¿QUO VADIS, `CIUDADANOS´? (06.04.2019)

Posted on abril 6, 2019

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¿QUO VADIS, `CIUDADANOS´?

CARTA ABIERTA AL “EXTINTO” ALBERT RIVERA

Ignacio Trillo

Estimado señor, Alberto Carlos Rivera, otrora Albert Rivera:                                                                                 

Me dirijo a usted un tanto turbado ante la deriva sin rumbo que con su impulso lleva tomando la formación naranja que preside.

Constato por todas partes que su extravío político y los últimos fichajes realizados procedentes de la almoneda de otros partidos,. tienen sumidos en el más profundo desconcierto a militantes y simpatizantes de Ciudadanos. No hablemos de su cuerpo electoral en desbandada con destino, dicen las encuestas, a lugares muy dispares.

Los fichajes realizados por Alberto Carlos Rivera en vez de estar basados en la excelencia los ha hallados en la cuenta de resultados negativa de otros partidos en la partida de personajes amortizados. La imagen que aquí muestra Rivera no es muy gratificante. En clara fuga hacia adelante, llenar a un partido de tránsfugas ideológicos, es como una bomba de relojería, ya que rotos por los fichados principios y valores, suelen ser reincidentes. En las fotos, Alberto Carlos Rivera, José Ramón Bauzá, Soraya Rodríguez, Silvia Clemente, Celestino Corbacho, y Joan Mesquida.

En momentos trascendentales para España y su futuro, no es de recibo el agujero que su deslizamiento hacia la derecha más rancia origina en su cuerpo electoral, dejando huérfano a una gran parte de sus votantes, un segmento de los cuales, procedentes de clases medias y con formación ilustrada, únicamente les va a quedar el próximo 28 de abril la opción de abstenerse o elegir una candidatura progresista.

En aras al interés general de España debería remover en su conciencia un sentido conceptual de la Política con P mayúscula; eso que tanto le place en verbalizar pero que tan poco practica: la responsabilidad de Estado y la necesidad de no contribuir más al cortoplacismo electorero, la falacia, la estéril confrontación o el rumbo con destino a ninguna parte positiva.

Son múltiples los desafíos que hay pendientes en España, unos relacionados con las profundas transformaciones a implementarse para que culmine su proceso de modernización, así como para el cierre dialogado y pactado en el marco constitucional de la estructura territorial tendente a que se refuerce la unidad desde la pluralidad, a la par que para avanzar en un nuevo modelo económico de sostenibilidad económica y ambiental basada en la cohesión social, como para que siga sumándose al fuego de agoreros y antiguallas que pretenden atizar la convivencia democrática, en la lógica involutiva de,  a río revuelto, ganancias de desestabilizadores.

No le debería pasar desapercibido el eco negativo internacional de sus últimos posicionamientos. Más aún que haya trascendido al quebranto acelerado de su organización para remontar vuelo propio y atravesar la accidentada orografía pirenaica, recorriendo las cancillerías europeas e instalándose con temor entre sus partidos homónimos tenidos hasta hace nada como aliados.

En esta preocupación, habrá recibido noticias de la desafección que entre otros le producen sus políticas al presidente de la República francesa, señor Macrón.

Emmanuel Macron, manifestando a Pedro Sánchez que tras las elecciones generales en España, reforzará sus vínculos con el PSOE.

El político galo, ha aventurado, para después de las elecciones del 28 de abril, llevar a cabo una política de alianza con el centenario PSOE cuyo secretario general es el señor Sánchez; el mismo al que tiene declarada la guerra con su baldío como patético cordón sanitario excluyente, incluso con el ridículo expresado de descartarlo del bloque constitucionalista.

Y bien debería saber las graves repercusiones que puede reportar para su formación, que quedaría aislada y ninguneada en el trascendente calendario inmediato que tiene la Unión, donde no solo figura en el horizonte el Brexit, sino también los comicios al Parlamento europeo y la ulterior renovación de la presidencia de la Comisión, del Consejo, del Banco Central Europeo, la Alta Representación Exterior…

Como tampoco le habrá pasado desapercibido que quien hace esta declaración desde el palacio del Elíseo sabe mucho de lepenismo -fenómeno de extrema derecha y antieuropeista más propio de un pasado bélico que se creía enterrado tras el final de la Segunda Guerra Mundial, pero que como fantasma novedoso recorre de nuevo el viejo continente y contagia a España- así como la forma de hacerle frente como apestado a través de su incomunicación política. Es decir, todo lo contrario a lo que usted practica con Vox en España.

Emmanuel Macron y Alberto Carlos Rivera, dos formas bien distintas de abordar el desafío de la extrema derecha nacionalista y antieuropeista, uno aislándola y el otro blanqueándola. 

Y es que cuanto viene proponiendo, va con el pie cambiado con respecto a lo que la derecha civilizada, el centro progresista y la izquierda reformista europea vienen planteando y realizando en el presente; no solo por el citado señor Macrón, sino igualmente, por: la señora Merkel, el Partido Demócrata italiano, el Gobierno luso de Antonio Costa, el premier griego, señor Tsipras, o la recién vencedora en las urnas eslovacas, la señora Zuzana Caputova.

Como bien tendría que conocer, a lo largo y ancho de la mayor parte de la era moderna y contemporánea de la historia política y social de nuestro hemisferio occidental, solo en España se careció de una derecha moderada y reformista con vocación de centralidad en el mapa electoral, a diferencia de lo sucedido en países de la geografía europea que gozan de una gran estabilidad democrática, caso de Francia o Alemania.  

La derecha caciquil y dictatorial que caracterizó el último tercio del siglo XIX y casi dos tercios del siglo XX, marcó la excepcionalidad de España en relación con las democracias avanzadas. En la imagen, Antonio Cánovas del Castillo, Miguel Primo de Rivera y el genocida de la pelliza, Francisco Franco.

La excepcionalidad política de España en la Europa occidental no es de ayer. Vino marcada desde el sistema caciquil y clientelar que fallida la revolución industrial burguesa implantó la Restauración canovista en 1876. A continuación, por el sistema autoritario y represivo que largamente sufrimos, obligando finalmente a que la única forma posible de salir de esa dinámica que alargó la última Dictadura, la franquista, consistiese en aunar voluntades contrapuestas que convivieran de forma dialogante durante una transición donde se pactara lo fundamental y lo que unía, aparcando cada cual sus diferencias, para posibilitar la instauración y consolidación de un sistema democrático que fuera por fin duradero. 

En este sentido, fuerzas políticas de diversas índoles y contrapuestas entre sí tuvieron que entenderse, como las que procedían de la oposición al franquismo y las evolucionadas de su interior que aspiraban, acordes con los vientos europeos, a reconvertirse en derecha civilizada.

Lo significó el partido de la UCD del que un día dijo sentirse orgulloso heredero, aunque bien pronto se olvidó ante la praxis política con que viene encallando.

El consenso y el diálogo político presidió la Transición política que hizo posible que España pasase de un modelo dictatorial a una democracia homologada con la de los países europeos avanzados.

De esta única forma y bajo el método del diálogo se consensuaron grandes avances. Desde la elaboración de una Constitución, hasta adentrarnos en una etapa enormemente positiva para la consolidación de la democracia que continuó con la ulterior entrada, ya con Felipe González, en la entonces Comunidad Económica Europea, donde quedó asegurado el Estado de Derecho y el avance en la calidad de vida de la ciudadanía.

El 12 de junio de 1985 el presidente del gobierno, Felipe González, y el ministro de Asuntos Exteriores, firman la adhesión de España a las Comunidades Europeas. El 1 de enero del año siguiente la adhesión entraría en vigor. El Estado de Derecho y del Bienestar daban un paso agigantado en España.

Todo lo anterior se produjo a pesar de la crisis económica atroz que asolaba a España, coincidente asimismo con la obligada reconversión del modelo económico obsoleto que el autárquico régimen franquista había legado, unido a tener que hacer frente a los golpistas que eran alentados objetivamente por la cruel y asesina banda terrorista de ETA que no paró de alimentarlos.

Analizar hoy a políticos como Alberto Carlos Rivera y pretender equipararlo con el estadista Adolfo Suárez, es abrir igualmente el melón de comparar el nivel de esta clase política de hoy en día con la que realizó la Transición.

Pero quedó bien claro que aquella clase política no tenía nada que ver por su nivel con la actual.

No obstante, la pronta desaparición de la UCD nos despertó del espejismo en que creímos sumergidos, consistente en que por mera aproximación a Europa, su existencia se había producido de forma automática y sin marcha atrás, como nueva representante de los intereses de determinadas capas económicas y conservadoras de la derecha, habiendo dejado atrás el devenir histórico tan mezquino y convulso que había tenido. Pero lamentablemente no fue así.

Las constantes conspiraciones internas la erosionaron y las presiones externas propiciadas por importantes sectores fácticos heredados de la Dictadura, muchos de los cuales quedaron instalados en su actual aliado natural, el PP, arruinaron su porvenir histórico ocasionando su voladura.

La imagen que quedó más marcada de aquella fatídica fecha del 23F. Los golpstas intentando tirar al suelo al ministro de Defensa, el general Gutiérrez Mellado, símbolo militar de la legalidad y lealtad constitucional, en tanto Adolfo Suárez con arrojo se enfrentaba a los uniformados armados. 

A pesar de todo, siempre quedó el grato recuerdo de aquel presidente del Gobierno de España que hacía frente con arrojo a las furibundas presiones de nostálgicos del pasado franquista que en las calles no paraban de gritarle: `Suárez traidor´ y `Suárez al paredón´, acompañados de los típicos reproches que no vienen solo de ahora: `España se rompe´.

No sé si habrá caído en este momento de la lectura que los que chillaban en aquel tiempo eran los padres políticos de los hijos y nietos que el pasado diez de febrero se concentraron en la plaza de Colón con las proclamas de: `Sánchez dimisión´, `Sánchez okupa´.

Quizás por eso le debería resultar más extraño si cabe que participara y se prestara a figurar, a diferencia de su alcaldable, señor Valls, que salió escopeteado, en ese retrato en blanco y negro de la España carpetovetónica del No-Do que le va a marcar políticamente de por vida.

La plaza de Colón con el fiasco de ser acompañados por una minoría de concentrados, las planas mayores de los partidos PP, Cs y Vox. Envalentonados, festejaban su entrada en la Junta de Andalucía a la vez que ponían una piedra más para ofrecer al pueblo español la oportunidad de que sus votos unidos les pudiera llevar próximamente a la Moncloa. El discurso y pensamiento único estuvo centrado en la petición de “Sánchez dimisión” y de deslegitimación de su elección totalmente realizada de forma constitucional. al grito de, “Sánchez okupa”. Por supuesto, en la incontinencia verbal estaban las falacias de las concesiones a independentistas y a etarras, hecho que quedaría totalmente desmentido días después cuando el Gobierno de Pedro Sánchez no obtuvo el apoyo parlamentario para aprobar los presupuestos y sin estar obligado, en vez de prorrogarlos como hizo Rajoy, disolvió la legislatura, dándose la paradoja de no ser muy bien recibido por los que precisamente lo tenían como su único programa electoral.

Como repicando y estando en misa, señor Rivera. Realzando al estadista Adolfo Suárez y a la vez comportándose como aquellos furibundos antidemócratas que pretendieron derribarlo.

Solo por eso, señor Rivera, unido a los bandazos que ha llevado a cabo desde su nacimiento político, -¿recuerda el tórrido verano del 2016 que se pegó pregonando que nunca votaría a Rajoy?- usted ya no es de fiar.

Completando el recorrido histórico por el desconocimiento que hace gala sobre nuestro reciente pasado, decirle que tras la caída de la UCD y aprovechándose de ese vacío, reapareció en el ruedo hispano, ya con aires de protagonismo y ambicionando la transversalidad, la representación política de la derecha casposa de toda la vida, primero con Fraga y luego con Aznar, y con ello: la crispación, el fin del diálogo y del consenso –¡váyase señor González!– frenando cualquier posibilidad de continuar con las reformas que seguían siendo imprescindibles.

Con la llegada del PP de Aznar a partir de 1989 y habiendo desaparecido, primera la UCD y posteriormente el CDS, ambos fundados por Adolfo Suárez, esa derecha vio sin competidor el centro político que la moderase, el campo quedaba abonado para desarrollar su historia de siempre. Tras perder las elecciones de 1993, emprendió una oposición frontal y desestabilizadora contra el Gobierno de Felipe González, contando a favor los casos de corrupción que estaban saliendo a flote de las filas socialistas, en tanto el PP ya tenia consolidado, una vez superado el susto por el caso Naseiro que se cerró en falso, en toda su estructura partidaria, una financiación privilegiada como ilegal  para sus derrochadoras campañas electorales y para sobresueldos en negro a sus dirigentes, y cuyas mordidas fueron engordando y extendiéndose conforme accedían a más instituciones a cambio de obras o servicios públicos, representando su clímax total con la apropiación, porque así las tomaron para realizar sus saqueos, de la comunidad autónoma de Valencia con ese tándem que se sucedió, Zaplana-Camps, en tanto Rita Barberá actuaba desde el ayuntamiento, Alfonso Rus desde la Diputación valenciana y Carlos Fabra desde la de Castellón, y luego en la Comunidad de Madrid con Esperanza Aguirre, a través del soborno del Tamayazo a dos diputados del PSOE.

Pues bien, esos son sus aliados vigentes por mor de su errónea y apestosa decisión.

Albert, hoy Alberto Carlos, tras verse retratado con su no apoyo a la moción de censura para derribar el Gobierno del partido condenado por corrupción, todo su esfuerzo quedó destinado a asociar a Sánchez a independentistas y a etarras, a pesar de que la organización terrorista lleve años desaparecida, y en emular a José María Aznar a la hora de deslegitimar a un presidente y a un gobierno constitucional. 

Es más, tras la etapa gubernamental de Zapatero, unos cuerpos del Estado y una justicia cada vez más profesionalizados, comenzaron a sacar a la luz la corrupción estructural y acumulada que envuelven al PP desde sus orígenes hasta el día de hoy.

El hecho del apoyo de Ciudadanos en el otoño del 2016 a una nueva investidura de Rajoy, así como a no sumarse posteriormente a la moción de censura tras la sentencia judicial de condenó al PP por corrupción, ha hecho huir el voto regeneracionista que obtuvo en los dos anteriores comicios. 

Como bien sabe, son de una podredumbre tan extrema que es imposible de asimilar y sonrojan hasta a cualquier profano. Más aún, debería ser su caso, como el de su partido, autoproclamado como regeneracionista y hoy sin embargo aliado natural de esa mafia cuyas penúltimas cloacas estamos conociendo estos días.

La plana mayor de la que dependía la mafiosa policía “patriótica”, eufemísticamente denominada, “Brigada de Análisis y Revisión de Casos” (BARC) que se dedicó, aparte de seguir escarbando en el 11M y en la operación Faisán, a espiar y elaborar dossieres falsos sobre dirigentes de Podemos y de la esfera del independentismo catalán, para ser publicados por el OK Diario de Inda y el diario El Mundo, y así ir eliminando adversarios políticos.

Me refiero a lo que viene denominándose, policía “patriótica”, dirigida supuestamente por un ministro del Gobierno Rajoy, con brazo mediático subvencionado, y con financiación a cargo de los presupuestos públicos y de los opacos fondos reservados, persiguiendo como objetivo a la calabresa, la eliminación de los adversarios políticos del partido que refundara su admirado señor Aznar.

Y ante ello, su silencio cómplice -será porque bastante tiene con el fraude que ha acontecido en sus primarias- y la reiteración de formar con los corruptos y apoyado en el viejo fascio un futuro gobierno de coalición.

Ante el panorama político actual, de cierto ascenso del conservadurismo, Ciudadanos abandonó el centro para pescar votos en la derecha radical y en la fascistoide, con el boomerang de perder electores que han desertado en dirección al PSOE y otros tantos que para voto de derecha les merece más confianza las de marca originaria, según han coincidido las encuestas. 

¿Cómo puede Ciudadanos, por muy recién nacido que sea y quiera demostrar en su desnorte presente haber llegado a la política sin saber nada de nuestro pasado histórico, a la vez que renunciando a los principios teóricos, regeneracionismo y reformismo progresista, que dieron sentido a su parto, arrojar sombras de dudas y dar cartas credenciales acerca de quién es o no constitucionalista en tanto contribuye al blanqueo de Vox?

¡Cuánta osadía proporciona la ignorancia y la carencia de convicciones!

Esté vigilante, señor Rivera, al 28 de abril. El que avisa no es traidor. Atentamente.

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