LA SANIDAD DE JIMENA (1950-1970) 2ª PARTE (03.07.2017)

Posted on julio 2, 2017

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XXIV JORNADAS DE HISTORIA Y ARQUEOLOGÍA DE JIMENA DE LA FRONTERA

“Vida y prodigio de la sanidad en el municipio de Jimena de la Frontera (1950-1970)” (2ª Parte)

Ignacio Trillo

19.05.2017. Presentación de mi conferencia por el farmacéutico y Cronista Oficial de Jimena, José Regueira Ramos. Foto de Gabriel Meléndez Duarte.

El pasado viernes, 19 de mayo del presente año 2017, promovido por la Asociación TANIT y por empeño del cronista oficial local, José Regueira Ramos, fui amablemente invitado a impartir una conferencia sobre la sanidad rural que conocí en mi primera etapa de la vida transcurrida en el municipio de Jimena de la Frontera. A ello responde el presente texto escrito que hago público ahora en su segunda parte, tras haber publicado también aquí la primera.

A continuación a estos dos apartados, le sucederá toda una serie de monografías biográficas sobre los sanitarios que ejercieron en este municipio en condiciones nada fáciles y cuyo conocimiento sorprenderá por la riqueza que contienen sus trayectorias profesionales y proyecciones sociales.

3.2.- Centros de salud: Las casas de los médicos.

Las atenciones a los pacientes en aquella época (1950-1970) se efectuaban en los domicilios de los médicos. A cuenta de sus economías particulares corrían los gastos derivados de la instalación de las clínicas, su mantenimiento y limpieza, así como la sala de espera y los distintos aparatos sanitarios necesarios para la curación de los pacientes, desde los más elementales hasta los Rayos X que era el no va más tecnológico de aquel entonces.

Año 1951. Calle San Sebastián, a pie de la casa, se observa el escalón de entrada, donde nací y tenía la consulta médica mi padre, Aquí de la mano de mis progenitores aprendiendo a andar. Detrás de mi madre, que está vestida de luto por la muerte de su padre, mi abuelo Bartolo, asomando la cabeza, la vecina, Ángeles Gil, mujer del barbero, Juan León, que aparte de pelar el cabello también sacaba muelas. Año 1951. Fuente: Foto propia.

Las familias servían también para tomar los recados de las visitas domiciliarias a efectuar a los enfermos, fueran solicitadas directamente en los domicilios del facultativo o mediante llamadas telefónicas. No había un horario determinado y al no existir ningún centro para las urgencias la disposición de los médicos eran las veinticuatro horas a lo largo de todo el año, hasta que entrados los años sesenta lograron un mes de vacaciones. Hasta entonces, cualquier ausencia del pueblo por el motivo que fuera era comunicada a los colegas de profesión para que en tanto regresaran se hicieran cargo de cualquier atención sanitaria o urgencia que se requiriera.

Poco había cambiado la situación desde que en el siglo XVIII se definía al médico de cabecera como: “profesional que trabaja en exclusiva para una ciudad o un pueblo como funcionario facultativo”. Sus obligaciones consistían en: “asistir a los enfermos que fueran naturales y habitantes de la localidad, que les llamen de día o de noche, cobrando por cada visita a excepción de los pobres”.

3.3.- La remuneración a los médicos

Año 1957. Cartilla de los pobres de la beneficencia municipal. Ayuntamiento del jienense pueblo de Alcalá la Real. Fuente: Blog Fuente Álamos, pedanía.

No era fácil saber lo que ganaba mensualmente un médico en aquel tiempo en cuanto su salario venía atomizado en distintos haberes, todos ellos en cuantías muy modestas, acordes a las condiciones de penurias del momento. Una parte procedía de la Caja Nacional Asistencia Pública Domiciliaria, y la otra venía del Ayuntamiento que era el competente en expedir lo que se llamaban las cartillas de auxilio médico para la asistencia gratuita a los pobres, es decir la beneficencia, y cuyas cantidades dependían de las disponibilidades económicas de las entidades locales, siempre muy limitadas.

Año 1948. Comunicación del gobierno a las empresas sobre la puesta en vigor por Decreto de los Seguros Sociales Obligatorios. Fuente: Biblioteca Póblica de Gines.

Los seguros privados y el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) se habían establecidos como imperativos hasta hacía poco tiempo, con la entrada en vigor de la Ley de Bases de la Sanidad Nacional (año 1944), exigible tanto para las empresas como para los sectores agrarios en su inmensa mayoría bajo economía sumergida.

Año 1953. Carnet del Instituto Nacional de Previsión para la asistencia médica del paciente. Fuente: Biblioteca Pública de Gines.

También tenían un ingreso procedente del sistema de “igualas”, que era muy popular, y facilitó el desarrollo, a finales del siglo XIX y primeros del XX, de cientos de pequeñas mutuas y “cajas de enfermedades”, que en 1908 dieron origen al Instituto Nacional de Previsión (INP), y por el que cada paciente pagaba una cantidad fija al mes para recibir la asistencia sanitaria.

Y por último, existían otros seguros individuales para accidentes provenientes de entidades privadas como El Ocaso, e incluso seguros asociados a determinadas enfermedades, como la Tuberculosis.

el ocaso seguro individual

Año 1947. Póliza de accidentes de Seguros Ocaso. Fuente: Todacolección

Y quienes decían no poseer nada de dinero para pagar la atención y no tenían la consideración reconocida de pobres por el Ayuntamiento, dejaban a deber la consulta o la urgencia que se tratara, pasando a engrosar la larga lista de la cartera de morosos que tenía un médico, casi imposible de cobrar. Deudores que hallaban la oportunidad, bien en Navidad o en la fecha de la onomástica del doctor, para hacerle llegar huevos, un pavo, una gallina o un conejo vivo de regalo, y así considerar saldada la trampa, o que el facultativo se olvidara de la misma a la vez que debía sentirse agradecido.

miguel ángel y yo granja jimena

Año 1958. Con mi hermano, Miguel Ángel, rodeados de gallinas. Fuente propia.

En dichas fechas, el almacén de mi casa, el soberao, parecía una granja. Repleto de ejemplares de aves de corral, esperaban su sacrificio para servir de manjar.

3.4.-Las especializaciones, los horarios y las urgencias

Un médico rural de entonces, tal como ya se ha indicado, estaba de guardia las veinticuatro horas todos los días del año, excepto el mes de vacaciones que consiguieron los médicos ya entrada la década de los sesenta y a costa de que el otro doctor del pueblo atendiera a los pacientes, ya que su puesta en vigor no contempló inicialmente a médicos sustitutos.

Entrada en aquel tiempo a la Línea de la Concepción. Fuente: Blog Todocolección.

Recuerdo por tanto, a partir de cuando tuve uso de razón, cuando mi madre nos llevaba en el mes de julio a la Línea de la Concepción a la Pensión que poseía mi tía María Huertas para que nos bañáramos en la playa de la Atunara, donde nunca nos acompañaba mi padre por razones de trabajo.

En aquel tiempo, los médicos asistían a las más variadas situaciones sanitarias que se presentaran, fueran de la especialidad que se tratara, y en caso excepcional, de extrema gravedad o complejidad, emitía “un volante” para que el caso clínico fuera abordado en el hospital de Algeciras u otro comarcal.

La placa profesional que había en la puerta de mi casa ponía la especialidad de mi padre: enfermedades del pulmón y del corazón, pero realmente atendía la medicina en general. Igualmente acontecía con su colega, Juan Marina Bocanegra, que en este caso su especialización era ginecología.

El barbero sacamuela. Fuente: Blog de Vodafone.

Era una época en que no existía la especialidad de odontólogos con presencia en el pueblo, a pesar de que el agua que bebíamos era propensa a dejar grandes rastros de caries y otras afecciones dentales. Este vacío era cubierto por los barberos. En el caso de Jimena, Salvador Rocha Rey en el barrio arriba y Juan León Luque en el barrio abajo. Ambos, llamados también sacamuelas, se afanaban a extraer piezas dentales de aquellos que ya no podían resistir más el dolor y el sufrimiento.

En este sentido, al barbero, Juan León, vecino que era colindante a la casa donde viví, le observé arrancar alguna que otra pieza dental a pelo, sin anestesia local, sirviéndose de unas tenazas iguales a las que se emplean en las carpinterías. Los gritos de dolor provenientes del paciente en el instante de producirse la extracción, eran oídos en toda la calle y alrededores. También reparé cómo los afligidos salían de la barbería con los pómulos hinchados y un trapo impregnado de alcohol, coñac o aguardiente, al gusto de la víctima, metido entre la encía y el interior del labio para prevenir posibles infecciones e intentar cortar el chorro de la hemorragia de sangre producto del atroz arrancamiento.

En aquella era, aparte de los avisos de pacientes para ser visitados fuera del horario de consultas por imposibilidad de desplazarse o por una emergencia que se había presentado, también se vivían por los familiares de los médicos, episodios clínicos cuando se personaban las emergencias a altas horas de la noche aporreando la puerta de la calle. En este caso, despertaban a toda la familia del médico ante los impaciente y bruscos golpes de los picaportes metálicos. Aún no existían los timbres eléctricos.

Año 1978. Aurelio Collado Riquelme, con su taxis, sería uno de los que más transportó a médicos con destino a los domicilios en el campo de los enfermos. Fuente: Familia Collado Saraiba.

En las casas de facultativos de profundos sueños, a veces no bastaba con esa llamada y recurrían a palmetazos sobre la madera del portal, hasta que desde el interior se oía la respuesta con un: “¡ya va!”.

Sí se trataba de algún caso de atención sanitaria situado en el extrarradio de la localidad, en fincas agrícolas o forestales, cuyos accesos eran impensables que se pudieran efectuar por las escasas y horrendas carreteras existentes, los familiares del enfermo a visitar venían acompañados de caballería para el traslado del médico.

El trayecto, hasta llegar al lugar donde se encontraba el enfermo, podía durar horas. Llegaba a ocurrir que entre el viaje de ida y vuelta más el tiempo de trato al paciente era obligado que el médico pudiera ausentarse del pueblo todo el día siguiente. No representaba nada especial porque se estaba perfectamente habituado. Mientras tanto, las urgencias y atenciones médicas que surgieran en el pueblo las cubrían los otros médicos.

Con el paso del tiempo y aparecer los taxis y luego coches particulares así como mejores vías de comunicación, esos familiares de enfermos se presentaban con vehículos alquilados o propios para recoger al médico y llevarlo hasta donde pudieran acceder. El resto se hacía con caballería. Así se ahorraba un preciado tiempo.

Hubo quien abusara de esa hora nocturna para así recibir inmediata atención médica. Pero como en un pueblo al final y desde el principio todo el mundo se conoce, también encontraría la réplica socarrona de la negativa por algún facultativo.

En esta dirección, siendo un reiterado reclamo en la personación nocturna para casos que podían esperar al día siguiente, un padre se presentaría una madrugada requiriendo el traslado del facultativo para el cuidado urgente de su hijo. Al salir el médico al balcón y verlo, le preguntó con sorna que esta vez de qué se trataba. Encontró como respuesta: “Doctor, mi hijo que anda malo y lleva tres días sin querer comer”. La respuesta ante esta descripción que no requería apremiante percepción y podía esperar un cuarto día, no se hizo esperar: “Dale al niño un bocadillo de jamón y por la mañana te pasas por la consulta para contarme cómo le ha sentado”.

3.5.- Anecdotario de las atenciones médicas de urgencias diurnas.

Entre los muchos trances curiosos que conocí relacionados con la profesión médica de mi progenitor y también enmarcada en la España profunda de entonces, me vienen a la memoria algunos casos, que con su relato estoy seguro que en nada violo el secreto profesional.

La primera, sucedió una tarde primaveral. Sobre las veinte horas sonó una llamada con el pomo en la puerta de entrada a la casa, ya atravesado el portal de la calle y el zaguán que servía de sala de espera antes de pasar a la clínica. Me tocó observar por la mirilla del postigo de quién se trataba. Tras reconocerlos, seguidamente, abrí la puerta. Era un matrimonio que vivía en calle Sevilla en la transición entre los dos barrios, el de abajo y el de arriba, casi enfrente del callejón Caminete de Luna. Ella lloraba desconsoladamente. Él, portaba un trozo de tela manchada de sangre que cubría el brazo izquierdo que traía en cabestrillo. Le respondía, ante el estado de nervios que ofrecía su mujer, en tono tranquilizador, con un: “tonta, no seas tonta,… si esto no es nada”.

Inmediatamente, avisé a mi padre que aún andaba por casa. Era la hora en que solía ir al bar de Ernesto Cuenca Cobalea a tomarse con sus amigos una copita de fino La Ina con una tapa antes de la cena. Y en invierno de noches frías lo hacía, enfrente de ese establecimiento, bajo la mesa camilla del brasero de la tienda y tasca de Luis Luque Huertas.

Les hice pasar directamente al interior de la clínica. El rudo y duro hombre, que venía de trabajar del campo, se excusó al presentarse mi padre, por no ser la hora habitual de las mañanas en las que solía recibir a los pacientes, expresando con aplomada frase: “perdone usted, don Juan, por la hora. Yo quería esperar a que mañana por la mañana me viera, pero, ya entiende cómo se ponen las mujeres. Por no aguantarla más, aquí me tiene”.

“¿Qué le ha pasado?”, le preguntó mi padre; “pues nada, un cortecillo que me he hecho en el brazo partiendo un tronco”, le respondió el accidentado.

Hacha cortando un tronco. Fuente: Blog Supervivencia y Naturaleza.

En medio, me encontraba presente al haberme hecho pasar mi progenitor a la clínica por si tenía que echarle una mano para acercarle la gasa, el algodón, el alcohol, o lo que hiciera falta. Pero cuando comenzó a desenfundar la tela que le vendaba el brazo, me dijo que me pusiera de espaldas para no contemplar la más que posible envergadura de la herida.

En ese instante, le oí decir, a mi padre: “¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!,… ¿cómo se ha podido hacer esto?”. El hombre, sin inmutarse ni quejarse, le dijo con total parsimonia: “Pues muy sencillo, don Juan: por culpa de un despiste muy tonto me he clavado el hacha en el brazo”.

Después de curarlo, me comentó mi padre que le había llegado la herida a la altura del hueso y traía parte del brazo abierto y medio colgando. Antes, se puso mano a la obra, le hice llegar varios rollos de vendas, algodones y esparadrapos, y le cogió numerosos puntos.

Al final, cuando se despidió el siniestrado, que no se quejó de nada durante todo el episodio de la cura sin anestesia, quedándole muy agradecido, se dirigió a continuación a su mujer reprochándole: “¿Lo ves como no era nada?, hay que ver la que lías por cualquier chalaura…”

Me quedé atónito con tan solo pensar que ese fornido hombre con tal de no molestar al médico hubiera podido aguantar sin curarse toda la noche, a pesar del hachazo que había impactado en su brazo. Menos mal que estaba su mujer para traerlo, reflexioné, aunque hubiese sido a rastras o en volandas.

La otra ocasión, un tanto esperpéntica, acaeció ya bastante avanzado los años sesenta cuando nos hallábamos de vacaciones en Torreguadiaro. Sobre las siete y media de la mañana, irrumpió una sucesión de nerviosas llamadas en la puerta del chalet estival donde nos hallábamos en tanto dormíamos. Pensamos, al oírlo, que se trataría de un coche accidentado, producto de la peligrosa curva existente cerca de donde nos encontrábamos. Más de una vez había ocurrido.

Medio dormido escuché la voz de mi madre procedente del dormitorio de mis padres que me decía: “¡niño, atiende la puerta, a ver qué ha pasado!”. Me incorporé de inmediato a la posición vertical. Entreabrí el portal de entrada y una familia, que decía ser de Ubrique, se encontraba a la puerta de la casa solicitando la rápida intervención del médico.

Entre los presentes, una mujer con una toalla cubriendo su cara. Gritaba de forma poco entendible: “¡ay, mi quijá!”, “¡ay, mi quijá!”…

El episodio bíblico donde Caín mata a Abel utilizando como arma suicida la quijada de un burro. Fuente: Blog Iusjusticia.

Lo de la quijada me sonaba al texto del libro de Religión que había estudiado en el segundo curso de Bachiller y que hacía mención a ese hueso, pero procedente de los restos de un burro, que como consecuencia de los golpetazos que recibió a manos del malvado Caín, ocasionó la muerte, por vía expedita, al bueno de su hermano Abel, ambos hijos de Adán y Eva. Nada sabía entonces de que se trataba de una luxación temporamandibular aguda del maxilar inferior.

Avisado mi padre, y mientras se desenfundaba el pijama para cambiarse de ropa, los hice pasar al salón. Al observar el estado de la señora; mi progenitor les dijo que carecía de los utensilios necesarios para poderla intervenir, por lo que le expediría “un volante” al objeto de que la atendieran en un hospital del cercano Campo de Gibraltar.

Pero la familia rehusó. Le respondió, manifestándole que ya le había pasado en otras ocasiones, y que allí mismo, en la propia habitación en que estábamos, podía solucionarlo.

Para ello, le explicitaron la rudimentaria técnica que otras veces había empleado con ella el facultativo de Ubrique para solucionarle el percance. De lo que se llama una intervención a pelo. Así, mientras los familiares de la afligida doliente se prestaban a sujetarla por los brazos e inmovilizarla, mi padre debía hincar su rodilla en la boca del estómago de la dislocada, y, con la misma toalla que traía sobre su rostro, tendría que forzar la quijada hasta que quedara bien encajada en el lugar de origen adecuado, añadiendo que como los médicos sabían bien qué parte del vientre tendría que forzar sin causar daño a su interior así cómo saber enderezarle la quijá y meterla en el hueco correspondiente, por eso habían molestado a tan temprano horario.

Luxación de la mandíbula. Fuente: Saluspot

Mi padre inicialmente se mostró reticente, queriéndoles convencer de lo doloroso del caso y que para paliarlo al menos le haría falta disponer de anestesia local. Pero fue tanto lo que insistieron, que, bajo la responsabilidad oral de esa familia, se puso mano a la obra. Fue en el primer intento cuando mi padre cuadró la mandíbula en su sitio, no sin antes escuchar el desgarrador berrido de la sufrida señora que por su alto tono de audición se oiría a bastantes metros allende la casa de veraneo y que daba al campo.

Aún recuerdo la fina cara alargada de la señora cuando antes de esa intervención médica, más propia del Medievo, se despojó de la toalla. Parecía extraída de un cuadro de pintura del Greco.

Finalizada la improvisada intervención de mi padre y ya más relajada la familia de la paciente, pasaron a comentar cómo había sucedido la drástica salida de su lugar de la quijá. Estaban desayunando en el Hostal “Las Camelias”, cuando uno de ellos se puso a contar chistes. Fue tal la gracia del chascarrillo que le causó a la señora, que respondió con una enorme carcajada, pasando en un milésimo de segundo de la risa al dolor más profundo. Se había quedado en un pasmo: la quijada se le había descoyuntado. Entonces, informados por el dueño del Hostal, de que un médico veraneaba en una casa cercana, emprendieron de inmediato la huida a la búsqueda de su socorro, habiéndose dejado el desayuno a medio tomar.

Año 1966. Hostal Las Camelias de Torreguadiaro, lugar donde se produjo el episodio de la luxación de la quijada de la señora en tanto desayunaba. Fuente: Portal de Facebook “Mira Torreguadiaro”.

En tanto, mi madre desde el dormitorio escuchaba sin encontrar explicación al jaleo que acontecía en el salón del comedor. No daba crédito cuando posteriormente le contamos con jocosidad a lo que habíamos asistido.

Lejos de acompañarnos en la risa, reaccionó de manera vehemente, dirigiéndose a los tres hermanos para advertirnos: “Que sirva esto de lección y escarmiento. No vayáis nunca a estudiar Medicina. Ni en vacaciones estamos tranquilos. Siempre de susto en susto con el corazón encogido, estemos donde sea. Ni aquí nos dejan en paz”, nos apostilló.

No sé si mi hermano el pequeño, Francisco Javier, por ser tan chico de edad, no entendió lo que nos dijo mi madre ya que fue el único, con el orgullo de mi padre, que tomó el sendero de la profesión médica.

También a destacar en aquella Jimena profunda como anécdotas que sucedían en la actividad médica y fuera del horario de consultas e incluso transcurriendo en fechas festivas, los campeonatos competitivos de degustación cuantitativa de higos chumbos que se organizaban cada año el quince de agosto, coincidiendo y formando parte del programa de la feria veraniega.

Año 1951. Puesto de higos chumbos. Fuente: Historia de la Cocina y de la Gastronomía.

Los higos chumbos formaban parte también del ocio lúdico de los adultos, pero como desafiantes rivalidades que mostraban la capacidad digestiva de cada competidor para deglutir el máximo de unidades posibles. Al final, no solo el que había ganado la partida obteniendo el trofeo ferial de campeón sino también sus rivales acababan con los estómagos sobre saturados y las vías de evacuación atascadas, marchando de inmediato, todos juntos, en dirección a la consulta del médico.

Ya en la clínica de mi padre, que le tocaba siempre estar de guardia a pie de la casa por tener la consulta más cercana al Paseo, lugar donde se celebraba el feroz evento, como consecuencia del bárbaro torneo gastronómico les proporcionaba un purgante para que desatoraran antes de que reventaran sus organismos por las embarazosas situaciones en las que se hallaban. Los inmediatos efectos colaterales, con inenarrables episodios contaminantes más el aire atmosférico viciado que se respiraba, no se hacían esperar. Al final, ponían la sala de la consulta hecha un lodazal de excrementos. Se llegó a comentar que en uno de esos desafíos, el ganador se había engullido muy por encima del medio centenar de unidades.

3.6.- Las enfermedades de aquel tiempo.

Como si de una prolongación de la edad Media se tratara, podíamos señalar en este apartado que en aquella Jimena tan atrasada se daban todo tipo de enfermedades y sobrevivir al padecimiento de las mismas era siempre achacable a algún fenómeno religioso, a pesar de que algo tendría también que deberse a los sanitarios del pueblo. Por eso, los rezos y las misas de acción de gracias siempre serían dedicados exclusivamente a las figuras escultóricas tomadas como espirituales y asociados a la milagrosa divinidad celestial.

Conforme fui haciéndome mayor y conocí a través de la enseñanza escolar, u oyendo en las obligadas misas de entonces las pláticas del cura o sus lecturas de los libros llamados sagrados, bien procedentes de los Evangelios o de la Biblia, los distintos padecimientos que se dieron en aquella prehistoria, ya me sonaban los nombre de los males por cuanto sucedía en los sufrimientos que se daban entre los enfermos de Jimena que bien vivía en directo desde mi domicilio.

Año 1953. Cipriano Aragoncillo Catalá, hijo el farmacéutico de calle Sevilla, Higinio Aragoncillo Sevilla, que portaba la tuberculosis, situado en la imagen el primero por la derecha. Se halla en el Paseo acompañado de los jimenatos, de izquierda a derecha: Lorenzo Jiménez Pajares, Pedro Corbacho Espinosa, Paco Pajares Oncala, Ramón López Godino y Fermín León Rondón. Fuente: Ediciones OBA.

Como si se tratara del cáncer actual, que entonces no se conocía que existiera y por eso se definía a nivel popular como, “una cosa muy mala”, se presentaba aunque con mortandad casi segura la temible tuberculosis, antigua tisis, que para más inri, además el bacilo de Koch que lo producía, se transmitía vía aérea por los esputos, las toses o estornudos del enfermo. Como conocí varios episodios desde niño y de personas allegadas, siempre que me carraspeaba la garganta tenía la hipocondriaca obsesión de haberlo contraído en alguna de las visitas que había realizado a los domicilios familiares de esos afectados. No se trataba de una enfermedad de pobres por cuanto los casos que viví en primera persona se dieron en pacientes de cierto poder adquisitivo y propietarios de casas donde habitaban que gozaban de cierta apariencia y además en un entorno de buen nivel formativo como para poder haberlo prevenido.

Año 1938, Rafael Sánchez de Medina Cabello, hijo del farmacéutico que moriría con 26 años de tuberculosis. Le acompañan a su derecha: Cayetano Lobillo Martínez y José Castilla Ramos. Fuente: Ediciones OBA.

Casos sucedidos por este padecimiento momentos antes de que yo naciese o poco después, aunque comentados durante años, eran más que suficientes para alarmarse por presentarse como inevitables y poderles afectar a cualquiera y a la edad que fuese. Por ejemplo, como causa de la muerte en 1949, contando con 26 años, Rafael Sánchez de Medina Cabello, hijo del farmacéutico que vivía frente al Ayuntamiento, José Sánchez de Medina y Ayala. O que lo portara, el joven, Cipriano Aragoncillo Catalá, también hijo del otro farmacéutico, Higinio Aragoncillo Sevilla, que vivió más debajo de la misma calle y que estuvo en el pueblo desde el año 1950 hasta que se marchó en el año 1953 a la búsqueda de un clima más seco que le sentara mejor.

Asimismo, Salvador Rey, tío de mi amigo, José María Macías Sánchez, que vivía en su misma calle Sevilla, justo al lado de la barbería del maestro Andrés Sarrias; o un patrón agrícola con finca en Marchenilla que estaba domiciliado en la mi misma acera de calle San Sebastián. Las vacunas y los antibióticos, como la penicilina (penecilina, en el habla local) no llegarían hasta poco tiempo después.

Otras enfermedades comunes que se daban, eran las fiebres de Malta (Brucelosis), por ingerir leche no pasteurizada o consumir queso de cabra, que fundamentalmente era la ganadería que más predominaba en Jimena, aunque también se contraía con las vacas y ovejas. Igualmente, hubo casos de esta afección por contacto directo con secreciones y excrementos de estos animales.

Igualmente se dieron episodios de Difteria, mal infeccioso que se caracteriza por la formación de falsas membranas en las mucosas, comúnmente de la garganta, que impiden la respiración y que a inicios de los años cuarenta llevó a dos niños jimenatos a la muerte, salvándose un tercero, Juan León Espinosa, gracias al tratamiento que le puso el doctor Montero, por entonces recién salido de la primera de sus dos etapas carcelarias que padeció. También en la segunda mitad de la década de los cincuenta, 1955, se dieron otros casos en la infancia jimenata, como le aconteció a Juan Parra Barranco, a pesar de que junto al Cólera se había dado por extinguido oficialmente en España en 1954.

Año 1968, Juan Parra Barranco que contrajo de Difteria cuando niño, contando con cuatro años, y la superó  Aquí presente a la izquierda del cura Martín Bueno. Lo vemos acompañado con gran parte de los que fundamos el Club “Boys Scouts” en 1965. De derecha a izquierda: Sebastián Jiménez Orellana, Juan Carlos Gómez Lozano, Juan Ignacio Trillo Huertas, José Antonio Esquivel Riquelme, Padre Martín Bueno, Juan Parra Barranco, Ernesto Meléndez, Francisco Gutiérrez Ordóñez, José Luis Luque Gil, Antonio Sabau Ramos y Miguel Ángel Trillo Huertas. Foto de Ignacio Trillo

La fiebre por el Tifus de idéntica forma hacía estragos en Jimena, como infección bacteriana causada por la salmonella causante de diarrea y erupción cutánea. Se propagaba a gran velocidad a través de alimentos, agua o bebidas contaminadas que entonces apenas gozaban de control sanitario alguno.

O el Cólera, que se presentaba en verano, caracterizada también por diarreas acompañadas de vómitos y entumecimiento de las piernas. La pérdida rápida de los líquidos corporales llevaban a la deshidratación y a la postración, presentándose la muerte en cuestión de algunas horas. Sería trágica la plaga de Cólera morbo asiático que sucedió en Jimena en 1845, aislada e incomunicada con el exterior por un cordón sanitario, con más de un centenar y medio de muertos, como había acaecido en el año 1804 con otra epidemia: la fiebre amarilla.

En cuanto a la etapa de la niñez: el sarampión, la viruela, la varicela y las paperas eran signos por los que irremediablemente había que pasar. Desgraciadamente también conocí en amigos de mi edad algún que otro caso de poliomielitis y que genero a quienes les afectó la parálisis de gran parte del cuerpo que arrastraron desde la infancia hasta el resto de la vida. Sería a partir de 1963 cuando se experimentó la vacuna entre la chiquillería jimenata.

En los mayores, las enfermedades de contacto o transmisiones sexuales, tales como la sífilis, las purgaciones, la gonorrea, las ladillas u otras muy raras, no eran infrecuentes, sobre todo quienes eran usuarios de los ambientes de prostitución o practicantes de la zoofilia (con cabras, asnos y aves de corral, principalmente) que se dio más común de lo que hoy pudiera pensarse en aquella sociedad de tanta represión sexual.

Frasquita La Francesa Jimena Churrería

Año 1965. Frasquita La Francesa con los churros y el Bocio al cuello que siempre le caracterizó. Fuente: Ediciones OBA.

El Bocio del mismo modo se presentaba, sobre todo en las mujeres y era achacable al consumo del agua del municipio. Frasquita la Francesa, la de los churros, era un prototipo entre las afectadas.  Por último, también recuerdo casos de Lepra incurables que se dieron en el barrio Alto durante esa etapa.

3.7.- Los medicamentos más populares.

Año 1959,. Contra el dolor, pastillas OKAL. Fuente: Blog Etnoleón.

Para los que nacimos en aquel tiempo, en muy poco tiempo pasamos de fórmulas caseras curativas milagrosas para sanar, a pronunciar los nombres de los medicamentos, muchos de ellos publicitados en la radiofonía y luego en la televisión en blanco y negro, como signo de cambio y de modernidad. Así recuerdo entre los más populares: Okal, Optalidón, Tosferina, Bicarbonato Sódico Torres, Tetralén (tetraciclina, que nos ponía los dientes amarillos y que más tarde fue prohibido) Polvos Azor, Linimento Sloan: “El tío del bigote”, que hacía milagros para todo tipo de dolores: articulares, musculares, lumbalgias, tortícolis, ciática, esguinces, contusiones y luxaciones. También: Vick VapoRub, Cafiaspirina, Juanola, Koki, Clorato Sódico, Calmante Vitaminado, Ceregumil, Rinomicina…

1956. Linimento de Sloan: “El tío del bigote, mata dolores”. Fuente: Todo Colección.

Bien diferentes eran las prácticas de los menjunjes, falsamente sobrenaturales en su mayoría, que preparaban los curanderos para acabar milagrosamente con las enfermedades o los males. También, en época en que escaseaban los medicamentos y no había dinero para su adquisición por los pacientes, los farmacéuticos preparaban remedios caseros pero elaborados desde el rigor científico que les proporcionaba su formación y que resultaban ser muy económicos.

Era el caso del farmacéutico que tenía su dispensario enfrente del Ayuntamiento. Me refiero al boticario, José Sánchez de Medina y Ayala, de amplia saga antecesora de profesionales en esta disciplina. Estaba dotado de un completo laboratorio que servía igualmente de análisis clínicos para el agua como para los alimentos o para el estudio de epidemias que se presentaban. Asimismo, de cara a elaborar compuestos que paliaran algunos padecimientos.

Año 1960. José Sánchez de Medina, farmacéutico. Fuente: Lupe Quirós Sánchez de Medina.

Un mediodía, antes del almuerzo, un zapatero del barrio de arriba mandó a su hijo a la farmacia de don José para que comprara unos polvitos de cara a quitarse los mareos que tenía. Con la meticulosidad que le caracterizaba, el boticario sacó de uno de los tarros que poseía una determinada cantidad de esos polvos y tras su pesada, lo envolvió en un papelito con la misma pulcritud con que solía actuar.

Cuando el niño llegó a su casa, le comentó a su padre que en el mostrador de la farmacia en tanto le despachaban había observado que el médico Montero que vivía casi enfrente y el propio boticario se estaban poniendo morado de vino tinto, a lo que el profesional en el arreglo de calzados le respondió: “niño, de vino tinto nada, lo mismo que estos polvitos son contra el mareo para el vértigo que padezco, el boticario prepara otros polvos que se convierten en bebida en su contacto con el agua. A ver si te fijas bien la próxima vez”. 

Año 1963. El doctor Montero, junto a sus hijas, Carmen y María Teresa, a las puertas de su domicilio y clínica, y frente a la farmacia de José Sánchez de Medina y Ayala. Fuente: Ediciones OBA.

Eran tiempos de escasez y penurias, y los farmacéuticos a los que le gustaban la priva o invitar a un vecino, lo solían preparar en sus boticas. Caso también, aunque abusando del brebaje etílico, se lo elaboró el boticario que vivió más abajo, Juan Huertas García, tal vez en este caso para olvidarse de otras penas que sufría.

3.6.1- El Paludismo.

No puedo obviar como pieza separada entre las enfermedades que se daban en ese periodo, destacar el paludismo. Sí, refiriéndome al municipio de Jimena, no a África o Latinoamérica.

arrozales de tesorillo 2

Año 1952. Trabajadores de Tesorillo dedicados a las plantaciones de arroz.. Fuente: “Quiero a Tesorillo”.

En la entonces pedanía de San Martín del Tesorillo y asociada a las plantaciones de arroz, se dio La Malaria ocasionado por el mosquito Anopheles y que en la actualidad ocasiona en el mundo subdesarrollado alrededor de tres millones de muertes en su mayoría menores de cinco años.

Con el establecimiento de la Colonia Agrícola del Guadiaro, que dio paso a la creación de San Martín del Tesorillo en 1879, se introdujo el cultivo de arroz y, sobre todo desde 1912 hasta el año 1917 en que fue prohibida dicha plantación, la epidemia de la fiebre palúdica, con la aparición del primer caso que se conoció en el año 1901, generó grandes estragos entre esta población.

plantando arroz tesorillo

Trabajadores de San Martín del Tesorillo plantando arroz. Década de los cincuenta. Fuente: “Quiero a Tesorillo”.

Nuevamente reintroducido el arroz en 1937 por el franquismo victorioso, volvió a resurgir la Malaria, teniéndose que crear en dicho núcleo de población una unidad de atención especial que dirigió el médico local, Ernesto Lobo Hernández-Rubio, hasta que otra vez acabara siendo proscrito.

También en el periodo posterior a la contienda civil, se dieron casos en Castellar de la Frontera donde fue crucial para su erradicación el trabajo de laboratorio que realizara desde Jimena, el farmacéutico, José Sánchez de Medina y Ayala.

3.8.- Los remedios caseros frente a las enfermedades.

Sería ingente relatar aquí el enorme inventario de remedios caseros que existían para presuntamente curar enfermedades. Sólo citaré una pequeña muestra y algunas hasta con contraindicaciones.

Año 1954. Purgarse con Agua de Carabaña: Fuente: Aguas Minerales de Madrid.

“Purgarse con agua de Carabaña”, se empleaba, bien porque la persona estaba empachada, o también periódicamente como laxante ante un estreñimiento severo. Se decía que era para dejar limpio el interior del organismo y eliminar la porquería acumulada, aún a costa de mermar cierta flora intestinal. Se venía comercializando desde 1883. Asimismo se tomaban caldos de cebolla para favorecer los problemas estomacales o las digestiones tardías.

De igual forma, para curar los resfriados y pulmonías se empleaba el poleo o las hojas de eucaliptos (carlitos, en Jimena) que se introducían en ollas llenas de agua hirviendo al fuego de la cocina y tras unos minutos de soportar altas temperaturas, se echaban en una palangana situada sobre el tablero de una mesa para que a continuación la persona afectada estuviera una hora con una toalla puesta sobre la cabeza, agachada metida en el cacharro de porcelana metálica o china, para que no se escapara y recibir bien el vaho que emanaba. Así inhalaba el efecto del vegetal mientras respiraba profundamente, encaminado a limpiar las vías respiratorias y así acabar cuanto antes con ese malestar tan fastidioso.

Pero la verdad es que cuando acababan la operación, aparecían por las altas temperaturas soportadas con las caras colorada del calor, pelos chorreando y sudando a la gota obesa.

1966. Vaho de poleo para combatir el resfriado. Fuente: Remedios Caseros

Para los mismos padecimientos anteriores se utilizaba antes de que apareciera el Vick VapoRub, el afrecho (molido de las cáscaras del trigo) que se utilizaba sobre todo para la alimentación de las aves de corral. Pues bien, dichos polvos se calentaba al máximo en una cacerola con agua haciendo una masa. A continuación se metían en una bolsa que se situaba pegado al pecho y por debajo de la ropa y así permanecía hasta que se enfriara. Era otra forma para presuntamente acabar con el resfriado porque decían que aliviaba el pecho y limpiaba las vías respiratorias.

Igualmente, se empleaban las sanguijuelas, gusanos que se cogían de los pozos de agua o de las zonas húmedas. En este caso se decía que era muy bueno para limpiar y sanar infecciones procedentes de heridas ocasionadas o para desinfectar algún forúnculo formado y reventado. Consistía en situar al gusano en la piel junto a la brecha abierta para que chupara la sangre venenosa y así eliminar las consecuencias de una posible complicación.

Picadura de una avispa. Fuente: Google.

En la misma línea casera, cuando picaba una avispa o una abeja se acudía de inmediato a orinar y con la tierra humedecida se hacía una bola de barro que se situaba en el punto de la picadura, con lo que lo más probable es que se conseguiera, en contra de lo pretendido, la infección de la zona afligida.

También, cuando se tenía fiebre, en el caso de adultos se acudía a tomar bebidas alcohólicas, como el coñac, junto a abrigarse bien o taparse en la cama con varias mantas para sudar bien la gripe o la pulmonía, consiguiéndose precisamente lo inverso: subida de la fiebre y debilitar las defensas.

En aquellos instantes, una de las ligeras perversiones autor recetadas que asimismo se empleaban con los bebés, cuando se ponían irresistibles, aparte del cachete inicial a ver si daba resultado, cosa que incluso incrementaba su estado de ansiedad, consistía en mojar el chupete en algo que significara relajación o generara sueño; así dejaban de patalear o berrear durante un tiempo.

Siendo el anís dulce uno de los elementos que más se había utilizado con tal fin, también siguió su práctica en la etapa de infancia en que me tocó nacer.

niñera época jimena

Niñera uniformada a principios de los años sesenta. Fuente: Todocolección

Por entonces, no existiendo control alguno en la aplicación correcta de la regulación laboral existente sobre menores, muchas chiquillas, de procedencia humilde, sin preparación y experiencia alguna, aunque obligadas por las perentorias condiciones económicas existentes en sus familias, encontraban en el trabajo de niñeras, cuidadoras de bebés en las casas más pudientes, la oportunidad, al menos, de seguir creciendo sobre la base de una mejor alimentación; hecho que además hacían descargar a sus precarias familias de estos menesteres alimenticios, con el añadido de un pequeño salario que bien poco contribuía a que salieran a flote de sus niveles de pobreza pero que siempre venía bien. Sus edades, podían rondar, normalmente, entre los nueve y los quince años, fecha a partir de la cual pasaban a ser criadas, hoy denominadas empleadas del hogar, con tareas, ya de limpieza y de preparación de comidas. Con bajo nivel de instrucción, en algunos de estos trabajos, estas muchachas, encontraban también en ciertos domicilios, entre faena y faena, la posibilidad de disponer de un tiempo para aprender a leer y escribir las primeras letras.

Uno de los lugares habituales para el ocio de los muchos niños que habían en el pueblo, era el parque que estaba situado a la entrada de Jimena, antigua plaza de toros, y a cuyos cuidados estaba dedicado el jardinero, Antonio Pajares Rivas, que allí vivía con su familia.

Año 1955. El Calvario, lugar de esparcimiento para niños y adultos, que existió subiendo la cuesta de la carretera de acceso a Jimena y que incomprensiblemente se hizo desaparecer a pesar de que se podía tratar, más allá de su connotación religiosa, de una seña más de identidad del pueblo, quizás procedente de finales del siglo XVIII y tal vez construida por una de las ordenes religiosas que huyó de Gibraltar tras su toma por los ingleses. Aparecen sentados los siguientes jimenatos: Juan Barranco Huertas; María Merino Pérez; Mercedes Merino Pérez; Pepa Merino Pérez; Trini Sampere Ruso; Ana Marchena Merino; Violeta Maximiano Fernández; Conchi Sampere Ruso; José Merino Pérez De pie, detrás: ¿? Juana Gil; Magdalena Merino Pérez; Celia Jaén Vázquez; Tere Macías Román y Joaquín Pérez.

Otro lugar de esparcimiento para la infancia era El Calvario; una pequeña loma llana que se hallaba a mano derecha de la salida del pueblo en dirección a La Estación. Su nombre, de connotación evangélica, era debido a su asociación dificultosa, situado entre dos grandes cuestas, a lo que sufridamente pudo haber padecido el Mesías con la pesada cruz sobre sus hombros, aunque investigaciones más recientes sitúan dicho hito constructivo procedente de una de las órdenes religiosas que hubo de abandonar Gibraltar por su toma por los ingleses y se establecieron en el entorno de Jimena. Ya nunca podremos saberlo ya que fue demolido y hecho desaparecer en esa insensible expansión urbanística que hubo de Jimena donde todo quedó arrasado como despersonalizado del contexto las nuevas barreras constructivas que se alzan en esa entrada al pueblo.

Pues bien, el rellano del icono llamado Calvario poseía en su centro, un monolito culminado con un crucifijo de hierro y rodeado en su base de asientos hechos de piedra pulida. También allí, en tardes primaverales, antes de que llegaran los calores, era lugar frecuentado por las chachas, que llevaban a entretener a esos pequeñines que habían estado encerrados en las casas durante tantos meses seguidos de lluvia y frío. Sitio ideal y momento que serían aprovechados por aquellas prolíferas madres de entonces para descansar de una parte de su numerosa familia al menos por unos instantes.

Una tarde en dicho lugar, mi primo José Luis, que contaba con escasos meses, conoció a tan temprana edad lo que se convertiría en una sobredosis de anisado. Más que bajarle los humos, le llevó al borde de un coma etílico. La niñera se había pasado mojando más de una vez el chupe para lograr su sosiego.

El bebé se recuperó, tras dormir como un lirón durante interminables horas. Ante el susto familiar, la inconsciente chiquilla encontró, de inmediato, la puerta del despido, sin finiquito alguno y, por extensión de la noticia, su nombre quedó incluido por irresponsable e imprudente en la negra lista de incompatibilidades para el desempeño de estos delicados cuidados con destino a la infancia.

Después de ese incidente, que bien pusiera al descubierto que los bebés son demasiados sensibles al anís de las marcas habituales de aquella época: “Asturiana” o “del Mono”, se emprendió una campaña de limpieza, en estanterías de alacenas y demás muebles y enseres de comedor y cocina, para ocultar las acristaladas botellas alcohólicas con malla dorada, quitándolas del alcance de las niñeras.

Año 1960. Marcas de anís. Fuente: De la Gastronomía de José Soler

Pero como los bebés persistían en sus puñeteras manías, con insufribles llantos y pataletas, sin que fuera posible por su edad averiguar o argumentar la causa que lo motivaba, se halló otra solución; sobre todo para aquellos hiperactivos nacidos con mayor nivel de histerismo. A tal fin, se descubrió una milagrosa planta, decían aromática y hasta medicinal, que crecía en plan silvestre en San Pablo de Buceite. De allí se extraería el relajante producto natural, bien alejado de la artificial manipulación alcohólica producida por el ser humano, para hacer infusiones. En pequeñas dosis, se entremezclaban con la leche en el biberón para que los pequeños se quedaran de lo más distendidos. Dormían de un tirón hasta la siguiente toma, donde había que despertarlos para no trastocar su ordenado horario gastronómico que era obligado.

Pasadas varias décadas, la Universidad de Málaga, dentro del seguimiento que sobre la evolución de la flora silvestre lleva a cabo en seleccionadas parcelas experimentales, descubrió en San Pablo de Buceite, los efectos colaterales que genera el viento procedente de tierras magrebíes que atravesando el Estrecho de Gibraltar acaba depositando en ese preciso lugar semillas de las plantaciones de cannabis que se encuentran cultivadas en la región rifeña. Así pues, sin saberlo, hubo toda una generación de jimenatos que presumiblemente, sin necesidad de liarse nada, comprobaron desde su más tierna infancia los efectos eufóricos, risibles y oníricos de la, por hoy, planta ilegal. Todos unos precoces bebés, por tanto, ignorándolos, se adelantaron a los guiris adultos que pasada década y media después habitaron, en calidad de ocupas, la fortaleza de Castellar de la Frontera, llenando de humaredas el entorno por sus profundas caladas y adicción a los canutos.

3.9.- La denominación popular a las enfermedades o padecimientos.

Algunas veces estuvieron asociadas las calificaciones a supersticiones. Otras, al lenguaje de los curanderos o de las brujerías procedentes del legendario pasado. Pero en la mayoría de las ocasiones fue producto de la imaginación, de la ignorancia o del invento popular que en esta materia tampoco tenía límites, superando la realidad a la pura ficción.

La muerte por el cólico miserere. Fuente: Wikipedia.

Eran tiempos, como ya se ha reflejado, en que las gentes se moría: “De un dolor, de una cosa muy mala, o del miserere”. Esto último era el conocido como el “cólico del miserere” debido a que las vecinas al enfermo comenzaban a cantar el miserere, un cántico que se realizaba cuando los enfermos estaban a las puertas de morir. En esta ocasión, era debido a una Apendicitis, que en Jimena se llamaba “Pendi”. En menor cuantía también el miserere era producido por el Cólera que por obstrucción del intestino podía provocar la muerte tras un dolor intenso de barriga, confundiéndose con una Peritonitis.

Otras frases como: “Le ha entrado de pronto una cosa muy mala”, lo mismo podía servir para explicar un infarto o una metástasis que no hubiera dado síntomas con anterioridad. Hay que tener en cuenta que todavía el cáncer no se conocía ni había sido diagnosticado con tal denominación. Lo más, como manifestación externa y referida al cáncer de estómago, se comentaba entre el vecindario: “Le han salido unos bichos en la barriga que le han abierto un montón de boquetes y lo han matado”.

“Está quebrao”. Se refería a que tenía una hernia en la ingle, junto al testículo, o en el ombligo, causada por una cicatriz mal cerrada… y se manifestaba al caminar, o en la dificultad para ponerse de pie, quejándose además de los dolores que sentía.

“Tiene el mal de ojo”. Eso sucedía por una concatenación de hechos negativos que se producían en una persona sin encontrar una explicación lógica, o por padecimientos continuos producto de deshidrataciones o infecciones sucesivas. Para su cura, algunos vecinos iban a Gaucín, a ponerse en manos de un curandero o hechicero. Si era un niño, antes que nada, el brujo lo pesaba en una romana, colgándolo en el interior de una  capacha. En esta supuesta sanación, la puesta en escena o la parafernalia en la atención era fundamental para su impacto o efecto psicológico. A continuación, pasaba por el cuerpo del afectado una torvisca (rama de los arrayanes) que después quemaba y le hacía pasar el humo por la cara y los hombros del maldecido para acabar la ceremonia con unos rezos y así espantar el mal de ojo.

el mal de ojo

El mal de ojo producto de las supersticiones de la época. Algo que nos causaba pavor a los niños cuando nos contaban que nos podía ocurrir. Fuente: Google.

“Se ha pillado una cogía”, era sinónimo de haber contraído una enfermedad de transmisión sexual, tales como: sífilis, gonorreas u otras. Fue el veterinario de la Estación, Domingo Casas Castro, quien siendo asiduo de Gibraltar en una de sus visitas trajo por primera vez preservativos a la localidad.  Eran ya los modernos diseños de látex producto de la vulcanización del caucho que suplían a los ancestrales hechos de las tripas de cerdos o corderos engrasados y rematados por un cordel. Se les denominó localmente: “gomas para las pichas” y lo repartió entre los que conocía que eran habituales asiduos de prostíbulos, empezando la distribución por los que se hallaban casado. Un amigo suyo, comerciante, no solo lo había cogido una venérea sino que además se lo había transmitido a su esposa.

“Ha pillado una culebrilla” (herpes producido por un virus de la varicela) Se recomendaba a los que lo tuvieran que no podían dar la vuelta sobre si mismos y menos a gran velocidad ya que se decía que la serpiente que portaban por dentro del cuerpo lo podían asfixiar.

“Tiene la “dicipela”. Equivalente a padecer una enfermedad infectocontagiosa aguda y febril, producida generalmente por estreptococos y cuyo nombre correcto de la enfermedad es Erisipela. Para su curación, había unas mujeres del barrio arriba que eran contratadas y vestidas de negro aparecían en las casas que eran demandadas para tirarse varias tardes de rezos continuos de cara a la eliminación de esos herpes.

Igualmente, otra de las definiciones de padecimientos, era: “Tiene un dolor de clavo en el ojo”, referido a que la configuración ocular estrecha de las pupilas o del iris producía una fuerte punzada en el globo ocular.

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Año 1959. El cuarto de la pantalla de Rayos X. Fuente: Google.

“Doctor, vengo a que me pase la pantalla”, hacía alusión a la petición de que lo viera por Rayos X.

“Tiene Ardentía”, se refería a que el estómago le ardía por los gases acumulados, producto de mala digestión, pero normalmente por el padecimiento congénito, que algunos achacaban a tener desde el nacimiento parte del estómago al revés. Ello conducía a que los gases no fueran evacuados por el trasero sino que con la ayuda del bicarbonato salieran ruidosamente y con descanso del afectado por la boca. Eso le pasaba, por ejemplo, al corredor, José López Sarrias.

reyes medrano josé lópez callejón arenal jimena

1962. José López con su crío al brazo acompañado del matrimonio Medrano caminando por el Callejón de la Panadería de Arenal y La Guapa, en dirección al Paseo para disfrutar la feria de agosto. Seguro que López llevaría echado el bicarbonato en alguna bolsita en su bolsillo por si las moscas. Portal de Facebook: Jimena Información.

También le ocurría a mi padre. Eso hacía que siempre llevara encima, más cuando salían al bar de Cuenca o de Becina, esos polvos que se situaban en la palma de la mano y de un tirón se echaban al buche tomando a continuación un vaso de agua y esperar sus fulminantes efectos inmediatos sonoros para quedarse de lo más descansado.

A colación de esto último, una tarde, tendría unos cinco años, encontrándose sentado en la terraza del bar de Ernesto Cuenca Cobalea, por entonces ubicado en El Paseo del pueblo, cercano a la plaza de la Constitución, los suegros del veterinario del pueblo, Isidoro Sánchez Vázquez, que estaban de vacaciones procedente de su lugar de residencia, el Larache magrebí, por entonces formando parte del colonial Protectorado Español, me reclamaron amablemente para darme unas chucherías de regalo, a lo que acudí diligentemente.

con mi padre luis luque jimena

Año 1952. Mi padre sacándome al Paseo. Se ve en obras lo que sería la tienda de Luis Luque Huertas. Se puede apreciar también el banco de piedra que había a la entrada y la columna blanca. Detrás de mi padre está el bar de Ernesto Cuenca y al fondo de la foto, el bar Carrillo y en la primera planta donde vivía la familia Gómez Lozano. Y a la derecha la casa de la tienda de Ángeles Luque y Manolo Castilla que acabó vendiendo materiales de construcción. Justo donde se ve a un vecino dando el paso para subir un escalón fue donde sucedió cuatro años después mi caída con apertura de brecha en la ceja. Fuente: Propia.

De regreso al Paseo, todo contento y corriendo, tropecé en el escalón que estaba a la entrada y me di un buen guarrazo. Los caramelos quedaron esparcidos por el suelo y mi ceja izquierda infortunadamente fue a dar contra ese pequeño bordillo de lozas de piedras que daba acceso a la explanada, separando el Paseo de la Plaza. Un reguero de sangre alarmó a los primeros que me socorrieron. Asustados, rápidamente me trasladaron a la clínica de mi padre. Al encontrarse ausente mi progenitor, solicitaron la inmediata comparecencia de otro médico. Localizado de inmediato el doctor Montero, procedió a realizarme allí mismo la cura adecuada. Me cogió varios puntos de sutura para cegar la brecha abierta. Antes me había limpiado y desinfectado la herida. Lo realizó, cogiendo de la vitrina de mi padre un botecito de polvos de la marca “Azol”.

polvos azor

El envase de los Polvos Azor que mi padre utilizaba una vez vacío para rellenarlo con bicarbonato para que no le faltara.

Cuando dos días después mi progenitor procedió a abrir el esparadrapo con la gasa para analizar la evolución de la lesión y proceder a su limpieza, se encontró con una ingrata sorpresa. La zona siniestrada ofrecía un feísimo aspecto. La raja continuaba abierta a pesar de los puntos y la piel aparecía como quemada. Indagada la causa de lo acontecido, la aclaración se halló en el interior del propio envase del desinfectante “Azol” empleado. Se encontraba a tope pero de otros polvos, de bicarbonato de sosa para el estómago de la marca, “Torres Muñoz”.

bicarbonato torres muñoz 1957

Año 1957. Bicarbonato sódico “Torres Muñoz. Fuente: Todocolección

Las dolencias estomacales de mi padre, producto de sus malas y tardías digestiones, las paliaba con ese alivio. Para que nunca le faltara, tenía los polvos de bicarbonato distribuidos por varios sitios dentro de la casa que él solo controlaba en el interior de tarros de envases farmacéuticos ya vacíos de sus correspondientes medicamentos.

Así pues, cogida a tiempo la herida y realizada una limpieza a fondo, no tendría mayores consecuencias que me pudieran aquejar al globo ocular. No obstante, me quedaría marcada la huella de una larga y ancha cicatriz que, como continuidad de la ceja, me sigue acompañando como monumento a la caótica dispersión de la adicción de mi padre a ese milagroso polvo. A él le gustaba calificarlo así, por su efecto inmediato sobre su estómago ante la hernia de hiato que padecía y que fatalmente también heredé. Así, me sigue acompañando, ya sin combatirlo con bicarbonato de sosa, por la cantidad de sal que porta y que podría dañar el riñón, cosa que no se sabía en aquel tiempo, pero sí a base de hacerle frente con “Almax” y “Omeprazol”.

En esta línea narrativa de exponer casos clínicos procedentes del surrealismo de la época, pero que realmente existió, pongo para ir finalizando, algún casos más.

Ante un accidente cerebrovascular que originaba una parálisis facial, lo que se comentaba en la cola de churros de Frasquita “La Francesa”, es que: “Le ha dado una chispita de congestión y se le ha quedado la boquita de lado”. O: “Le ha dado un aire”. Además, era asociado ese episodio a un cambio brusco de temperatura, por eso en aquel tiempo, aparte de que no hubiera llegado aún la nevera o los cubitos de hielos, no era recomendable tomar cosas frías, menos aún sin haber hecho antes la digestión, acontecimiento que quedaba exactamente cronometrado por esa ignorancia del momento en las dos primeras horas tras las comidas.

Esta suposición de las dos horas tenía su trascendencia en las ventas con respecto al negocio de un forastero que era asiduo en su reclamo por las calles de Jimena, pero con carácter estacional, sólo en verano. Me refiero al helaero ambulante. El personaje en cuestión procedía de Alicante. Solía aparecer por el pueblo pregonando sus productos, para enfado de la infancia cuando se personaba después de comer y no podía adquirirse por estar haciendo la digestión.

Impacientes, pues, estábamos deseando que llegara esa visita; aunque siempre atentos al reloj, ya que sólo podíamos tomarnos el cucurucho, el cortado, o el molde de helado, una vez que hubieran transcurridos dos horas después del almuerzo, so pena, según se nos decía, de que si infringíamos esa regla, se nos cortaría la digestión y la palmaríamos de inmediato. Por tanto, aquél niño que violaba dicho plazo, lo considerábamos una especie de frívolo suicida.

helados

Año 1959. Heladero. Fuente: Google.

Por idéntica razón, ese mismo período de tiempo de reposo durante ciento veinte minutos tras las comidas era exigible como espera para que no espicháramos mientras nos bañábamos en el agua del río o los fines de semanas en la playa, por lo ya referido de que los cambios térmicos nos podía llevar al cementerio antes de lo que estuviera escrito, como se presumía. También se nos aplicaba lo de las dos horas para dedicarla a la siesta en el transcurso de esa época estival imprescindible para que el cuerpo pudiera descansar y hacer la digestión alejado de la calle cuando el sol más hacía elevar la temperatura y podía afectarnos fatalmente al organismo con dicho corte de digestión.

Podíamos considerarnos, por tanto, la generación de las dos horas veraniegas siempre de espera para que no se nos cortara la digestión y sufrir consecuencias irreversibles para el organismo.

3.10. El lenguaje jimenato sobre la sanidad

Al igual que los vocablos, “almóndigas” o “caramales”  se empleaban vulgarmente en el lenguaje gastronómico local, también ese argot particular de los jimenatos se llevaba al campo de la sanidad. Lo de “medecina” o “penecilina”, era una constante y se portaba en la boca desde que se entraba a una farmacia o a una consulta médica. Se amplió cuando ya se fueron diversificando en las expresiones locales el diagnóstico médico sobre algunas dolencias. Así se comentaba: “Tiene una úrzula de estógamo”, o con la mejora del nivel de vida se dejaba de acudir a los sacamuelas barberos para ser tratado por un odontólogo y se apuntaba: “ha ido a Algeciras al dientista”.

Advertido por mi madre de su errónea expresión, cuando se lo censuraba de pequeño a mis amigos, era inútil, ya que me respondían que era para arreglarse las muelas, y “dientista” era lo correcto porque procedía de diente. Lógicamente, ignoraban el “dens” “dentis” latino como raíz del término que define esta especialización facultativa para, por el contrario, hacer una particular derivación literal tomada directamente del castellano moderno.

Y es que el habla jimenato siempre dio mucho de sí aunque no siempre procedente de la posmodernidad sino del ancestro. La introducción de palabras en las conversaciones, tales como: díceselo (por díselo), naide (nadie), deseguida (enseguida), malangen (mal ángel, soso), ezaborio (desaborido), enterao (enterado, chulo), ancá (a la casa de), seña (señora), golido (olido), trompenzón (tropezón), carlitos (eucaliptos)… formaban parte de lo cotidiano de cada día.

Epílogo.

quiñones jimena

Año 1996. Excelente obra literaria, acompañada de espléndidas fotografías realizadas por Josep Capellá, escrita por el gaditano maestro, Fernando Quiñones, que el último tramo de su vida, falleció dos años después de la salida de este libro, se lo pasó en la Fonda La Perla de María Rodríguez Gómez sita en calle Sevilla. Resultó ser decisorio en esta publicación, el paisano, Cristóbal Delgado Vallecillo, que desde su gráfica Egedsa en Sabadell (Barcelona) puso el derroche para su impresión. Ediciones OBA.

Y concluyo. “Jimena, allí donde cada rincón de paisaje tiene un nombre”, como dijera el escritor gaditano, Fernando Quiñones, en su obra: “Y al Sur, Jimena”, escrita desde la Fonda de María Rodríguez Gómez, entre la Farmacia y la casa del médico Juan Marina Bocanegra, al que añadiría: “… y cada enfermedad y remedio su propia cura y peculiar expresión”. Muchas gracias.

(Continuará próximamente con las biografías de los sanitarios que ejercieron en Jimena)

ANEXO I: POST AUTOBIOGRÁFICOS RELACIONADOS CON MI VIVENCIA EN LA JIMENA DE LA FRONTERA QUE ME VIO NACER Y TRANSCURRIR HASTA MI ADOLESCENCIA.

LA SANIDAD DE JIMENA (1950-1970) 1ª PARTE (26.06.2017) Parte inicial de la Conferencia pronunciada el 19.05.2017 en el Salón de Actos de la antigua iglesia de la Misericordia en las XXIV Jornadas De Historia y Arqueología:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/06/25/31802/

EL BAILE EN “LOS TRES SALTOS” DE JIMENA (15.06.2017)  En la última década de los años cincuenta e inicios de la década de los sesenta del pasado siglo hubo un salón de baile que marcó a una generación. Cómo se divertían, la música de entonces, lo que se bebía…  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/06/15/31855/

LA JINCALETA EN LA FINAL DE MADRID (09.06.2017) Sucedió a finales del año 1956. Jimena como única representante de Andalucía compitió con su baile de origen local, la Jincaleta, en la final de los Coros y Danzas de la Sección Femenina que se celebró en Madrid. Las peripecias que acontecieron:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/06/09/31809/

LA CASA DEL JUZGADO DE JIMENA (01.05.2017) Destacaba una gran mansión que existe frente a la casa donde nací. Me adentro aquí para recorrer lo que no se supo de las biografías familiares que la habitaron y el origen histórico de este noble inmueble:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/05/01/31675/

LA CALLE Y CASA DE JIMENA DONDE NACÍ (26.03.2016) La calle San Sebastián de aquel tiempo. Cómo eran las tiendas donde comprábamos y cómo nos la arreglábamos cuando las cocinas aran de leña, no existía la calefacción, el agua no corría por las casas, no había ni lavadoras ni tampoco frigoríficos  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/03/25/31449/

“LAS PLAYAS” DEL MUNICIPIO DE JIMENA (16.03.2017) Cómo eran de primitivas las playas adonde los primeros jimenatos nos desplazábamos para bañarnos. Las odiseas de esos primeros viajes. Cuál era el paisaje físico y humano que ofrecía aquel litoral:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/03/13/31303/

COCHES Y CARRETERAS DE AQUELLA JIMENA (06.03.2017) Un recorrido de época sobre los primeros coches que llegaron al mercado, cómo se conducían, qué reacción provocaba entre la población y como eran las infernales carreteras por donde transitaban:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/03/06/31255/

LA MUERTE DE LOS PAPAS DE ROMA DESDE JIMENA (25.02.2017) Al igual que pudo suceder en cualquier otro punto del medio rural en aquella España tan profunda y de tan obligada religiosidad oficial, relato aquí desde el prisma de la infancia cómo se vivió en el pueblo que me vio nacer la muerte en tan solo cinco años de dos Pontífices del Vaticano, Pío XII y Juan XXII: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/02/25/31152/

EL CUENTO DE LA CIGÜEÑA Y LA REPRODUCCIÓN (17.02.2017) La historia de una infancia donde la escuela para la enseñanza de la hechos mas elementales, considerados por la moralina estrecha imperante como delicados y no aptos para menores, se aprendían en la calle a través del contacto directo de los amigos, tales como de donde venían los recién nacidos y como las parejas engendraban a sus descendientes. https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/02/17/31102/

UN JIMENATO EN LA FERIA DE TESORILLO (15.02.2017): Un recorrido por las relaciones entre personas de distinto sexo acontecido a lo largo de una gran parte del siglo XX, tomando como hilo argumental de la narrativa la historia real sobre los avatares que le acontecen a un jimenato que fue a ligar a la feria del Corpus de la entonces pedanía y hoy entidad local autónoma, San Martín del Tesorillo: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/02/15/30992/

LOS ÁNGELES Y JIMENA CON LA FAMILIA LASTRES (05.02.2017): Pasado más de medio siglo, un recorrido por la Jimena y su Estación de tren de los Ángeles acompañado de una familia de octogenarios que así la vivieron en su tiempo de juventud y que tras marcharse del municipio han viajado de nuevo para volverla a recordar:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/02/05/30708/

BARBERÍAS Y PELUQUERÍAS DE JIMENA (27.01.2017): La sociología que envolvía a la clientela, tertulias y prensa que se leía en aquellas barberías de la década de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado, así como lo que significó la irrupción en el pueblo de las peluquerías para señoras: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/01/25/30573/

LA GRAN NEVADA DE 1954 EN JIMENA (20.01.2017):  (El 3 de febrero de 1954) Jimena de la Frontera amaneció como nunca, con una inmensa nevada que casi todo lo cubría. Y en este caso desconocido y que no se ha vuelto a reproducir, narro cual fue la reacción de sus habitantes hasta que primero se heló y luego se derritió:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/01/19/30456/

LA DIVISIÓN AZUL EN JIMENA (09.01.2017): El relato de esta aventura del franquismo en apoyo a Adolfo Hitler, adonde llegaron dos jimenatos que atravesaron sinsabores múltiples por las penurias que padecieron:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2017/01/08/30335/

LOS ORÍGENES DEL FÚTBOL EN JIMENA (21.12.2016): La historia de la creación del club deportivo Jimena de fútbol asi como sus antecedentes, reconstruido a través de unos recortes familiares que casualmente hallé: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/12/19/30130/

LA TELEVISIÓN LLEGÓ A JIMENA A TRAVÉS DE SAN PABLO (21.10.2016): Las peripecias que ocurrieron cuando aparecieron los primeros televisores y cómo contribuyó a cambiar ciertas pautas del comportamiento de las gentes del pueblo:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/10/19/29752/

LA NOVENA QUE VIVÍ (01.09.2016): Cómo fueron a lo largo de mi infancia los nueve días dedicados a la patrona de la localidad, la Reina de los Ángeles, en la barriada que lleva su nombre y estación de tren, culminada el fin de semana de la primera semana de septiembre: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/09/01/29468/

TRAGEDIA TAURINA EN ALCALÁ LA REAL (26.08.2016): En el jienense pueblo de Alcalá La Real, cuatro años antes de que se hundiera la plaza de toros de Jimena de la Frontera, también había ocurrido un episodio de similares características:   https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/08/26/29375/

DESGRACIA TAURINA EN JIMENA (17.08.2016): El hundimiento de la plaza de toros de Jimena acontecido el 17 de agosto de 1961, donde hubo cinco muertos y cientos de heridos, entre ellas la hija del Primer Ministro de Reino Unido: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/08/17/29346/

EL PREGÓN A JIMENA QUE NO FUE (01.06.2016): En el año 2003 el ayuntamiento me nombró pregonero de aquella feria de Agosto. Cuando subí al escenario, me olvidé del guión que llevaba escrito para entregarme a las historias de mi infancia y adolescencia que me inspiraban los vecinos presentes. Ahora, localizado el texto que llevada redactado porque se me extravió, lo hago público :  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/05/29/28784/

EL CINE DE VERANO EN JIMENA (13.05.2016): Recorrido por lo que fue esta sala cinematográfica en la temporada veraniega y calurosa: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/05/13/28738/

EL CINE CAPITOL (25.04.2016): Radiografía sobre la sala cinematográfica y espectadores de invierno en Jimena: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/04/25/28693/

BARES DE JIMENA (04.04.2016): Descripción sobre bares y clientes que lo visitaban para beber, tapear y charlar: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/04/04/28375/

LA GASTRONOMÍA JIMENATA QUE FUE (03.03.2016): Un recorrido por los platos tradicionales, con el recetario de sus ingredientes y su evolución hasta hoy:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/03/03/28125/

ENTRAÑABLE AURELIO (19.02.2016) De la mano del taxista de Jimena recorriendo aquellas carreteras, paisajes y paisanajes de mi infancia en los coches de la época:   https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/02/19/27623/

LA MIRADA A LA GUERRA DESDE LA NIÑEZ (01.12.201): Cómo viví desde chico la Guerra Fría que se desarrollaba, como el accidente de bombas atómica caídas en Palomares, el bloqueo a Cuba por el despliegue de los misiles soviéticos o la carrera espacial:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2015/12/01/26981/

TOROS EN LA JIMENA DE 1957 (16.09.2015):  Crónica de una historia local que recupero limpiando bolsas de recortes de prensa y apuntes manuscritos del pasado:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2015/09/15/26318/

CÓMO ÉRAMOS: ADOLESCENCIA, SCOUT Y MÚSICA (01.11.2012) Contiene las relaciones y vivencias de aquellos jóvenes y la música que oíamos de Radio Gibraltar así como los discos de vinilo que nos llegaban desde El Peñón:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2012/11/01/12928/

HACIA EL IIº REENCUENTRO DE LOS CLUBES DE JIMENA (18.04.2015): Tal como somos, medio siglo después de aquella adolescencia:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2015/04/17/25415/

CUANDO DE NIÑO ME FUI DE CINE  (02.10.2012): Un apunte biográfico de mi infancia con la actriz sueca, Anita Ekberg, el español Fernando Fernán Gómez y el italiano, Vittorio de Sica:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2012/10/02/11624/

CÓMO LLEGÓ LA IIª REPÚBLICA Y SU PRIMER ALCALDE A MI PUEBLO (13.04.2014) La sencilla historia sobre cómo se enteraron radiofónicamente de la llegada de este acontecimiento histórico:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2014/04/13/22541/

LA HISTORIA DEL DOCTOR MONTERO (13.09.2014): Una sacrificada y sufrida biografía la del médico de mi pueblo comprometido con la causa de la democracia y la IIª República:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2014/09/13/23993/

CRISIS Y EMIGRACIÓN EN EL MEDIO RURAL (24.02. 2015): Cómo fue y las secuelas dejadas por la emigración de la décda de los sesenta del pasado siglo:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2015/02/24/25187/

MI PESADILLA CON WERT (18.03.2012): El relato a través del sueño sobre el modelo de enseñanza bajo el franquismo y que al parecer tenemos que volver con la LOMCE:   https://ignaciotrillo.wordpress.com/2012/03/18/6032/

GIBRALTAR, ESA GRAN COARTADA DE RAJOY (12.08.2013): No solo le sirvió el estribillo, “Gibraltar español”, a Franco para desviar las tensiones contra su Régimen, sino que también lo ha empleado Rajoy para tapar su corrupción):  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2013/08/12/18762/

ANEXO II: TRILOGÍA SOBRE CASTELLAR DE LA FRONTERA.

DE JIMENA A CASTELLAR PARA VER MI PRIMERA NOVILLADA (06.11.2016): Cómo percibí el lugar en que se celebró y el transcurso de mi primera asistencia a una peculiar corrida taurina: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/11/06/29871/

LA CASTELLAR QUE CONOCÍ EN 1960 (06.12.2016): En qué situación de extremo subdesarrollo se encontraba este municipio y el cambio espectacular que se produjo en tan poco tiempo:  https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/12/06/29970/

CASTELLAR Y LA CASA DUCAL DE MEDINACELI (26.12.2016): Historia de Castellar y de la casa nobiliaria que la dominó durante un largo periodo con prácticas semifeudales y las distintos avatares divergentes que les vinieron sucediendo: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2016/12/25/30239/ 

 

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