia de dinero supongo, era el que lo había herido de muerte. El «Macaco» murió después de llegar al Hospital de la Caridad en Algeciras. En el bar se alegraron cuando el episodio se anunció porque a algunos de los que allí estaban les había robado y la confesión del malherido sí que sorprendió, y, descubrir quién lo mató, aun más.

«MACACO», «CALENTITO» Y «MONTERITO»

Ignacio Trillo

Ángeles Núñez, de su prodigiosa memoria sobre los recuerdos de su infancia, acaba de sacar a relucir el caso que significó un tremendo sobresalto entre el vecindario que en el mes de mayo de 1940 poblaba Jimena. A modo de leyenda, este episodio ha estado siempre cabalgando de una generación a otra hasta nuestros días y siempre vehiculizado a través de la transmisión oral. Tuvo lugar cuando se creía que nada de lo que sucediera como trágica desgracia podía ya sorprender a un pueblo machacado y enlutado por tantas tragedias y calamidades motivado por la guerra y posguerra y cuando el hambre reaparecida con extrema virulencia ocasionaba nuevos estragos. No hay que olvidar que, a diferencia de otras zonas geográficas de España, la posguerra de Jimena que apesadumbró a gran parte de sus moradores, más incluso que el propio conflicto bélico, empezó el día siguiente a su ocupación por los vengativos militares sublevados acompañados de mercenarios marroquíes con la entusiasta colaboración delatora de la minoritaria derecha local. Es decir, a partir del 29 de septiembre de 1936.

La reconstrucción íntegra de cuanto ha expresado al comienzo de este tercer capítulo Ángeles Núñez, obliga a dedicarle el relato que viene a continuación por lo que su impacto significó en el pueblo y que como leyenda se fue trasladando en el imaginario colectivo de una generación a otra sin más luces. También tuvo lugar como resistencia al apagón oficial cruelmente instalado, que pretendió, con el empleo de las técnicas más infames, sembrar el pánico y el terror para que la desmemoria y el olvido se impusieran. Por razones de espacio al tratarse de un paréntesis como ampliación a lo descrito, a pesar de la obligada extensión que merece por el enorme interés que simboliza para descifrar a los presente moradores del pueblo esta pieza de su historia local, no obstante no se presenta en su exhaustividad y sí centrada, acorde con el trasfondo de esta entrevista, en el conocimiento de las familias y de los entornos que procedían.

También hasta mi oído llegó el conocimiento de este suceso, aunque de forma vaga y con diferentes matizaciones a la realidad acontecida, un tanto fabulado por el paso del tiempo. Tuvo lugar dos décadas después de producirse. Me encontraba en edad escolar, contaba con nueve años, aproximada a la de Ángeles cuando ocurrió el hecho, preparando el ingreso a Bachiller.

La complejidad del tratamiento del caso que aquí nos ocupa es debida a que no dejó ni una sola huella escrita desde el pueblo ni constan fotografías de los protagonistas, ni documento en archivo oficial, como tampoco hubo sumario judicial, y sin embargo ocurrieron tres muertes, tres asesinatos. Tampoco hasta la fecha se han publicados la totalidad y al completo de los nombres de las tres víctimas, más allá de los apodos y no de todos, ni la pista sobre los orígenes familiares de los actores cuyos parientes corrieron un tupido velo de resignación como de dolor interno, haciendo desaparecer todo tipo de rastro y conocimiento a sus herederos. Y si hoy se lo preguntáramos a los más longevos que aún se hallan entre nosotros, tampoco sabrían descifrarnos los interrogantes, aunque sí conserven las interpretaciones de lo que desde entonces oyeron, más bien en la calle que entre sus mayores: “De esas cosas no se hablaban, menos delante de los niños”, mantra que aún hoy en día perdura como tic emanado de la Dictadura y que a colación de este caso me ha sido reiterado asimismo por distintas voces en mis diversas entrevistas.

A añadir, la ausencia de referencias a este episodio con muertes en la mayoría de las publicaciones sobre este episodio histórico referido a “los hombres de la sierra” y/o “echados al monte”, como se denominaba en Jimena. Otros emplean la calificación de “maquis” (“los que se esconden en los matorrales”) de extracción francófona (voluntarios resistentes a la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial). O los epítetos obligados a emplear a raíz de la publicación de la circular de la Dirección General de Seguridad de 11 de abril de 1947 que prohibía expresamente utilizar el término "guerrilla" "maquis" o guerrilleros", debiendo esgrimirse por el contrario los de: "bandoleros", "forajidos" o "bandolerismo".

Esa ausencia del caso que aquí se trata en textos escritos por la inmensa mayoría de los historiadores de este periodo, está argumentada también por corresponder el suceso a una etapa muy inicial y aislada de este fenómeno, mayo de 1940, que sin embargo más tarde a partir de 1943 se daría con asiduidad y abierta motivación política, y donde el propio apodo «Macaco» en sus acciones ha estado asociado, no a este caso sino, al protagonizado más tardíamente por su otro hermano, Francisco, el menor, del que siendo detenido en 1949 sí existe abundante documentación con sumario judicial y resolución de condena de muerte, acabando la vida el 24 de junio del año 1951 en las paredes del cementerio de Sevilla donde fue fusilado junto a otros guerrilleros, como el también jimenato José Vilches Ruiz «El Vilches». Sin embargo, en el imaginario colectivo de Jimena, pasada esa etapa turbulenta en los inicios de la década de los cincuenta, el caso que ha sobrevivido de boca en boca ha sido el que aquí nos ha apuntado Ángeles Núñez.

¿Quién era, de qué familia y cómo se llamaba el referido «Macaco»? Igualmente extensible a «Monterito», como también al «Calentito» que fue la primera víctima de los mismos hechos aunque la transmisión oral bien pronto se olvidó de él.

Gracias a familiares de segunda generación que por primera vez se han abierto a hablar de estos antepasados, más la investigación realizada y apuntada previamente, cuya bibliografía y testimonios figuran a pie de este capítulo, me puso en la pista, lo que me ha permitido con la inestimable ayuda de Andrés Beffa el relato que viene a continuación, dando por concluido el grueso de las respuestas a los grandes interrogantes acumulados hasta el día de hoy sobre este episodio. Solo a expensas de que alguna descendencia a la que le perdure estos recuerdos en su exilio interior, o se halle fuera de la localidad en el éxodo político o laboral, aportase algún detalle más, pero ya en todo caso sería menor.

El «Macaco» referido por Ángeles Núñez, se trata del vecino Gonzalo Pérez Salguero nacido en Jimena en 1909. Su padre fue Gonzalo Pérez, que fallecería por causas naturales en 1946, y su madre, Catalina Salguero Rosado. El «Macaco» estaba casado con Francisca Godino Gil, nacida en 1915, que en numerosas ocasiones sufriría detenciones, vejaciones y cárcel por parte de la Guardia Civil como hostigamiento para sacarle información acerca de dónde se hallaba escondido su marido, ante el rumor más que fundado de que algunas madrugadas, con el blindaje que le proporcionaba la complicidad del vecindario, se presentaba en su casa para verla, a la par que a su descendencia. Tenía dos hijos: Gonzalo Pérez Godino nacido en 1934 y Matilde Pérez Godino, posterior a junio de 1936. Se habla de una tercera hija "que se quemó en la candela". Tenido por persona respetuosa, nada radical, de buenos modales y hasta compasivos con quienes obligados por las circunstancias de aquel momento para que él sobreviviera, eran víctimas de sus golpes económicos o de las requisas de las armas que poseían para emplearlas como prevención en su defensa, aunque no las usara. Jamás disparó o hirió a alguna persona. Se había tirado al monte para no servir en el ejército de Franco. En el pueblo, su nombre no sonó como líder en primera línea por alguna actividad política o sindical sobresaliente durante la II República aunque se le posicionaba en la izquierda.

No huyó de Jimena cuando la toma militar por los sediciosos por encontrarse con su mujer Francisca y su hijo también llamado Gonzalo, entonces única descendencia, en la finca y colonia agrícola, “Buenas Noches” llamada igualmente “Hoyos de Guadarranque” entonces titular de Luis Vargas-Machuca Robledo, bien en las labores del carboneo o en el del corcho. Se le calificaba como “buena persona que tuvo mala suerte”. No obstante, cuando se echó al monte vivía ya en calle Yustos, cerca de su intersección con la calle Sevilla en su tramo del barrio arriba.

Si bien la titularidad de la finca "Buenas Noches" correspondía a Luis Vargas-Machuca Robledo, el administrador de la misma es el que aparece en la foto, su primo hermano, Ramón Vargas-Machuca Gómez al que le sucedió Teodosio Vargas-Machuca Delgado y a éste Ramón Vargas-Machuca Robau cuyo hijo mayor, Teodosio Vargas-Machuca García me ha facilitado esta foto de su bisabuelo.

Por sus acciones llevadas a cabo desde que se echó al monte, que ya habrá otro momento para detallarlas, bien pronto adquirió el atributo de hombre noble y muy arropado por las gentes humildes del pueblo y de las cortijadas que por donde pasaba pidiendo un plato de comida lo obtenía sin violencia alguna, sobre todo gustosamente de quienes habían sufridos represalias entre sus familiares por los sediciosos.

Su compañero de sierra que le era enormemente fiel, también jimenato, se llamaba José Moreno Moreno, «Calentito». Era el mayor de cinco hermanos, nacido el 2 de enero del año 1914, tenía 26 años cuando falleció, con domicilio en la calle La Loba y trabajador de campo como oficio. Sus padres eran Alfonso Moreno Cordovilla (nacido en 1884) y Juana Moreno Moreno (n.1891). Y sus hermanos: Antonio (n.1922), Ana (n.1924), Juana (n.1926) y Alonso (n.1935)

Y el enlace indispensable con el pueblo del que obtenía información para sus atracos, que sería la tercera muerte, correspondía a Francisco Montero Delgado, «Monterito», nacido en 1921, que gozaba de libertad de movimiento porque no estaba fichado por la Guardia Civil ni se sospechaba de él. Además, habitaba en la finca “Benazainilla”, a la que se llegaba por la ruta de la Cañillas. Era soltero y vivía con su madre, abuelos maternostíos y primos. Se trataba del hijo mayor del matrimonio, formado por Alfonso Montero Castro, nacido en 1896 pero fallecido prontamente en 1935 con 39 años, antes del inicio de la guerra, y por Lucía Delgado Ordóñez que vino al mundo en 1899. Los otros cinco hermanos eran: Antonio (n.1922), Isabel (n.1924), Lucía (n.1927), Alfonso (n.1929), y María la más pequeña que lo había hecho en 1932.

De familia de clase media propietaria de una finca, no pasaron por penurias en lo económico. No obstante, la pronta muerte del padre, motivó que el hijo mayor, a pesar de la joven edad que aún portaba, manejara y le sacara a capricho el dinero a la madre. Así, no le fue mal y se le notaba en la ropa que vestía y el dinero que gastaba desde el fallecimiento de su progenitor, de ahí que menos aún levantaran sospechas sus movimientos o sus gastos. Era físicamente muy guapo y atractivo según las muchachas de aquel tiempo, pero a la vez provocaba rechazo ya que se las daba de niñato señorito, muy chulo y violento en sus reacciones, provocando recelos a su alrededor, también por su maldad y por lo falso que era. Carente, en todo momento, de ideología política. Digamos que todo lo contrario a «Macaco».

Bar de Vargas, uno de los sitios, que estando al lado de la tienda de Pepe Núñez, frecuentaba «Monterito» para informarse de las transacciones de animales o de fincas que se sellaban en ese establecimiento. Figuran en la imagen los jimenatos: Sebastián Jiménez Gómez, Juan Mena Herrera, Máximo Mateo Coloma, Manuel Vargas Domínguez, el dueño, un desconocido y Juan Vargas Pino, el hijo del propietario. Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

Los frecuentes recorridos que hacía por los cafés y bares del pueblo tenían como objetivo obtener información de primera mano sobre las transacciones de tierras y de ganados que se cerraban, y que comunicaba de inmediato a «Macaco» de cara a las extorsiones o secuestros exprés a realizar en colaboración con «Calentito», siempre con la seguridad de la previa existencia de liquidez dineraria fresca a recaudar con inmediatez.

La reconstrucción de los últimos acontecimientos que se desarrollaron sobre esta tragedia nos sitúa en mayo de 1940. El sábado día 25 de ese mes, se hallaban durmiendo «Macaco» y «Calentito» en la choza que les servía de refugio clandestino, situada en la finca “El Olivillo”, en el monte “Majada del Lobo”, colindante a “Canuto Largo«, en pleno Alcornocales, a unos 425 metros de altitud sobre el nivel del mar, que bien conocía «Monterito» al hallarse tan solo entre tres y cuatro kilómetros de distancia de la finca “Benazainilla” donde vivía con su amplia familia.

Plano de situación: 1.- Finca "El Olivillo", donde tenían su escondite, «Macaco» y «Calentito». 2.- Puente de las Cañillas, carretera que parte desde Jimena a Puerto Galis y más allá a Ubrique. 3.- La finca "Benazainilla", donde vivía Monterito con su familia. 4.- Situación de la localidad de Jimena de la Frontera. 4.- La colonia Agrícola de San Pablo de Buceít2, entonces titular, como las fincas de su alrededor, del mallorquín y financiero, Juan March Ordinas. Fuente: Andrés Beffa García.

“El Olivillo” está distante del núcleo de población de Jimena, yendo por la carretera de las Cañillas más el carril que hay que tomar a mano derecha, a unos doce kilómetros. En línea recta son alrededor de ocho. Esta finca era titular de un matrimonio, ya mayor, Francisco Rodríguez Rodríguez, de 68 años, y María Dueña Gil, de 56, ambos oriundos de Cortes de la Frontera, que contaban con tres hijos, Francisco, José y María, que vivían con ellos, con edades comprendidas entre 31 y 19 años, pero que ignorarían esa presencia extraña en sus dominios.

Hasta allí, o a sus inmediaciones, se personó «Monterito». Aprovechando que tanto «Macaco” como «Calentito dormían les tiroteó a quemarropa. A continuación, avisada la Guardia Civil, al personarse en el lugar, encontraron a «Calentito» ya fallecido y a «Macaco» sangrando. Lo primero que les dijo el herido al verlos fue reprocharles que le hubieran disparado cuando él en varias ocasiones los había tenido en el punto de mira de su arma y no se le había ocurrido hacerles fuego. Los uniformados le respondieron que ellos no habían sido, que lo había realizado «Monterito». A lo que les contestó, que eso no era posible "porque «Monterito» es de los nuestros. Es compañero".

Recreación. «Monterito» tras cometer su fechoría de traición y cuando la Guardia Civil iba a buscar los cuerpos.

Se llevaron al muerto y al herido al pueblo escoltados. Tendidos bocabajo y amarrados sobre los lomos de un caballo de la propia cuadra de la Guardia Civil que estaba en el bajo del cuartel, dando a la calle Ceniza, los pasearon por las calles de la localidad para, según dijeron, que fueran identificados, aunque fuera para que sirviera de escarmiento, dejando a su paso un reguero de sangre. Tras el interrogatorio en el cuartel, lo pasaron al juzgado de calle San Sebastián donde fue requerido por el secretario, Rafael Rodríguez Torres, el médico Juan Marina Bocanegra de cara a informar sobre la causalidad de las heridas del «Macaco» y de las que había ocasionado la muerte de «Calentito».

Manuel Conteras Carrillo que conversó en la calle al cruzárselo con su médico Juan Marina Bocanegra sobre el estado de salud que ofrecía «Macaco». Foto: Retratos de Jimena. Ediciones OBA. Y, Teodoro Zar Alcoba.

A la salida del inmueble, al cruzarse el vecino Manuel Contreras Carrillo con el facultativo del que era paciente, le preguntó sí era grave el percance que sufría «Macaco», a lo que el doctor le respondió que en un principio la herida no debió ofrecer mucha importancia, pero al no ser tratada en su momento y con la sangre que había perdido, el estado que presentaba Gonzalo Pérez Salguero era más que preocupante. A continuación del juzgado, «Macaco» fue conducido al hospital de la Caridad de Algeciras donde falleció, siendo ya miércoles, día 29 de aquel fatídico mes de mayo de 1940.

El cruel de «Monterito», tras haber quedado en libertad después de su personación en el cuartel para dar cuenta de que había matado a «Macaco y a «Calentito»; después de la confesión que realizó «Macaco», donde le implicó con ser su enlace y por tanto haberse beneficiado económicamente de sus golpes, como cobro que recibía por la información que les proporcionaba para sus robos, se procedió a su detención. De su deseo de aparecer como héroe, en su error de cálculo al no haber rematado su traición, le llevó, en vez de obtener el pretendido ingreso en la Guardia Civil, como aspiraba lograr como mérito por estas muertes más que dinero, pasó a ser trasladado a San Roque donde le sería colocada una soga anudada al cuello. Para contemplar su ahorcamiento figuró como observador el que llegaría más tarde a ser su cuñado, Francisco Hormigo Durán, que ocho años después, contando ya con 31 años, se casaría con la hermana del ejecutado, Isabel Montero Delgado, de 24.

Entrada al Hospital de la Caridad de Algeciras donde fue conducido gravemente «Macaco» En el año 1752 se abrió para el uso hospitalario. Poseía dos planta y dos patios, y como dato curioso, uno de esos patios estaba habilitado como cementerio. En el año 1892, las hermanas de la Concepción se hicieron cargo del Hospital.

G.A.: ¿Cómo era tu casa en Jimena, mamá? Siempre la has recordado alegre y hermosa.

A. N.: Seguro que estará todo cerca pero en aquella época y en mis recuerdos la vida feliz era la casa y parece otro mundo el entorno, que estaba en función de la tienda, todo inmenso y muy lejos. Ni qué decirte lo que era para mí la distancia a otros pueblos.

El coche Ford que hacía el trayecto de ida y vuelta de la estación de tren a la entrada a Jimena al inicio de calle Romo subiendo y bajando pasajeros. A la derecha de la imagen sentado, Sebastián Zarza Vargas.

Hasta Jimena se llegaba en tren y para subir desde la Estación creo que había un autobús. La Estación también era un lugar importante por el paso de los trenes, con sus buenas fábricas y con bastantes abonados en el teléfono. Al menos, así lo tengo en mi recuerdo.

En la acera de mano izquierda la tienda de Pepe Núñez. Enfrente una "embarrá" en cuya cúspide se aprecia la ermita la Concepción ya en estado ruinoso Y a mano izquierda en todo lo alto la calle La Loba que conducía hasta el Castillo. Foto: Leopoldo Moreno Barranco.

Frente a la casa solo estaba la ermita derruida de Santa Ana. No recuerdo qué había detrás de esa capilla ruinosa. Me refiero a la calle paralela a la nuestra. Me suena la calle la Loba pero no sé ni si íbamos ni ahí ni al castillo. Mucho menos abajo del pueblo donde se recogían a los que venían de fuera a visitarnos como mis tías al llano de la cuesta del Calvario. Por allí, no atravesaba la carretera.

El Calvario que existió subiendo la cuesta de la carretera de acceso al pueblo y que se trataba, más allá de su connotación religiosa, de una seña de identidad y de ocio para niños y para jóvenes de aquella Jimena procedente de los finales del siglo XVIII y que permanece anclado en el recuerdo de Ángeles. Fuente: Retratos de Jimena. Ediciones OBA.

La casa donde vivieron mis abuelos paternos, Francisco y María, colindante a la tienda de mi padre, luego vivió la tía Magdalena, la mujer del médico Montero después de que volvieran de Málaga por la guerra y se encontraran la suya saqueada y destrozada en tanto a su marido lo encarcelaban, y anteriormente también vivió mi tío Frasquito con su mujer Florencia y sus dos hijas, María y Ángeles, antes de irse a La Línea, la recuerdo más bonita que donde vivíamos. Tenía una distribución más organizada de vivienda porque en nuestra casa estaba todo en función de la tienda pero era espléndida, muy linda. Todo muy cuidado. Eso sí, sin tonterías de lujos que no fueran para estar más cómodos. Era de tres plantas y mi padre siempre aprovechaba los espacios; la de la tienda, la de arriba de la tienda con sus dormitorios y la de abajo con el almacén. Al atravesar la tienda estaba la trastienda, o así se le llamaba y es que como no se cerraba el comercio había que estar montando guardia y a lo mejor, decían: “Núñez, que quiero alfileres” y había que levantarse y atender. Entonces allí estaba ese rincón para esperar en el hueco entre las escaleras que iban para los dormitorios y hacia abajo a esos salones que eran una hermosura y que servían a mi padre para tener los muebles y las cosas que más espacio ocupaban de la tienda. Lo más bonito era la planta baja, la de la tienda. A continuación de la trastienda, te encontrabas con la sala muy coqueta con unas cortinas preciosas y un salón con una vidriera que daba al campo y tenía una vista increíble. A la derecha, estaba el dormitorio de mis padres con la cama de matrimonio y a los lados, dos cunas que más que moisés eran dos camitas de setenta para mi hermano y para mí con una ventana que daba al salón. Pocas veces rememoré con mi madre esos momentos en los que todos dormíamos juntos. Ahora lo cuento y tengo un momento tierno de la vida. Me imagino que mi madre también. Tengo una foto en la que estamos los tres como enganchados: mi madre, mi hermano y yo. Preparada yo con mi lazo como siempre creo que es la imagen de la ternura y el cariño

Si bajábamos las escaleras llegábamos al sótano donde jugábamos muchísimo, mucho, mucho, mucho. Por delante de la vivienda no tenía ventana pero por la parte de detrás, sí. Algo bueno tenían las cuestas y en este caso, el desnivel sí permitía que se viese por detrás todo el campo. Las cuestas de Jimena tenían cagarrutas de las cabras que pasaban.

Al tener mi padre el estanco y la loza que recibía de la Cartuja de Sevilla, teníamos siempre unos cajones grandes, grandes, de madera y en ese salón inmenso dónde se almacenaban nos poníamos a jugar. Hacíamos trenes, barcos, aviones y un sinfín de cosas. Nos podíamos subir en ellos y meternos dentro. Era un sueño inalcanzable para cualquier otro niño. Fue ahí donde una de las vecinas que ayudaban en casa resbaló con una sopera de porcelana blanca con sopa y me echó el caldo hirviendo por encima. Pasé mucho con las quemaduras pero salimos y punto y aparte.

Las soperas que se empleaban para la conservación y para que no se enfriase las sopas, pucheros o potajes cuya vajilla se depositaba en el centro de la mesa cuando en las casas grandes de los señoritos desde la cocina al comedor había sus distancias, sirviéndose a la vez a los comensales incluso con la opción de repetir. En aquellas fechas de hambre y nulo poder adquisitivo eran las tagarninas, planta silvestre que se daba en abundancia en el municipio, las que por el día y por la noche suplían en los almuerzos y las cenas la carencia de otras alternativas.

En las épocas de calor, los tiempos en los que no estábamos en Cádiz, allí abajo era donde veraneábamos porque había una cocina magnífica con su buen fogón, con un saletón con su mesa y sus sillas. Pienso que de temperatura eran unos grados menos que en otras partes de la casa. Para calentarnos en invierno menos mal que teníamos la carbonera y así el brasero que no podía faltar tenía picón.

Mesa camilla con brasero, badila para remover el picón ardiente y protector para no quemarse en un descuido, tiestos tan socorridos en aquellos largos inviernos jimenatos de tanta humedad y de abundantes lluvias que paliaban los efectos de la bajada de temperatura a la par que servía para secarse de una buena lluvia. No eran normales en las casas de la localidad las chimeneas como otros pueblos andaluces de influencia castellana. Tampoco podía faltar en la el domicilio familiar casa tienda de Pepe Núñez.

El aseo, que para una casa tan grande solo estaba el de abajo, era adonde había que ir para cualquier necesidad. Con los años comprendí que en pocas casas había aseo.

Jimena se abastecía para el suministro de productos elaborados a través de una densa red de contrabandistas, matuteras o recoveras, que procedían de Gibraltar, zona libre de impuestos. Digamos que era un pueblo que históricamente tuvo una gran parte de su economía de subsistencia sumergida. Esos productos para la alimentación o para vicios, tabacos o alcohol duro, a la vez servía para paliar en parte el enorme desempleo que siempre tuvo y choque contra la estacionalidad de los trabajos en el campo y en el monte. Para ello había que sortear los controles gubernativos, de carabineros o guardias civiles, o cogidos in fraganti hacerles partícipes de parte de la carga con corruptelas para salvar el resto. Y entre esos productos anhelados para niños y mayores estaba la leche condensada y azucarada que tanto le gustaba a Ángeles.

En armarios con una tela metálica se conservaba la comida. Había una despensa encima de un poyete que servía para guardar entre otras cosas unos tarros de leche condensada. Todo olía a dulce en esas alacenas. Allí me subía yo y como tuviera dos boquetes la lata por estar empezada, me la tomaba casi entera. Era una travesura que siempre he recordado. Todo lo de la matanza de los cochinos también se guardaba en manteca. Para eso sí venían mujeres al patio que sí sabían preparar chorizos, sangre, morcilla, la carne… El pescado no era frecuente aunque siempre lo vendían por la calle quienes venían de Manilva. De mayor me dijeron que había muchos enfermos en Jimena de bocio y puede ser por la falta de pescado.

Un rincón del patio que tenía la ´casa que albergaba la tienda de Pepe Núñez. Foto: Clara María Garzón Núñez.

Tras esos salones había un patio lindo, precioso con su jardín, arriate y limonero. Venía un hombre siempre a cuidarlo. En el patio, a mano derecha se colocaban dos bidones inmensos para coger el agua de la lluvia que al menos, para regar, limpiar y el aseo se usaba porque no recuerdo que hubiera pozo. Al final, estaba el lavadero con su panera de corcho con todos los preparos necesarios de lavar y la carbonera o zona del carbón y otra salida a un patio mas rústico, de piedra, sin asfaltar, donde a la izquierda estaba el gallinero y a la derecha, los cerdos. Se quedaban en la cochinera engordando antes de mandarlos a la montanera. Durante años bromeamos con mis tías sobre una vez que se escapó un cerdo y las carreras que dio mi padre, sin mucha habilidad para cogerlo, tirándole del rabo.

En la planta superior estaban los dormitorios que eran sin la intimidad que ahora gusta. Había muchas camas con colchas de colores pero eran más bien salas con cortinas grandes, sin tabiques. Independiente, solo había un escritorio. En el frente estaban los dormitorios de mis hermanos los varones. A continuación, donde dormían las hermanas de mi madre que siempre, al menos, había dos y para mi hermana María, con una reja a la calle. Antes de llegar a los dormitorios, al subir las escaleras,  teníamos unas estanterías y,  por detrás, era donde estaba guardado el dinero porque en la guerra y después, no había nada que comprar y mi padre hacía paquetitos que echaba por detrás. Eso tan solo lo sabían mi madre y la persona de más confianza de mi padre en el negocio, que era mi hermano Pedro.

Había quien como Felipe, de la ferretería de más arriba de la calle, pasando el Callejón Techado, venía a comprar para gastar en la tienda el dinero que era inútil y a llevarse provisiones. Mi padre se disgustaba porque no le parecía que entre colegas de profesión se hiciese eso pero no lo discutía y sí lo protestaba.

El despacho de Pepe Núñez Gallardo y el teléfono que le sirvió para conocer a María Jesús Gómez García y contraer sus segundas nupcias tras haberse quedado viudo de Clara Piñero Quirós y con tres hijos, Paco, Pedro y María Núñez Piñero.

A mano derecha de las estanterías estaba el despacho o escritorio para cuando se sentaba mi padre a trabajar con los papeles de la tienda, con la máquina de escribir al lado. Ahí no se entraba ni se molestaba ni para jugar ni para saludar. Cuando la guerra, pasó mucho miedo mi padre, pero no por imaginación sino porque se multiplicaban por días en su entorno familiar y de amistades los muertos, presos o perseguidos.

Recreación sobre lo que es un zulo de doble falso techo

En esa habitación que era la suya tenía un falso techo o cielo raso que era como se le llamaba en el que cabía perfectamente y si venían a registrar o a “pegarle miedo», allí se quedaba en aquel escondite. No es que yo viera a mi padre escondido en el techo sino lo que hablaban los mayores y yo sabía que decirlo era meter la pata. De hecho es la primera vez que lo cuento y me cuesta mucho trabajo.

(CONTINUA EN ESTA 4ª PARTE: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2022/03/21/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento-conversaciones-en-tiempo-de-pandemia-4a-parte-21-03-2022/)

HAN PRESTADO TESTIMONIOS O HAN CONTRIBUIDO PARA ESTE RELATO EN LO QUE SE REFIERE AL APARTADO SOBRE EL EPISODIO DE LA MUERTE DE MACACO:

Andrés Beffa García, Juan Manuel Contreras Moreno, Lucía Coronil Montero, Luis García Bravo, Cristóbal Hormigo Montero, Leopoldo Moreno Barranco, Pepe Quirós Sánchez de Medina, Teodosio Vargas-Machuca García.

BIBLIOGRAFÍA

«La guerra de mi padre». Leopoldo Moreno Barranco. Algeciras. 2016.

«El maquis en la provincia de Cádiz». Manuel Pérez Regordán. Sevilla. 1992.

«Cuadernos de la guerrilla antifranquista. Jimena de la Frontera. 1939-1954». Luis García Bravo. 2011.

«Y Jimena se vistió de luto». José Manuel Algarbani Rodríguez. Diputación de Cádiz. 2011.

«La posguerra en Jimena». Ángeles Vázquez León. Editorial Regueira. 2000.

OTROS EPISODIOS DE ESTA SEMBLANZA

Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (1ª parte) (23.11.2021): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/11/23/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento/

Érase una vez en Jimena y no es cuento. Conversaciones en tiempo de pandemia (2ª parte) (01.03.2022): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2022/03/01/erase-una-vez-en-jimena-y-no-es-cuento-conversaciones-en-tiempo-de-pandemia-2a-parte-01-03-2022/

OTRAS ENTREVISTA REALIZADAS A NONAGENARIOS JIMENATOS

ENTREVISTA DE MÓNICA ONCALA GIL A JUAN GIL PLATA (11.05.2021):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/05/10/entrevista-de-monica-oncala-gil-a-juan-gil-plata/

FRANCISCA, POETA EN LA INTIMIDAD QUE QUISO SER PERIODISTA. ENTREVISTA REALIZADA POR IGNACIO TRILLO (26.04.2021): https://ignaciotrillo.wordpress.com/2021/04/26/francisca-poeta-en-la-intimidad-que-quiso-ser-periodista/

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