REFLEXIONES SOBRE LA BIOGRAFÍA DE CARRILLO A SU MUERTE (24.09.2012)

Posted on septiembre 25, 2012

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REFLEXIONES E HISTORIAS DE LA TRANSICIÓN A LA LUZ DE LA VIDA DE CARRILLO, UNA SEMANA DESPUÉS DE SU MUERTE.

Ignacio Trillo

Santiago Carrillo sobre el féretro y sus dos inseparables compañeras, su esposa, Carmen Menéndez, de negro, y la bandera roja internacionalista.

Genio y figura hasta en su fatal fallecimiento. Noventa y siete años de historia, junto a su inseparable pitillo que como fiel compañero nunca le abandonó, tampoco a su último postre tras el almuerzo.

Se fue sin hacer ruido, en contra de lo que había sido su rica, dilatada y turbulenta biografía, convirtiendo una ligera siesta en su sueño eterno.

Lúcido hasta el último instante, atrás quedaba una extensa e intensa vida abnegada donde sus luces fueron potentes focos, capaces de irradiar sobre los sectores más desfavorecidos de la ciudadanía española, en derechos y libertades, frente a las sombras que ofrecería cualquiera vida humana que transcurriera por el tiempo revuelto que le tocó vivir.

Lobregueces, algunas de ellas intencionadas e ahistóricamente tergiversadas, que le fueron asignadas, sobre todo, procedentes de aquellos fariseos de los golpes de pecho que en su des-facha-tez  persiguieron con sus calumnias la coartada perfecta para el perdón de sus propios pecados, porque se llevaron años, demasiados, vanagloriando, o formando parte, de las huestes del criminal y sangriento golpe de Estado contra el orden constitucional que encabezara en 1936 el sátrapa general, Francisco Franco.

El joven Carrillo, ya como dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) al inicio de la sublevación golpista de Franco

Que, sobre la responsabilidad política sobre los sombríos episodios de Paracuellos, rigurosos historiadores hayan más que demostrado documentalmente la realidad de lo sucedido, centrando la responsabilidad política por los luctuosos hechos sucedidos, en Pedro Fernández Checa, secretario de organización del PCE, desde una Dirección General de Seguridad infiltrada por los servicios secretos de la URSS, no sirvió para nada y así continuaron las insidias.

Que se lea, si no, al historiador, Ángel Viñas, que lo refleja no en escritos prehistóricos o de propaganda franquista sino en el 2012 y bajo trabajo de archivos:  http://elpais.com/elpais/2012/05/14/opinion/1336994556_676295.html

A la derecha cavernícola, para nada instalada en el rigor y sí en la propaganda, sólo le valía empañar la imagen de Carrillo, más cuando Checa falleció en el año 1940, asociándolo a los fusilamientos sin juicios de esos militares y civiles golpistas que se habían sublevados contra la II República, y que el ejército del general Mola, en su avance hacia Madrid y en sus bravatas

Lápidas de víctimas del bando golpista, muchas de las cuales durante décadas yacieron sobre los muros de las iglesias.

radiofónicas, amenazaba con ponerlos en libertad para sumarse a la causa de poner fin cuanto antes, a sangre y fuego, al orden constitucional vigente.

Precisamente, los que ni olvidaron ni perdonaron, contraviniendo el propio código evangélico con el que decían hacer la guerra en nombre de su Dios, hoy perduran, junto a sus herederos políticos, apostados en su obstinamiento a que, por el contrario, no se les pueda dar, por sus familias y allegados, sepulturas y descanso en paz a las víctimas de los centenares de “paracuellos” que llevaron a cabo y que condujeron a miles de conciudadanos, por ser leales al Gobierno legal, a ser asesinados y yacer desde entonces anónimamente bajo las cunetas y tapias de los cementerios.

Santiago Carrillo, procedía de familia socialista, pero su ímpetu juvenil y simpatía por la revolución bolchevique fueron en ascenso, hasta que, a finales de la II República, le llevó a unir y organizar a la jóvenes de izquierda de su generación bajo la sigla de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), donde, unido a su reconversión ideológica por sus simpatías a los soviets, la influencia comunista llegó a ser hegemónica en la organización.

Carrillo, presidiendo una cumbre del PCE, junto a Dolores Ibarruri “La Pasionaria”, también en el cuadro, y al otro lado el de José Díaz, primer secretario general del PCE.

Derrotada la II República por el fascio, interior e internacional, hizo frente a una penosa postguerra española de fortísima represión, sufriendo décadas de exilio, pero sin que la Dictadura pudiera doblar su perseverante batallar.

Junto a otros tantos líderes de su sacrificada generación, convirtió, al minoritario y sectario Partido Comunista de los años treinta, en la fuerza que más duramente y de forma crecidamente eficaz, mejor combatió a la Dictadura, para que en aquella siniestra España de tan larga noche guerrera, se abriera paso, no sin ciertas incomprensiones procedente de la propia izquierda derrotada por las armas que no por las urnas, la reconciliación entre vencedores y vencidos para la restauración de la democracia.

Manifestación de acompañamiento a los asesinados abogados laboralistas del despacho de Atocha. Enero 1977

Así llegaría -tras los últimos coletazos dictatoriales con intentos de involución ya en el tardofranquismo, como lo significaron, entre otros, los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha- la legalización del PCE y las primeras elecciones democráticas. Con ellas, la apertura de un proceso constituyente para que por fin, tras 42 años de la excepcionalidad de estar bajo la bota militar de un estado de guerra y represión, accediéramos, con la aprobación por referéndum de la Carta Magna, a un Estado de Derecho, homologable al entorno democrático europeo; hecho tan ansiado como prioritario en aquellos momentos.

En toda la Transición, de la Dictadura a la democracia, la figura de Santiago Carrillo tuvo enorme peso, sin olvidar que, sin la fortaleza, influencia e inserción social que por aquel entonces gozaba la organización comunista entre la sociedad española, no le hubiera resultado posible jugar ese trascendental papel.

Uno de los primeros encuentros entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo

Hoy, esa modélica Transición del Estado español, de la dictadura a la democracia, que muchos la tomaron o continúan considerándola como ejemplar, empieza a estar abiertamente cuestionada, no sólo por los que no la vivieron. Más en la izquierda, que fue quien paradójicamente con mayor ímpetu la apoyó porque fue quien sufrió a la Dictadura; y menos cuestionada por la actual derecha del PP, que, al revés que la izquierda, con enorme escepticismo, temor y desconfianza fue recibiendo las medidas de avance democrático que hasta 1981 puso en marcha Adolfo Suárez, y, a partir de 1982, Felipe González.

Carrillo de confidencias con Suárez en el Congreso de Diputados, ya estrechadas sus relaciones.

Quizás sea un erróneo camino político para la acción a realizar hoy de cara a detener cuanto se está desmontando y tantas luchas y sacrificios  costaron, revisar una Transición porque ya fue realizada. Otra cosa es que esa tarea quede en manos de los historiadores que den explicaciones a la actual crisis económica e ideológica que hoy sufrimos, y sí, por el contrario, para preguntarse sí lo que ocurrió antes y sucede ahora, con una generación distinta, no tienen el mismo denominador común: que las fuerzas del cambio, ni tuvieron en aquel tiempo una correlación de fuerzas favorables para acabar con el régimen de Franco en vida del dictador, como ahora tampoco para impedir y dar alternativas a las injustas y ruinosas políticas neoliberales.

Conversación de Carrillo con el Rey, imposible haberlo imaginado diez años antes cuando Juan Carlos juraba ante Franco, una década anterior, los principios del Movimiento.

En este sentido, la realidad de hoy es bien otra. Frente a la necesidad, por aquel entonces, de fortalecer un sistema democrático basado en el pluralismo político, con unos débiles partidos políticos que de la noche a la mañana nacieron como hongos, más de 200 formaciones se presentaron a las primeras elecciones de 1977, siendo el sabio cuerpo electoral quien los redujo a una decena; en este momento, lo que se cuestiona es el carácter antidemocrático de su funcionamiento, la existencia de unas cúpulas oligárquicas, llamados aparatos, omnipresentes que todo lo controlan y secuestran las instituciones; el nulo papel de la militancia, del votante sobre el control de sus representantes, la corrupción imperante en su opaca trama interna, el requerimiento por la ciudadanía de nuevos canales de participación y control democrático, como lo significarían: primarias abiertas en todos los partidos políticos para la elección de sus cargos institucionaales, restringidas a sus afiliados y simpatizantes para los orgánicos, listas abiertas electorales, sistema proporcional en la adjudicación de escaños, facilitar las consultas de tomas de decisiones

Carrillo con Fraga, dos políticos que sin la Transición hubieran aparecidos irreconciliables, antes de que éste lo presentara en el club sigloXXI. Diciembre 1978.

importantes mediante referendums, representantes de distritos a pie del elector, dando cuenta de su trabajo, incompatibilidades del político con otras tareas privadas o acumulación de otras públicas, la consideración de la política como servicio público, sin prebendas y acordes con la situación del representante en su anterior vida laboral al cargo, con limitación temporal del cargo para su ejercicio, exigencia de capacidad, formación y de liderazgo en su elección, la responsabilidad política sobre los incumplimientos de las promesas electorales,  juicios rápidos en los casos de corrupción… junto a la articulación definitiva del Estado de las autonomías en lo que vaya a ser: federalismo o confederalismo versus centralismo. En resumidas cuentas: regeneración ética del sistema, mayor participación de la ciudadanía, dependencia de los representantes por los representados y puesta en valor de lo político a la vez que una clase política tan denostada, hecho que no ocurría en aquellos momentos de  la Transición, y solución definitiva a la organización político territorial y competencial de las diversas comunidades.

Santiago Carrillo con los líderes políticos más importantes del momento, firmantes del Pacto de la Moncloa,

No obstante, a pesar de lo que ahora se observa fácilmente como defectos del sistema, no habría que olvidar que la Transición se fue construyendo bajo una delicada ingeniería de diseño, para nada de foto fija previamente trazada, más allá de las gruesas líneas, que se iba reestructurando conforme se avanzada. Se dieron unas condiciones muy específicas y de dificultad para ese avance no fuera exclusivamente lineal, y siendo las preocupaciones prioritarias bien distintas a las de hoy, como la de pasar, en plena crisis económica de la década de los setenta, del subdesarrollo a la modernidad y creando a la vez un Estado del Bienestar generalizado, bien distinto al paternamente desigual e injusto

Carlos Arias Navarro, comunicando en TVE la muerte de Franco. 20.Nov 1975

como en lo social había significado el franquismo. Y recordando en todo momento, los herederos de la Dictadura, que el general Franco había muerto en la cama y no producto de un levantamiento popular o de un golpe militar “a la portuguesa” que hizo saltar por los aires a los aparatos del Estado.

Por el contrario, los poderes fácticos, que cimentaron y acumularon el poder absoluto de la Dictadura, estuvieron intactos durante gran parte de la Transición hasta bien adentrada esa etapa política. Había, pues, que ir desmontando el régimen franquista surgido el 18 de julio de 1936, ladrillo a ladrillo, sin que se cayera el edificio y pillara a los demócratas bajo los escombros, para a la vez ir enjaretando el nuevo edificio democrático de derechos y libertades en lo político y en lo social,

Si hubo alguien a quien no le sorprendió el golpe de Estado de Tejero, fue a Carrillo, que lo vino advirtiendo; tal vez por ello y por dignidad democrática su figura no tuvo que esconderse bajo el escaño.

que se pretendía y ansiaba construir, a base de ir sustituyendo a esos viejos y arcillosos bloques carcomidos productos de la tiranía por esos otros nuevos y sin que chirriaran mucho en su montaje, hasta culminar en un nuevo edificio democrático no exento de muchos elementos y materiales indeseables del ancestro.

Intentos no faltaron, como el golpe de opereta de Tejero, o el menos conocido “de los coroneles”, de brutal planificación sangrienta, en vísperas del triunfo del PSOE, en octubre de 1982.

La Transición, para la derecha más civilizada, consistió en llevar a cabo un proyecto reformista; y para Santiago Carrillo, uno de sus arquitectos más imprescindibles, el que más claro veía cuanto había que hacer en cada momento para que no tuviera marcha atrás esta compleja operación: ruptura pactada entre los demócratas de toda la vida y los reformistas procedentes de la Dictadura.

Funerales por víctimas de los Cuerpos de Seguridad del Estados asesinados en atentados por ETA

Y por medio, entorpeciéndolo todo, una ETA, cabrona y encabronada, que, con sus criminales atentados mortíferos, exacerbaban a los nostálgicos del franquismo para retrotraernos nuevamente al túnel del tiempo dictatorial. Afortunadamente, no lo consiguieron. Toda una locura de estrategia del terror proveniente de una banda armada que aspiraba a pasar directamente de la dictadura franquista a la revolución independentista e izquierdista para Euskal Herría, Lo demás, le importaba un carajo. Es más, para estos irredentos pistoleros y su influenciado entorno, la democracia en España era un obstáculo para la consecución de sus fines.

El cuarteto compuesto por: El monarca Juan Carlos, y los políticos, Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo, fueron los actores principales y decisorios de esta Transición. Asimismo, los hilos que los movían desde el tablero de la política democrática europea.

Conforme avanzaba el tiempo, la influencia de Carrillo en las decisiones de Adolfo Suárez comenzó a declinar, más aún a partir de las elecciones generales de marzo de 1979, una vez que pocos meses después ocurriera la aprobación de la Constitución.

Santiago Carrillo, acababa de aterrizar en el aeropuerto de Málaga. Se encontró fortuitamente con Felipe González, que venía de dar un mitin en la capital e iba a tomar un vuelo. Fue durante la campaña electoral de las elecciones generales de marzo de 1979 . González, le dijo: “Dale caña a Suárez, Santiago”. Carrillo le respondió: “No confundas a los adversarios principales, que están en la involución y el golpismo, no en Adolfo”. Fui testigo y queda reflejado en esta oportuna imagen que capté

Y ello sucedía, a pesar de que el PCE aumentaba levemente el número de escaños, tres más, en estos comicios de 1979 respecto a los diecinueve que obtuviera en las generales de 1977, cuando el PSOE absorbía al PSP de Enrique Tierno Galván y abandonaba formalmente su etiqueta nunca empleada de marxista, consolidándose así su casi total hegemonía en la izquierda bajo el liderazgo de Felipe González, dando paso a un un bipartidismo, entre los ucedeos de Adolfo Suárez y la familia socialista.

La estrategia deseada por Santiago Carrillo -que ya había sufrido un fiasco en las primeras elecciones generales de 1977, donde esperaba lograr un resultado muy superior a ese diez por ciento que llegaría a rozar, aunque entonces lo achacara a lo precipitado de su convocatoria y al miedo aún existente a votar libremente por el PCE- se evaporaba.

España no era la Italia, que llegó a mimetizar Carrillo, donde el polo de la derecha aparecía entorno a la Democracia Cristiana de tanta influencia vaticana, ni la izquierda alrededor de un PCI, dirigido por un pragmático Enrico Berlinguer, con un PSI de bisagra inmerso en múltiples casos de corrupción.

Puesta en escena del euroecomunismo, en rueda de prensa en Madrid, donde Santiago Carrillo, está acompañado por los secretarios de los partidos comunistas italiano, Enrico Berlinguer, y el francés, George Marchais.

La apuesta de Carrillo por el eurocomunismo y su separación sincera y consecuente con el bloque de la Unión Soviética, no habían dado frutos suficientes en las urnas para darle la confianza de la mayoría de los electores de izquierda. El temor a una reacción de los poderes fácticos del franquismo, aún tan presentes, y los efectos negativos de la propaganda anticomunista durante tantas décadas, así como el temor a que se repitiera, como reacción de esa derecha dura, lo sucedido en la guerra civil, habían pesado en las urnas.

Tampoco le ayudó al PCE esa imagen de veteranos dirigentes comunistas procedentes del exilio,

Mitin del PCE en El Palo. Abarrotado el campo, más de 4.000 personas y otras miles que no pudieron entrar. Primeras elecciones generales democráticas. 15.06.1977

encabezando las listas electorales y siendo las caras mediáticas más visibles, también en las circunscripciones más importantes, pertenecientes todos ellos a la generación que se vio implicada en la guerra civil; etapa que el votante quería pasar página al igual que con el franquismo, de ahí el estrepitoso fracaso de las candidaturas que se erigían como continuadores de la Dictadura, incluido las huestes de los “siete magníficos” bajo un Manuel Fraga como líder de Alianza Popular.

Esa pérdida de la influencia política del papel del PCE y de Santiago Carrillo, llevó al intento -a la vista igualmente de la sangría que se comenzaba apreciar con el abandono de la organización de valiosos militantes, líderes sindicales y profesionales de renombre- de reconducir la situación de la organización por parte de cualificados militantes forjados en el interior, entre los que me encontraba, frente al núcleo dirigente que aterrizó

Mitin de las generales de marzo de 1979 en Málaga en el pabellón deportivo del Colegio de Guadaljaire en la barriada del Nuevo San Andrés. De derecha a izquierda en la presidencia del acto figuran: Francisco Trujillo, secretario de CCOO y miembro del PCE al igual que Antonio Romero, Juan García, Santiago Carrillo en el atril, y al otro lado: Tomás García que saliera reelegido como diputado, e Ignacio Trillo el que escribe este post

procedente del exilio, más desconectado de los profundos cambios que se habían operado en la sociedad española. Dicha operación de renovación, fracasó, y con ella el PCE se dio su tiro de muerte.

Imposibilitado, pues, este sector regenerador, a hacerse con las riendas del poder orgánico en ese Xº Congreso del PCE, de agosto de 1981, que se celebraría en Madrid, y que se saldó con un resultado del 57%  de los delegados favorables a las tesis continuistas del oficialismo, que decidió Carrillo encabezarlo, frente a un 43% (la delegación comunista de Málaga había votado un 90% las tesis renovadoras) que apostaba por cambiar las anquilosadas estructuras de un partido que en décadas había vivido en la más absoluta clandestinidad, ante la amenazante represión de la Dictadura, así como sus políticas, de cara a hacer del PCE un partido atractivo a la sociedad y sobre todo a las nuevas generaciones: funcionamiento democrático, participativo, respetuoso con la discrepancia, con reconocimiento de corrientes internas,… poniéndose a la cabeza de los nuevas reivindicaciones que afloraban en una sociedad aceleradamente cambiada: el ecologismo, feminismo…  se encontró con la cerrazón hostil de Santiago Carrillo que comenzó a ver fantasmas y a emprender persecuciones por todas partes.

El balance final, tras acabar dicho cónclave congresual, fue un partido dividido en dos, cerrándose falsamente el debate a la vez que dando pasos los vencedores en la dirección de la eliminación y expulsión de la discrepancia.

Dolores Ibarruri, hablándole a Santiago Carrillo

Así acontecieron, en septiembre de ese 1981, lqa disolución del PC de Euskadi, que encabezaba Roberto Lertxundi en su pretensión de converger con Euskadiko Ezkerra; en octubre de 1981, acontecieron las expulsiones de los concejales comunistas en el ayuntamiento de Madrid… para extenderse como una mancha de aceite por toda la organización en gran parte de los territorios autonómicos. A la vez, estalló una crisis muy específica en el PSUC de Cataluña, la mayor organización de influencia política y electoral de los comunistas en todo el Estado, con la corriente obrerista y prosoviética allí surgida, que tampoco Carrillo supo gestionar.

En Málaga, 35 miembros de los 39 que constituíamos el Comité Provincial, que desde 1978  lo presidía como secretario general, ante este panorama, que más bien recordaban técnicas estalinistas que creíamos más que superadas, a principios de noviembre, dimitimos voluntariamente de nuestros cargos orgánicos y además abandonamos la militancia en el PCE.

Asimismo, los siete concejales que el PCE tenía en el ayuntamiento de la capital malagueña, donde habíamos igualado en su número a la UCD de Adolfo Suárez, o los cuatro diputados que gobernaban en la institución provincial con el PSOE, se solidarizaron con los críticos o expulsados.

Noviembre de 1981. Conferencia política en la Universidad de Málaga de Mario Onaindía (secretario general de Euskadiko Ezkerra, ex-militante de ETA y condenado a pena de muerte en el proceso de Burgos de 1970, luego indultado por Franco), en el centro de la foto, y de Roberto Lertxundi, el que fuma, secretario general del PC de Euskadi expulsado por Carrillo por propiciar la unión de ambas fuerzas. Me estoy dirigiendo a ellos, tras haberlos presentado a la prensa de Málaga, ya recién abandonado el PCE. Dic 1981

Ante estos tropiezos y desbandada de una militancia más que desilusionada, la fuerza del PCE, que eran sus afiliados, quedó enormemente debilitada. En las inmediatas elecciones generales que se celebrarían en octubre de 1982, donde Felipe González arrasó con los 202 escaños logrados en el Congreso de Diputados, el PCE perdería la inmensa mayoría de sus diputados, pasaría de 23 a 4, que incluía la merma del escaño por Málaga que había sido continuadamente obtenido inclusive bajo la II República.

Santiago Carrillo, dimitiría entonces -ya era tarde- dando paso en la Secretaría General a su delfín, Gerardo Iglesias, para entrar a continuación en conflicto con él. Acabó con su propio abandono del PCE y creando el Partido del Trabajo (PT), cuya existencia fue tan efímera como el resultado que consiguiera en las elecciones generales de 1986, bajo el eufemismo electoral de “Mesa para la unidad de los comunistas”: el 1,14% de los votos emitidos, y cero diputado.

Disuelto este experimento ya personalista de Carrillo, negociaría la entrada de esa militancia comunista, que nunca le abandonó, en el PSOE, mientras él se retiraba definitivamente de la actividad partidaria.

Paradójico resultaba contemplar que los dos personajes más reconocidos de la Transición, Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, transcurrieran por parecidos recorridos al final de sus vidas políticas. El primero, en su crisis con UCD y posterior creación del CDS para acabar disolviéndolo. Y Carrillo, al igual, con el PCE, y posterior PT igualmente desaparecido. Supieron diseñar y dialogar con sus adversarios políticos y ser lo suficientemente pragmáticos para llevar a cabo la Transición, y en cambio fracasaron como secretarios generales de unos partidos que acabaron por los aires tras sus voladuras, y gracias también a un electorado que estupefactos de la talla de estadistas de un reciente pasado no entendió esas otras caras ocultas de unas lunas que  alumbraron la Transición, obligándoles con su papeleta de voto a dejar de contar en el panorama electoral.

Carrillo y Suárez en sus últimos encuentros

Santiago Carrillo, a diferencia de Adolfo Suárez, cuya temprana y terrible enfermedad le haría desaparecer de la memoria de la actualidad, no del recuerdo, cada vez más valorado ante lo que significa la derecha que representa el PP, no se jubilaría de sus opiniones públicamente difundidas, de sus artículos, entrevistas en prensa o como tertuliano en radio y televisión.

Ya lejos de los enfrentamientos irracionalmente partidarios, Carrillo recuperó la realidad y la lucidez en sus críticos a la vez que certeros análisis políticos y sociales sobre cuanto nos ha ido pasando. Ha acabado en estos sus últimos días con la brillantez del entendido, comprometido siempre con la causa de los trabajadores, y como un indignado más ante la incomprensible y profunda crisis económica, con raíces ideológicas, a que nos llevan las salvajes políticas neocom, propiciadas por los insaciables mercaderes que manejan como títeres a esta derecha europea, y pepera nacional, empeñadas en desandar el camino del bienestar y de avance en la calidad de vida que llevábamos en marcha desde hacía décadas. Quizás por ello, Carrillo no se ha ido tranquilo.

Santiago Carrillo con Ignacio Trillo y la viuda de Tomás García, Teresa Azcárate. en Álora, en el homenaje que se le dio al exdiputado comunista por Málaga tras su fallecimiento. Año 2004.

Para otro día dejo, al objeto de no dar más extensión a este post, mis encuentros, debates y discusiones con Santiago Carrillo, asiduo visitante de Málaga, donde pasaría muchas de sus vacaciones, remontándome desde que lo conociera en su exilio de París, en aquellas dramáticas y terribles vísperas de los últimos fusilamientos del franquismo, septiembre de 1975, contra miembros del FRAP y de ETA, hasta la última vez que coincidimos, entrado ya este siglo XXI, compartiendo la mesa presidencial en el homenaje que le fuera rendido a título póstumo al bueno y honesto de Tomás García, compañero del exilio de Carrillo, que fuera diputado comunista por Málaga durante las dos legislaturas a que se presentó, desde 1977 al año 1982 y que se celebró en su localidad natal malagueña de Álora.

Carrillo en la frontera de España con Francia, irreconocible, con la peluca que se hizo famosa al entrar bajo clandestinidad con su amigo Teodulfo Lagunero, para forzar la no exclusión del PCE en el inicio de la Transición

Fuera o no, a las lentes de hoy en día, acertada la forma en que se llevó a cabo la Transición, lo que queda claro es que la paciencia, astucia, y experiencia mostrada por Santiago Carrillo, y su omnímodo poder, por entonces, de control sobre la disciplinada organización comunista, fueron decisivos de cara a la apertura de un proceso constituyente, y, previo, a la legalización del PCE; inicialmente no previsto cuando en julio de 1976, Adolfo Suárez, tomara las riendas gubernamentales del tambaleante, ante las luchas obreras y estudiantiles en ascensos, Estado continuista del franquismo presidido por el incompetente e inmovilista, Carlos Arias Navarro, más conocido aquí como “El Carnicero de Málaga”, por sus fechorías realizadas, se le atribuyen como fiscal militar la firma de alrededor de 4.300 penas de muerte, durante la guerra civil y postguerra, e hiciera la hoja de ruta de lo que el Rey le había encargado para acelerar los pasos hacia la democracia de cara a obtener la homologación europea y el futuro ingreso en sus instituciones, que le era vetado por su naturaleza dictatorial.

Carrillo con Julián Ariza, uno de los pocos líderes sindicales de CC.OO que le acompañó en su aventura de crear el Partido del Trabajo.

 

 

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