EL PEROFLAUTA DEL 15-M, A PESAR DE ELLO PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA, JOSEPH E. STIGLITZ, ANALIZA LA GRAN CRISIS ECONÓMICA (08.08.2011)

Posted on agosto 8, 2011

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El doctor Joseph E. Stiglitz es profesor universitario estadounidense en Columbia University, Premio Nobel de Economía 2001 y autor de Freefall: “Free Markets and the Sinking of the Global Economy” (“Caída libre: Estados Unidos, el libre mercado y el hundimiento de la economía mundial”).

El pasado 25 de julio estuvo de invitado en un seminario en Madrid, y tuyo el detalle, posteriormente, de pasarse por El Retiro para participar en el debate de uno de los talleres del I FORO 15-M.

Stiglitz, es conocido por su visión crítica de la globalización, de los economistas de libre mercado (a quienes llama “fundamentalistas de libre mercado”) y de algunas de las instituciones internacionales de crédito como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

La tesis sobre la inexistencia de la “mano invisible” de los mercados, de que estos funcionen en base al equilibrio entre la oferta y la demanda, al existir una información perfecta entre los concurrentes, y que sirve de base para la economía clásica, fue tirada por tierra por Stiglitz, que al revés demostró que la información perfecta en esos mercados sólo se da excepcionalmente y por tanto no puede ser regla general.

Asimismo, ha desmontado la teoría neoliberal de considerar ineficiente toda intervención del Estado en la Economía, lo que le ha llevado a múltiples problemas con los neocoms de turno.

Ahora, sobre esta gran crisis que nos azota, escribe Stiglitz, considerado como un neokeynesiano, esta lúcida Tribuna donde, aparte del paseo financiero que realiza sobre los EEUU y Europa sobre lo que nos viene ocurriendo, incluso abordando el anómalo comportamiento del Banco Central Europeo, sigue combatiendo las tesis neoliberales de que lo importante es reducir el déficit y que no suba la inflación para producir en un futuro próximo el crecimiento estable de la economía. Y que la reducción de ese déficit, siguiendo la receta de los neocom, venga de la disminución de los costes salariales, de los gastos sociales del Estado del Bienestar, que incluye igualmente el funcionamiento de las Administraciones, y en todo caso tambien de la bajada de los impuestos que incentive la inversión.

Ya sabemos a lo que nos está llevando ese recetario decimonónico conservador: no crecimiento, menos empleo, desmantelamiento del Estado del Bienestar, más beneficios para los mismos que nos ocasionaron la crisis y la creciente dificultad en reducir precisamente el déficit, ya que el no crecimiento de la economía con la no generación de empleo son las principales causas de que no se pueda disminuir, al hundir drásticamente el consumo, con ello la producción y por ende los ingresos tributarios, lo que nos conlleva, en palabras de Stiglitz, de no corregirse estas erróneas políticas económicas, a un estancamiento duradero.

De la siguiente forma, el premio Nobel de Economía, Stiglitz, a pesar de ello perroflauta del 15-M, aborda la presente crisis económica, partiendo del recorrido entre los países del Atlántico Norte, donde el inicio de la crisis financiera pasa de USA a resfriar a Europa, y de la ulterior inestabilidad financiera de Europa a mermar la confianza que hoy puede ofrecer EE.UU:

“La Gran Recesión de 2008 se ha transformado en la Recesión del Atlántico Norte: son principalmente Europa y los Estados Unidos, no los mercados emergentes más importantes, los que se han visto afectados por el lento crecimiento y alto desempleo. Y son Europa y los Estados Unidos los que marchan, juntos o separados, hacia el desenlace de una gran debacle. La explosión de una burbuja condujo a un estímulo keynesiano masivo que evitó una recesión mucho más profunda, pero también impulsó déficits presupuestarios importantes. La respuesta –recortes masivos del gasto– garantiza que niveles de desempleo inaceptablemente altos (un vasto desperdicio de recursos y un exceso de oferta de sufrimiento) continúen durante años.

La Unión Europea finalmente se ha comprometido a ayudar a sus miembros en dificultades financieras. No tenía opción: la agitación financiera amenazaba con difundirse desde países pequeños como Grecia e Irlanda a otros grandes como Italia y España, y la propia supervivencia del euro enfrentaba peligros crecientes. Los líderes europeos reconocieron que las deudas de los países en problemas serían inmanejables a menos que sus economías pudiesen crecer, y que el crecimiento no se lograría sin ayuda.

Pero si bien los líderes europeos prometieron que la ayuda estaba en camino, reforzaron su creencia de que los países sin crisis deben recortar sus gastos. La austeridad resultante retrasará el crecimiento europeo y con ello el de sus economías con mayores problemas: después de todo, nada ayudaría más a Grecia que el crecimiento robusto de sus socios comerciales. Y el bajo crecimiento dañará la recaudación tributaria, socavando la meta proclamada de consolidación fiscal.

Las discusiones previas a la crisis ilustraron lo poco que se había hecho para reparar los fundamentos económicos. La oposición vehemente del Banco Central Europeo a algo esencial para todas las economías capitalistas –la reestructuración de la deuda de las entidades en quiebra o insolventes– evidencia la continua fragilidad del sistema bancario occidental.

El BCE argumentó que los contribuyentes deberían hacerse cargo del costo total de la deuda soberana griega en problemas, por miedo a que cualquier participación del sector privado (PSP) pudiese disparar un «evento crediticio» que forzara importantes erogaciones sobre los swaps de incumplimiento crediticio (CDS) y posiblemente fomentara mayores problemas financieros. Pero, si ese es un miedo real del BCE –si no se trata meramente de actuar en favor de los prestamistas privados– tendría que haber exigido a los bancos que mantengan más capital.

Además, el BCE tendría que haber prohibido a los bancos operar en el riesgoso mercado de los CDS, donde son rehenes de las decisiones de las agencias de calificación sobre lo que constituye un «evento crediticio». En efecto, un logro positivo de los líderes europeos en la reciente cumbre de Bruselas fue comenzar el proceso de limitar tanto al BCE como al poder de las agencias de calificación estadounidenses.

De hecho, el aspecto más curioso de la posición del BCE fue su amenaza de no aceptar los bonos del gobierno reestructurados como garantía si las agencias de calificación decidían que la reestructuración debía clasificarse como un evento crediticio. La idea de la reestructuración era liquidar deuda y lograr que al resto fuese más manejable. Si los bonos eran aceptables como garantía antes de la reestructuración, ciertamente serían más seguros después de ella y, por lo tanto, igualmente aceptables.

Este episodio sirve como recordatorio de que los bancos centrales son instituciones políticas con una agenda política, y que los bancos centrales independientes tienden a ser capturados (al menos «cognitivamente») por los bancos a los que supuestamente deben regular.

Y la situación no está mucho mejor del otro lado del Atlántico. Allí, la extrema derecha amenazó con paralizar al gobierno de los EE. UU., confirmando lo que sugiere la teoría de los juegos: cuando personas racionales se enfrentan a quienes están irracionalmente decididos a la destrucción si no logran su objetivo, son estos últimos quienes prevalecen.

Como resultado, el presidente Barack Obama consintió una estrategia desequilibrada de reducción de la deuda, sin aumentos de impuestos –ni siquiera para los millonarios a quienes les ha ido tan bien durante las últimas dos décadas, y sin siquiera eliminar las dádivas impositivas a las empresas petroleras, que socavan la eficiencia económica y contribuyen a la degradación ambiental.

Los optimistas argumentan que el impacto macroeconómico de corto plazo del acuerdo para aumentar el tope del endeudamiento estadounidense y evitar la cesación de pagos de la deuda soberana será limitado: recortes en el gasto de aproximadamente $25 millardos para el año próximo. Pero el recorte en los impuestos salariales (que contribuía con más de $100 millardos al bolsillo del ciudadano común estadounidense) no fue renovado, y seguramente las empresas, anticipando las consecuencias contractivas, serán aún más renuentes a otorgar créditos.

La cesación del estímulo es en sí misma contractiva. Y, a medida que los precios de los inmuebles continúan cayendo, que el crecimiento del PBI vacila y el desempleo se empecina en mantenerse elevado (uno de cada seis estadounidenses que desean un trabajo a tiempo completo aún no puede obtenerlo), lo que hace falta es más estímulo y no austeridad –incluso para equilibrar el presupuesto. El impulsor más importante del crecimiento del déficit es la baja recaudación fiscal debida a un pobre desempeño económico; el mejor remedio sería que los EE. UU. vuelvan al trabajo. El reciente acuerdo de la deuda es una jugada en la dirección equivocada.

Ha habido mucha preocupación sobre el contagio financiero entre Europa y los Estados Unidos. Después de todo, los errores de gestión financiera estadounidense jugaron un papel importante en el desencadenamiento de los problemas europeos, y la agitación financiera europea no será buena para los EE. UU. –especialmente considerando la fragilidad del sistema bancario estadounidense y su continuo papel respecto de los poco transparentes CDS.

Pero el problema real surge de otro tipo de contagio: las malas ideas cruzan fácilmente las fronteras, y las nociones económicas equivocadas a ambos lados del Atlántico se han estado reforzando entre sí. Esto será también válido para el estancamiento que esas políticas conllevarán”. Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía.

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